La puerta del edificio se cerró detrás de ellos con un sonido hueco. La noche del Este estaba fría, silenciosa, casi inmóvil. Klara bajó los escalones despacio, como si aún no creyera lo que acababa de pasar. Markus caminaba a su lado, con las manos en los bolsillos y una expresión suave, casi tímida. Cuando llegaron a la calle, Klara soltó un suspiro largo, profundo, como si llevara horas conteniendo el aire.
—No puedo creer que haya ido tan bien —murmuró.
Markus sonrió. —Yo tampoco. Pensé que me iba a echar de casa.
Klara rio, nerviosa. —Ha estado a punto.
—Pero no lo hizo —dijo Markus, acercándose un poco—. Y eso significa algo.
Klara lo miró; sus ojos brillaban con una mezcla de alivio y emoción.
—Significa que… te acepta. Un poco.
—Un poco es suficiente —respondió Markus—. Para empezar.
Caminaron unos metros en silencio, dejando que la noche los envolviera. Las farolas amarillentas iluminaban la acera con una luz suave. Un gato cruzó la calle, y una mujer cerró una ventana en el tercer piso.
Todo era tranquilo; por primera vez en días, Klara sentía que podía respirar. Markus se detuvo de pronto.
—Klara.
Ella se giró. —¿Sí?
Él la miró con una ternura que casi dolía.
—Estoy orgulloso de ti.
Klara parpadeó. —¿De mí? ¿Por qué?
—Cuando tu madre habló de ti, entendí de dónde sacas esa fuerza.
Klara sintió que el corazón le temblaba.
—Markus…
Él levantó una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto suave, cálido, lleno de cariño.
—Hoy ha sido importante —dijo él—. Para ti. Para tu madre. Para mí, y quiero que lo recuerdes.
Klara apoyó su mano sobre la de él.
—Lo recordaré.
Markus la atrajo hacia su pecho; Klara apoyó la cabeza en él, escuchando su respiración, su latido firme, constante.
El mundo parecía más pequeño cuando estaban así, más seguro.
—¿Sabes qué pensé cuando tu madre me miró por primera vez? —preguntó Markus, con la voz baja.
—¿Qué?
—Que si quería demostrarle que te quiero… tenía que hacerlo bien. Tenía que ser honesto. Tenía que ser digno de ti.
Klara cerró los ojos. —Lo has sido. Mucho más de lo que imaginas.
Markus sonrió contra su cabello.
—¿Entonces… crees que algún día confiará en mí?
Klara levantó la cabeza y lo miró. —Creo que ya ha empezado.
Él la besó en la frente, un beso lento,suave, lleno de respeto.
—Gracias por dejarme estar contigo hoy —susurró.
—Gracias por venir —respondió ella.
Caminaron un poco más, sin prisa; la noche era fría, pero Markus la rodeó con un abrazo y Klara se acurrucó contra él; no necesitaban hablar.
El silencio era cómodo, cálido, íntimo. Cuando llegaron a la esquina donde debían separarse, Markus se detuvo.
—No quiero irme todavía.
Klara sonrió. —Yo tampoco.
Él tomó sus manos entre las suyas. —Klara… —Su voz era un susurro—…hoy he visto tu hogar. Tu vida. Tu madre.
Y ahora te conozco un poco más y te quiero aún más.
Klara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
—Markus… yo…
Él la abrazó antes de que pudiera terminar la frase.
—No digas nada. No hace falta.
Klara cerró los ojos y se dejó envolver por él.
El frío desapareció, el miedo también; solo quedaba ese abrazo, ese instante, ese amor que crecía sin pedir permiso. Cuando se separaron, Markus le tomó la cara entre las manos.
—Ich bin bei dir. Immer.
Klara apoyó su frente en la de él. —Lo sé.
Se quedaron así un momento más, respirando juntos, compartiendo el mismo aire, la misma calma, la misma certeza. Luego Markus sonrió.
—Mañana nos vemos.
—Te esperaré —respondió ella.
Él le dio un último beso en la mejilla y se alejó despacio, sin dejar de mirarla hasta doblar la esquina. Klara se quedó allí, bajo la farola, con el corazón lleno.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro no era solo miedo; también podía ser esperanza.