La tarde estaba cayendo sobre Friedrichshain cuando Klara y Markus llegaron al edificio. El cielo tenía un tono violeta apagado, y el aire olía a carbón húmedo y sopa de col, ese aroma tan típico del Este en otoño. Markus miró hacia arriba, observando las ventanas estrechas, las fachadas grises, los balcones con ropa tendida.
—Es… diferente —murmuró.
Klara sonrió con nerviosismo. —Sí. Pero es mi hogar.
Markus tomó su mano. —Entonces también es importante para mí.
Subieron las escaleras despacio. Cada paso hacía eco, como si el edificio entero escuchara. Klara sentía el corazón en la garganta. Su madre no sabía que Markus venía. No sabía que él estaba allí. No sabía que lo iba a conocer. Cuando llegaron a la puerta, Klara se detuvo.
—Markus… mi madre es… —buscó la palabra—…protectora.
Markus sonrió. —Me parece bien. Yo también lo soy contigo.
Klara respiró hondo y abrió la puerta. La madre estaba en la cocina, cortando patatas. Levantó la vista al oír los pasos.
—Klara, llegas… —Se detuvo al ver a Markus detrás de ella.
El silencio cayó como un peso. Klara tragó saliva.
—Mamá… él es Markus.
—Markus, ella es Helga, mi madre.
Helga dejó el cuchillo sobre la tabla. No dijo nada durante unos segundos que parecieron eternos. Luego se limpió las manos en el delantal y se acercó.
—Buenas tardes —dijo Markus, con una voz suave y respetuosa—. Es un placer conocerla.
Helga lo observó con una mirada que podía atravesar paredes. No era hostilidad. Era miedo. Y amor por su hija.
—Así que tú eres Markus —dijo finalmente.
—Sí, señora. —Del Oeste.
—Sí. —Otro silencio. Klara sintió que se le helaban las manos. Helga se giró hacia su hija.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Klara bajó la mirada.
—No quería que te preocuparas.
—Ya me preocupaba —respondió Helga—. Pero ahora… —Miró a Markus—…ahora entiendo por qué. Markus dio un paso adelante.
—Señora, sé que esto no es fácil. Sé que Klara corre riesgos por verme. Y sé que usted solo quiere protegerla. Yo también.
Helga entrecerró los ojos. —¿Protegerla? ¿Cómo? ¿Desde el otro lado de la ciudad? ¿Desde un mundo donde no hay ojos vigilando cada esquina?
Markus respiró hondo. —No puedo cambiar dónde vivo. Pero puedo estar con ella. Puedo cuidarla cuando está conmigo. Puedo asegurarme de que nunca camine sola.
La madre de Klara lo miró con una mezcla de desconfianza y dolor.
—¿Y qué pasa cuando vuelve aquí? ¿Qué pasa cuando cruza la frontera? ¿Qué pasa si alguien la sigue? ¿Qué pasa si ese hombre…? —se detuvo, temblando.
Klara la tomó del brazo. —Mamá…su madre se apartó suavemente.
—No. Quiero saberlo. Quiero saber qué piensa hacer él.
Markus levantó la mirada, firme.
—No puedo prometerle que nada malo pasará. Nadie puede. Pero sí puedo prometerle que no la dejaré sola. Que estaré ahí. Que haré todo lo que esté en mis manos para que esté a salvo.
Helga lo observó largo rato. Luego suspiró, cansada.
—Eres muy joven para hablar así.
—Lo sé —respondió Markus—. Pero lo digo en serio.
Helga se giró hacia Klara.
—¿Lo quieres?
Klara sintió que el corazón le temblaba.
—Sí.
Helga cerró los ojos un instante, como si necesitara procesarlo.
—Entonces pasa —dijo finalmente, señalando la mesa—. No voy a dejar a un invitado en la puerta.
Markus sonrió, aliviado. —Gracias.
Se sentaron los tres. Helga sirvió té, aunque sus manos temblaban un poco.
Markus lo notó. —Señora… —dijo con voz suave—. No quiero ser un problema para usted.
—Ya lo eres —respondió ella sin dureza—. Pero no porque seas mala persona. Sí, porque el mundo es como es.
Markus bajó la mirada. —Lo sé.
Helga lo observó con más atención.
—Klara es mi única hija, desde que su hermano huyó de aquí, Y es buena. Demasiado buena. No quiero que sufra.
—Yo tampoco —respondió Markus.
Hubo un silencio largo. Luego la madre habló, más tranquila.
—Dime una cosa, Markus. ¿Por qué vienes? ¿Por qué arriesgarte? ¿Por qué cruzar? ¿Por qué insistir?
Markus levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de algo que la madre no esperaba ver.
—Porque la quiero. Y porque ella me hace mejor. Y porque cuando estoy con ella… todo tiene sentido.
La madre se quedó inmóvil. Klara sintió que el aire se volvía más ligero. Finalmente, la madre suspiró.
—Está bien.
Markus parpadeó. —¿Está bien?
—No te acepto del todo —dijo ella—. Pero tampoco te rechazo. Eso es lo máximo que puedo darte ahora.
Markus asintió. —Lo entiendo. Y lo agradezco.
Helga se levantó. —Klara, acompáñalo a la puerta. Ya es tarde.
Klara se levantó con Markus. Cuando llegaron al pasillo, él tomó su mano.
—Creo que ha ido… ¿Bien?
Klara rió suavemente.
—Para ser mi madre… ha ido muy bien.
Markus la abrazó. —Ich liebe dich, Klara. Y haré lo que haga falta para que ella confíe en mí.
Klara apoyó la frente en su pecho.
—Lo sé.
Y por primera vez, sintió que dos partes de su vida, su hogar y su amor, podían coexistir.