El viento había cambiado. Klara lo notó en cuanto salió de la librería aquella tarde. No era más frío ni más fuerte que otros días de octubre, pero tenía algo distinto, algo que le erizaba la piel sin motivo aparente. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, grises, que parecían aplastar la ciudad desde arriba. Anna había salido antes, así que Klara caminaba sola hacia la parada del tranvía. Las calles estaban más silenciosas de lo normal. Incluso los pasos de la gente sonaban apagados, como si Berlín entero contuviera la respiración. Klara se ajustó el abrigo y aceleró el paso. No sabía por qué, pero sentía que debía llegar a casa cuanto antes. Al doblar la esquina, vio a un grupo de hombres hablando en voz baja junto a un portal. No parecían peligrosos, pero algo en su postura, en la forma en que miraban alrededor, la hizo cambiar de acera; no quería llamar la atención. No quería que nadie la mirara demasiado. Desde hacía días, tenía la sensación de que las miradas duraban un segundo más de lo normal, de que los silencios eran más densos, de que las calles eran más estrechas, como si algo invisible estuviera creciendo entre los edificios. Klara respiró hondo.
—No pasa nada —se dijo—. Solo estás cansada. Pero no era cansancio. Era otra cosa. El tranvía tardó más de lo habitual. Klara se sentó en el banco de madera, mirando las vías que se perdían en la distancia. El viento movía las hojas secas en remolinos pequeños, inquietos. Una mujer mayor se sentó a su lado.
—Hace frío hoy —comentó.
—Sí —respondió Klara, sin apartar la vista de las vías.
—Y está raro —añadió la mujer—. ¿No lo nota? El aire. La gente, todo.
Klara se giró hacia ella, sorprendida.
—¿Raro?
La mujer asintió, mirando al frente. —Como si algo estuviera por pasar.
Klara sintió un escalofrío.
—¿Qué… qué cree que puede ser?
La mujer se encogió de hombros. — He vivido suficiente para reconocer estos silencios.—hizo una pausa—…es porque algo se acerca.
El tranvía llegó en ese momento, chirriando sobre los rieles. Klara subió con el corazón acelerado. La mujer se quedó en el banco, mirando el cielo. El trayecto fue corto, pero Klara no pudo dejar de mirar por la ventana; las calles paseaban como sombras, los edificios parecían más altos, las calles pasaban como sombras. Las farolas más débiles. Cuando llegó a su parada, bajó rápidamente. El viento soplaba más fuerte ahora, levantando hojas y polvo. Caminó hacia su edificio, pero se detuvo a mitad de camino. No sabía por qué. Simplemente… se detuvo. Miró a su alrededor. La calle estaba vacía. Demasiado vacía. Un silencio extraño llenaba el aire, como si la ciudad estuviera escuchando algo que ella no podía oír. Klara sintió un nudo en el estómago.
—Markus… —susurró sin darse cuenta. No sabía por qué había dicho su nombre, solo sabía que quería verlo, que necesitaba verlo. Como si él pudiera explicarle lo que ella no entendía. Como si él pudiera protegerla de algo que aún no tenía forma. Subió las escaleras deprisa. Su madre estaba en la cocina, preparando té.
—Llegas tarde —dijo sin volverse.
—Lo siento —respondió Klara, dejando el bolso en la mesa.
Helga se giró y la miró con atención.
—¿Qué te pasa? Estás pálida.
Klara dudó. —Nada. Solo… el día ha sido largo.
Helga frunció el ceño. —No me mientas, Klara.
Klara tragó saliva. —No sé qué me pasa. Es solo… una sensación.
Helga se acercó.
—¿Qué sensación?
Klara respiró hondo. —Como si… como si algo estuviera por pasar.
Helga se quedó inmóvil; luego bajó la mirada.
—Yo también lo he sentido.
Klara abrió los ojos. —¿Tú también?
Su madre asintió lentamente.
—La ciudad está inquieta. La gente está inquieta. Y cuando la gente está inquieta… —Hizo una pausa—…es porque algo se acerca.
Klara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué crees que es?
Helga negó con la cabeza. —No lo sé. Pero sea lo que sea… —Tomó las manos de Klara—… Quiero que tengas cuidado. Más que nunca.
Klara apretó sus manos. —Lo tendré.
Pero mientras lo decía, una imagen cruzó su mente: Markus, esperándola en el puente. Markus, sonriendo, Markus abrazándola y un miedo nuevo, más profundo, se instaló en su pecho, no solo por ella, por él, por los dos. Esa noche, cuando Markus llamó, Klara dudó antes de contestar.
—Meine Liebe, ¿estás bien? —preguntó él al oír su voz.
Klara cerró los ojos. —Markus… creo que algo está cambiando.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Qué ha pasado? — Pero… lo siento. En el aire. En la gente. En todo.
Markus respiró hondo. —Klara… Pase lo que pase, estoy contigo.
Ella sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
—Lo sé. Pero tengo miedo.
—Yo también —admitió él—. Pero no te voy a dejar sola. Klara apoyó la frente en la pared.
—Markus… ¿Y si lo que viene es grande?
—Entonces lo enfrentaremos juntos. Klara cerró los ojos. Y por primera vez, entendió que el miedo que sentía no era solo suyo, era de la ciudad, del tiempo, del destino; algo se acercaba, algo grande, algo inevitable, y ella lo sabía.