Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 29

La tarde estaba tranquila en el piso de Klara. La lluvia golpeaba suavemente los cristales, y el olor a sopa de verduras llenaba la cocina. La madre de Klara estaba sentada en la mesa, pelando patatas con movimientos lentos, casi mecánicos. Anna había pasado a dejar un libro que Klara le había prestado, pero al ver que la madre estaba sola, decidió entrar.

—Buenas tardes —dijo Anna, dejando el libro sobre la mesa.

Helga levantó la vista; sus ojos cansados pero atentos se suavizaron un poco. —Hola, Anna. Qué sorpresa.

—Klara está en la librería, ¿verdad?

—Sí. Volverá en un rato.

Anna dudó un segundo, luego se sentó frente a ella.

—¿Puedo ayudarte?

Helga negó con la cabeza. —No, gracias. Pero si quieres quedarte un momento… me vendrá bien compañía.

Anna sonrió. —Claro.

Hubo un silencio breve; Helga siguió pelando patatas. Anna la observó, notando la tensión en sus hombros, la forma en que apretaba el cuchillo.

—¿Está todo bien? —preguntó Anna finalmente.

Helga dejó una patata a un lado y suspiró.

—Ayer conocí a Markus.

Anna arqueó una ceja. —¿Y?

—Y… —La madre de Klara buscó las palabras—…no es lo que esperaba.

Anna apoyó los codos en la mesa.

—¿Para bien o para mal?

Helga dudó. —Para… ambos.

Anna rio suavemente. —Eso suena a Markus.

Helga la miró con curiosidad. —¿Tú lo conoces bien?

—Lo suficiente —respondió Anna—. Lo he visto con Klara. Lo he visto hablar de ella. Y lo he visto preocuparse por ella más de lo que muchos se preocuparían.

Helga bajó la mirada. —Eso es lo que me asusta.

Anna ladeó la cabeza. —¿Por qué?

—Porque cuando alguien quiere tanto… —Helga apretó el cuchillo sin darse cuenta—…también puede perder mucho.

Anna se quedó en silencio un momento; luego habló con suavidad.

—Klara ya está perdiendo cosas, señora. Libertad. —Tranquilidad, sueño, pero Markus... —sonrió un poco—. Él no le quita nada. Le da.

Helga la miró con atención. —¿Qué le da?

—Valor —respondió Anna sin dudar—. Y alegría. Y un motivo para seguir adelante cuando todo se vuelve gris.

Helga suspiró. —Eso es lo que me preocupa. Que se aferre demasiado a él. Que dependa de él. Qué —Su voz se quebró—… que sufra por él.

Anna apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la de ella. —Klara ya sufre, señora. No por Markus. Por el mundo en el que vivimos. Helga cerró los ojos un instante.

—Lo sé. —Y Markus…

—Anna sonrió con un toque de ironía.

—…es lo único que la hace sonreír últimamente.

Helga abrió los ojos, sorprendida. —¿Tanto se nota?

—Mucho —respondió Anna—. Cuando habla de él, se ilumina. Cuando lo ve, respira. Y cuando no está…

—Anna bajó la voz—…se apaga un poco.

Helga apretó los labios. —Eso es lo que me da miedo.

Anna asintió. —A mí también. Pero no porque él sea malo. Si no, porque el mundo es injusto. Y porque Klara es… —sonrió con cariño—…demasiado buena para todo esto.

Helga dejó el cuchillo y se frotó las manos.

—Markus dijo que la quiere.

Anna sonrió. —Claro que la quiere. Se le nota hasta cuando parpadea.

Helga soltó una risa suave, casi involuntaria. —Es muy joven para hablar así.

—Y muy sincero —añadió Anna—. Eso no se ve mucho.

Helga la miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.

—¿Tú confías en él?

Anna se quedó pensativa, luego asintió. No al cien por cien. No soy tonta. Pero… —Miró a Helga a los ojos—…confío en que nunca hará daño a Klara. Y eso, para mí, es suficiente.

Helga bajó la mirada. —Yo quiero confiar. De verdad. Pero… —Su voz se volvió un susurro—…¿y si todo esto termina mal?

Anna tomó aire. —Entonces estaremos con ella. Usted y yo. Y Markus también. Pero si termina bien… —Sonrió—. …Habrá valido la pena. Helga la observó largo rato, luego asintió lentamente.

—Eres una buena amiga para mi hija.

Anna sonrió. —La quiero. Mucho. Y quiero que sea feliz. Con Markus o sin él. Pero ahora mismo… —Se encogió de hombros—… Él es parte de esa felicidad.

Helga suspiró, pero esta vez no sonó derrotada. Sonó… aliviada.

—Quizá… quizá debería darle una oportunidad. Anna sonrió ampliamente.

—Eso es todo lo que él necesita. Una oportunidad.

Helga volvió a tomar una patata y el cuchillo. —¿Crees que… que él podrá protegerla?

Anna se inclinó hacia adelante. —Creo que él la protegerá con todo lo que tiene y creo que Klara también lo protegerá a él, porque así es ella. Helga sonrió por primera vez en toda la tarde.

—Sí. Así es.

En ese momento, la puerta se abrió y Klara entró, sacudiéndose la lluvia del abrigo.

—¿Qué hacéis? —preguntó, sorprendida al verlas juntas.

—Nada importante —dijo Anna.

—Hablábamos de ti —dijo la madre.

Klara frunció el ceño.

—¿De mí?

Anna sonrió. —Que eres insoportable.

Helga sonrió.

—Y maravillosa.

Klara se quedó en la puerta, confundida.

—¿Qué está pasando?

Anna se levantó y le dio un abrazo.

—Nada, Klara. Solo que… estamos de tu lado.

Helga se acercó y la abrazó también.

—Siempre.

Klara cerró los ojos.




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