El taller estaba casi vacío cuando Markus terminó de limpiar las herramientas. Su tío había salido antes, dejando el olor a aceite y metal suspendido en el aire. Afuera, el cielo del oeste estaba cubierto de nubes bajas, pesadas, como si alguien hubiera apagado la luz del día antes de tiempo. Markus se apoyó en la mesa de trabajo y se pasó una mano por el cabello.
Llevaba toda la tarde con una sensación extraña en el pecho; no era cansancio, no era hambre.
Era… inquietud. Como si algo invisible estuviera moviéndose bajo la superficie de la ciudad. Se quitó los guantes y salió a la calle. El viento soplaba fuerte, levantando hojas secas que giraban en remolinos. La gente caminaba deprisa, con la cabeza gacha, como si todos compartieran un secreto que nadie quería decir en voz alta. Markus frunció el ceño.
—¿Qué demonios pasa hoy…? Caminó hacia la puerta del taller, pero antes de cerrarla, miró hacia el este.
Hacia donde estaba Klara. Un escalofrío le recorrió la espalda. Decidió caminar un poco antes de ir a casa. Necesitaba despejar la mente.
Pasó por la plaza donde días antes había bailado con Klara; el altavoz ya no estaba, los jóvenes tampoco.
Solo quedaban las hojas moviéndose con el viento y un silencio extraño, demasiado grande para un sábado. Markus se sentó en un banco.
Miró sus manos; temblaban ligeramente.
—¿Qué me pasa…? Pero lo sabía.
Lo sabía desde hacía días.
Desde que Klara le dijo que la habían seguido.
Desde que vio sombras donde antes había luz.
Desde que sintió que el mundo alrededor de ella se estaba encogiendo. Y ahora… ahora sentía que ese mismo mundo estaba empezando a tocar el suyo. Sacó la carta que Klara le había dado la última vez.
La llevaba siempre en el bolsillo interior del abrigo.
La abrió con cuidado, como si fuera algo frágil. La letra de Klara era suave, redonda, llena de cariño.
Leyó un par de líneas, no necesitaba más.
Solo verla escrita le calmaba el corazón. Pero hoy…
Hoy no funcionaba. Guardó la carta y se levantó.
El viento soplaba más fuerte.
Las farolas parpadeaban. Markus sintió un nudo en el estómago.
—Klara… No sabía por qué, pero necesitaba oír su voz.
Necesitaba saber que estaba bien.
Necesitaba sentirla cerca. Corrió hacia la cabina telefónica de la esquina.
Marcó el número de su casa con manos temblorosas. Un par de tonos, luego la voz de ella.
—¿Markus? Él cerró los ojos.
Solo oírla le aflojó el pecho.
—Klara… ¿Estás bien?
Hubo un silencio breve.
—Sí. Pero… —Su voz tembló—…Markus, creo que algo está cambiando.
Él apretó el auricular. —Lo sé.
—¿Tú también lo sientes?
Markus apoyó la frente contra el cristal frío de la cabina.
—Desde esta mañana. No sé qué es, pero… el aire está distinto. La gente también. Como si todos estuvieran esperando algo.
Klara respiró hondo al otro lado. —Eso mismo he sentido yo.
Markus tragó saliva. —Klara… tengo miedo.
Ella se quedó en silencio; luego susurró:
—Yo también.
Markus cerró los ojos. —No quiero que te pase nada. No quiero que estés sola. No quiero que… —Su voz se quebró—… que algo no nos separe.
—No va a separarnos —dijo ella, con una firmeza que le sorprendió incluso a ella misma.
Markus apoyó la mano en el cristal.
—Klara… si pudiera, iría ahora mismo. Cruzaría. Te abrazaría. No te soltaría. Ella sonrió, aunque él no podía verla.
—Lo sé.
Hubo un silencio largo, un silencio lleno de cosas que ninguno sabía cómo decir. Finalmente, Markus habló.
—Klara… Pase lo que pase, prométeme algo.
—¿Qué?
—Que me avisarás si algo cambia. Si algo te asusta. Si algo te parece extraño, prométemelo.
—Te lo prometo.
—Y prometo otra cosa.
—¿Cuál?
—Que no te alejarás de mí. Que no dejarás que el miedo te haga esconderte de mí.
Klara sintió un nudo en la garganta.
—Nunca haría eso.
Markus respiró hondo.
—Bien. Porque yo… —su voz se suavizó—… yo no sé vivir sin ti.
Klara cerró los ojos; una lágrima cayó sobre su mano.
—Markus…
—Lo digo en serio —insistió él—. No sé qué viene. No sé qué está pasando. Pero sé que te quiero. Y sé que no voy a dejarte sola.
Klara apoyó la frente en la pared. —Yo tampoco voy a dejarte.
El viento golpeó la cabina, las luces parpadearon, la ciudad parecía contener el aliento. Markus habló en un susurro.
—Klara… algo se acerca.
Ella respondió igual de bajo: —Lo sé. —Pero lo enfrentaremos juntos.
—Sí.
Hubo un silencio final, suave, lleno de amor y miedo entrelazados.
—Buenas noches, Markus.
—Buenas noches, mein Herz.
Y cuando colgaron, ambos se quedaron un largo rato mirando la nada, sintiendo lo mismo: el mundo estaba cambiando.
Y ellos estaban en medio.