Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 30

La mañana estaba clara cuando Klara cruzó al Oeste. El aire olía a pan recién hecho y a hojas húmedas, y el cielo tenía un azul suave que anunciaba un día tranquilo. Markus la esperaba, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que parecía iluminar la calle entera.

—Guten Morgen, meine Liebe —dijo él, acercándose para besarle la mejilla.

Klara sintió un calor dulce en el pecho. —Buenos días.

Markus la tomó de la mano y la guio hacia un banco bajo un árbol. El sol filtraba la luz entre las ramas, creando sombras que bailaban sobre el suelo.

—Hoy no quiero hablar de miedos —dijo Markus, sentándose a su lado—. Ni de fronteras. Ni de hombres con abrigos grises. Hoy… quiero hablar de nosotros.

Klara sonrió, tímida. —¿De nosotros?

—Sí —respondió él, con esa chispa traviesa—. Quiero que planeemos un día juntos. Uno de verdad. Uno bonito. Uno que recordemos cuando las cosas se pongan feas.

Klara bajó la mirada, emocionada. —Me parece perfecto.

Markus se inclinó hacia ella. —Entonces dime… si pudieras elegir cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier plan… ¿Qué te gustaría hacer conmigo?

Klara pensó un momento. El viento movió suavemente su cabello. —Me gustaría… —sonrió—… ir a un sitio tranquilo. Donde no haya ruido. Donde podamos hablar sin prisa.

Markus asintió. —Me gusta. ¿Qué más?

—Caminar —añadió ella—. Mucho. Hasta cansarnos. Hasta que no pensemos en nada más.

Markus rio. —Eso puedo hacerlo. ¿Y después?

Klara lo miró con un brillo tímido en los ojos.

—Después… me gustaría sentarme contigo en algún sitio bonito. Un parque. Un café. No importa. Solo… estar contigo.

Markus tomó su mano. —Eso también puedo hacerlo.

Hubo un silencio suave, el tipo de silencio que solo existe entre dos personas que se quieren de verdad.

—¿Y tú? —preguntó Klara. ¿Qué te gustaría hacer? Markus se quedó pensativo un instante.

—Quiero llevarte a un sitio —dijo finalmente—. Un lugar que me encanta desde niño. Está cerca del río. Hay un puente pequeño, de madera, y un camino lleno de árboles. En otoño es precioso y quiero que lo veas conmigo. Klara sintió un nudo dulce en la garganta.

—Me encantaría.

—Y después —continuó Markus—, quiero llevarte a una cafetería que descubrí hace poco. Tienen un pastel de chocolate que… —sonrió—…creo que te va a gustar.

Klara abrió los ojos. —¿Pastel de chocolate?

—Sí. Del bueno. Del que hace que olvides el mundo por un momento.

Klara rio. —Eso suena maravilloso.

Markus la miró con ternura. —Quiero que tengas días así, Klara. Días bonitos. Días que no estén llenos de miedo.

Ella bajó la mirada. —Contigo los tengo.

Markus le tomó la barbilla con suavidad y la obligó a mirarlo. —Y quiero que los tengas siempre.

Klara sintió que el corazón le temblaba.

—Markus…

Él le acarició la mejilla con el pulgar. —No tienes que decir nada. Solo… déjame darte días felices. Aunque sean pocos. Aunque sean robados. Aunque sean difíciles.

Klara apoyó su frente en la de él. —Me haces feliz.

Markus cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran un regalo. —Tú también a mí.

Se quedaron así un momento, respirando juntos, sintiendo la cercanía, la calma, la promesa silenciosa de un futuro incierto pero compartido. Luego Markus se levantó y le tendió la mano.

—Ven. Vamos a planearlo bien. Quiero que sea perfecto. Klara tomó su mano y se levantó.

—¿Cuándo?

Markus sonrió.

—Cuando tú puedas. Cuando tú quieras. Yo… siempre puedo.

Klara sintió un calor suave en el pecho.

—Entonces… este sábado.

—Este sábado —repitió Markus, como si fuera una palabra sagrada.

Caminaron juntos por la calle, hablando de detalles pequeños: qué ropa llevar, si haría frío, si el pastel sería demasiado dulce, si el puente estaría vacío; eran tonterías. Pero eran sus tonterías. Y eso lo hacía perfecto. Cuando llegaron a la esquina donde debían separarse, Markus la tomó por la cintura.

—Klara… gracias por darme algo que esperar.

Ella apoyó la cabeza en su pecho. —Gracias por dármelo tú a mí.

Markus la abrazó fuerte, como si quisiera guardar ese momento para siempre.

—Este sábado —susurró.

—Este sábado —repitió ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, ambos sintieron que el futuro podía ser algo más que miedo. Podía ser… esperanza.




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