Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 31

El sábado amaneció claro, con un cielo azul pálido que anunciaba un día frío pero luminoso. Klara cruzó al Oeste temprano, con el corazón latiendo rápido y una bufanda nueva que su madre le había tejido en silencio la noche anterior. No dijo nada, pero Klara entendió el gesto. Markus la esperaba junto al puente pequeño donde siempre se encontraban. Llevaba un abrigo oscuro, el cabello un poco despeinado por el viento y una sonrisa que parecía hecha solo para ella.

—Guten Morgen, mein Herz —dijo, acercándose para abrazarla.

Klara se hundió en su pecho un instante, respirando su olor a jabón y frío.

—Buenos días —susurró.

Markus se separó un poco para mirarla.

—Hoy es nuestro día. Solo nuestro. Nada de prisas. Nada de miedo.

Klara sonrió. —Me parece perfecto.

Caminaron por una calle tranquila, bordeada de árboles que ya habían perdido la mitad de sus hojas. El suelo estaba cubierto de tonos ocres y dorados que crujían bajo sus pasos. Markus llevaba su mano entrelazada con la de ella, como si temiera que el viento pudiera llevársela.

—Quiero enseñarte algo —dijo él.

La guio por un sendero estrecho que bordeaba el río. El agua reflejaba el cielo como un espejo tembloroso. A lo lejos, un hombre paseaba a su perro, y una pareja mayor caminaba despacio, hablando en voz baja.

—Ven —insistió Markus.

Llegaron a un pequeño puente de madera. Era sencillo, casi escondido entre los árboles, pero tenía un encanto especial. El río pasaba por debajo con un murmullo suave. Klara se detuvo.

—Es precioso.

—Lo sabía —sonrió Markus—. Siempre pensé que te gustaría.

Klara apoyó las manos en la barandilla y miró el agua. El viento le movía el cabello, y Markus se lo acomodó detrás de la oreja con un gesto suave.

—Cuando era niño —dijo él—, venía aquí con mi padre. Me decía que este era el mejor sitio para pensar. Y tenía razón.

Klara lo miró. —¿Y ahora en qué piensas?

Markus se acercó un poco más. —En ti.

Klara sintió que el corazón le temblaba. —Markus…

Él tomó su mano. —No quiero que este día sea perfecto. Solo quiero que sea nuestro.

Klara apoyó su frente en su hombro.

—Ya lo es.

Se quedaron un rato allí, escuchando el agua, el viento, el silencio, un silencio que abrazaba; después caminaron por el sendero hasta llegar a un pequeño café con mesas de madera y un letrero pintado a mano. El olor a café recién hecho y a pastel caliente los envolvió en cuanto entraron. —Siéntate —dijo Markus. Hoy invito yo.

—Siempre invitas tú —protestó Klara.

—Porque quiero —respondió él, guiñándole un ojo.

Klara rió y se sentó junto a la ventana. Desde allí podía ver la calle, las hojas cayendo, la gente pasando con abrigos gruesos; el oeste tenía un ritmo distinto, más rápido, más libre. Markus volvió con dos tazas de chocolate caliente y un trozo enorme de pastel de chocolate.

—Aquí está —dijo, orgulloso—. El famoso pastel.

Klara lo miró con los ojos muy abiertos. —Es enorme.

—Y delicioso —añadió Markus—. Confía en mí.

Klara tomó un bocado; el pastel era suave, dulce, cálido, casi perfecto.

—Markus… —dijo con la boca llena—… esto es increíble.

Él rio. —Lo sabía.

Comieron despacio, hablando de cosas pequeñas: un libro que Klara había leído, un cliente extraño del taller del tío de Markus, un sueño que ella había tenido la noche anterior, nada importante, nada peligroso. Solo vida. Cuando terminaron, Markus tomó su mano sobre la mesa.

—Klara… ¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar contigo?

Ella negó con la cabeza.

—Que contigo todo es más lento. Más suave. Más… real.

Klara sintió que las mejillas se le calentaban. —Yo siento lo mismo contigo.

Markus la miró con una ternura que casi dolía.

—Quiero que tengamos más días así.

—Yo también —susurró ella.

Salieron del café y caminaron hacia el río otra vez. El sol estaba más bajo, tiñendo el agua de tonos dorados. Markus se detuvo y la abrazó por detrás, apoyando la barbilla en su hombro.

—¿Sabes qué pensé cuando te vi cruzar esta mañana? —preguntó.

—¿Qué?

—Lo hermosa que eres.

Klara cerró los ojos.

—No soy hermosa.

—Sí lo eres —insistió él—.

Klara apoyó sus manos sobre las de él.

—Gracias, Markus, por ser como eres.

Markus la giró suavemente para mirarla a los ojos.

—Y yo no sería quien soy sin ti.

Klara sintió que el mundo se detenía un instante: el viento, el río, el sol. Todo parecía girar alrededor de ellos. Markus la besó. Un beso lento, cálido, lleno de cariño. Un beso que no pedía nada. Solo daba. Cuando se separaron, Klara apoyó la frente en su pecho.

—Gracias por este día.

—Gracias a ti por vivirlo conmigo.

Se quedaron abrazados mientras el sol seguía bajando, pintando el cielo de naranja y rosa. Era un día sencillo, un día pequeño, pero para ellos... era un día perfecto. Un día que recordarían cuando llegaran las sombras.




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