La mañana había empezado como cualquier otra: gris, húmeda, con el olor a carbón flotando en el aire. Anna caminaba hacia la librería con las manos en los bolsillos y el abrigo mal cerrado, como siempre.
Pero algo estaba distinto. No era el clima, no era la gente.
Era… el ambiente. Un peso invisible que parecía caer sobre las calles, sobre los edificios, sobre los hombros de todos. Anna frunció el ceño.
—Qué raro está todo hoy…
Pasó junto a un grupo de vecinos que hablaban en voz baja. No entendió las palabras, pero sí el tono: inquieto, tenso, como si compartieran un secreto que no querían decir en voz alta. Anna siguió caminando, pero su paso se volvió más rápido sin que ella lo decidiera. Al llegar a la librería, Klara aún no había abierto.
Anna se apoyó en la pared, cruzó los brazos y miró la calle. Un hombre pasó caminando, mirando hacia atrás cada pocos pasos.
Una mujer cerró la ventana de golpe.
Un niño dejó de jugar y corrió hacia su madre sin motivo aparente. Anna sintió un escalofrío.
—No me gusta esto…
Cuando Klara llegó, con el cabello revuelto por el viento y las mejillas frías, Anna la miró fijamente.
—¿Estás bien? —preguntó Klara, sorprendida por la expresión de su amiga.
—Sí. No. No lo sé —respondió Anna—. ¿Tú lo sientes? Klara se quedó inmóvil.
—¿El qué?
Anna dio un paso hacia ella.
—Esto. El aire. La gente. La ciudad. Está… rara.
Klara tragó saliva. —Sí. Yo también lo he sentido.
Anna la tomó del brazo y la llevó dentro de la librería antes de que alguien pudiera escucharlas. Cerró la puerta con un golpe suave.
—Klara… ¿Qué está pasando?
Klara negó con la cabeza. —No lo sé. Pero Markus también lo siente.
Anna abrió los ojos. —¿Markus?
—Sí. Me llamó anoche. Dijo que en el Oeste también está todo extraño.
Anna se apoyó en el mostrador.
—Entonces no es solo cosa nuestra.
Klara bajó la mirada. —No.
Anna respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos.
—Klara… —dijo finalmente—…esto no es normal. No es solo miedo. No es solo estrés. Es otra cosa.
Klara levantó la vista. —¿Qué crees que es?
Anna se quedó en silencio un momento.
Luego habló con voz baja, casi un susurro.
—Un cambio.
Klara sintió un escalofrío. —¿Un cambio?
—Sí —Anna caminó por la librería, inquieta—. Como cuando una tormenta está a punto de caer. No la ves, pero la sientes en los huesos.
Y esto… —Se detuvo—…esto se siente igual.
Klara se abrazó a sí misma. —Tengo miedo, Anna.
Anna se acercó y la tomó por los hombros.
—Yo también. Pero no vamos a dejar que esto nos rompa. ¿Me oyes?
Klara asintió, con los ojos brillantes.
—Sí. Anna la abrazó fuerte. —No estás sola. Ni tú ni Markus. Pase lo que pase, yo estoy aquí.
Klara apoyó la cabeza en su hombro.
—Gracias.
Anna la soltó y respiró hondo.
—Dime una cosa, Klara. ¿Has visto otra vez al hombre del abrigo?
Klara negó con la cabeza.
—No. Pero… siento que podría aparecer en cualquier momento.
Anna apretó los dientes. —Si lo hace, no estarás sola. Te lo juro.
Klara sonrió débilmente.
—Lo sé.
Más tarde, cuando Klara atendía a un cliente, Anna salió un momento a la calle para tomar aire.
El viento había cambiado otra vez, más frío, más seco.
Más… tenso. Anna miró hacia ambos lados de la calle.
Todo parecía normal, pero no lo era; un coche pasó despacio.
Anna lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina. —No me gusta nada esto… Sintió un impulso repentino.
Sacó un papel del bolsillo y escribió algo rápido. —Si algo pasa, ven a mi casa. No esperes. No preguntes. —Lo dobló y lo guardó. No sabía por qué lo hacía, no sabía qué esperaba.
Pero su instinto le gritaba que se preparara. Cuando volvió a entrar, Klara la miró con preocupación.
—¿Estás bien?
Anna asintió. —Sí. Solo… pensando.
Klara se acercó. —Anna… —¿Crees que lo que viene es malo? Anna la miró a los ojos, no mintió.
—Creo que es grande.
Klara sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué hacemos?
Anna tomó aire. —Lo que siempre hacemos.
Seguir adelante juntas.
Klara sonrió, aunque temblaba un poco.
—Juntas.
Anna la abrazó otra vez, más fuerte esta vez.
—Y pase lo que pase, Klara… no te voy a dejar sola. Nunca.
Klara cerró los ojos. Y las dos, sin decirlo, supieron que algo se acercaba, algo que cambiaría todo.