La noche estaba tranquila cuando Klara llegó al puente. El aire era frío, pero no tanto como otros días. Había algo distinto, algo que hacía que la ciudad pareciera más silenciosa de lo normal. Markus ya estaba allí, apoyado en la barandilla, mirando el agua oscura del río. Cuando la vio, su expresión cambió. No sonrió como siempre, no corrió hacia ella. Solo la miró, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba allí. Klara se acercó despacio.
—Markus… ¿Estás bien?
Él asintió, pero su mirada seguía seria.
—Sí. Solo… necesitaba verte.
Klara se colocó a su lado. El río corría lento, reflejando las luces amarillas de las farolas.
—Yo también necesitaba verte —dijo ella.
Markus respiró hondo. —Klara… tenemos que hablar.
Ella sintió un nudo en el estómago. —Lo sé. Hubo un silencio largo. El viento movió las hojas secas a sus pies.
—¿Tú también lo sientes? —preguntó Markus finalmente.
Klara asintió. —Sí. Como si algo estuviera por pasar.
Markus apoyó los codos en la barandilla.
—No sé qué es. No sé si es peligro. No sé si es… —buscó la palabra— …historia. Pero lo siento en el pecho. Como si el mundo estuviera a punto de cambiar.
Klara bajó la mirada. —Yo también.
Markus la miró. —Y tengo miedo.
Klara levantó la vista, sorprendida.
—¿Tú?
—Claro que sí —respondió él—. Tengo miedo de perderte. De que un día no puedas cruzar. De que algo nos separe sin que podamos hacer nada.
Klara sintió que el corazón le temblaba.
—Markus… yo también tengo miedo. Pero no quiero que ese miedo nos paralice.
Él tomó su mano.
—No nos va a paralizar. Pero tenemos que hablar del futuro. Del nuestro.
Klara tragó saliva. —¿Qué futuro?
Markus la miró con una mezcla de ternura y dolor.
—El que podamos tener. El que queramos tener. Aunque sea pequeño. Aunque sea difícil.
Klara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
—A veces pienso que no tenemos futuro, Markus. Que el mundo no nos lo permite.
Él negó con la cabeza. —No digas eso.
—Es verdad —insistió ella—. Tú estás aquí. Yo estoy allí. Y cada día es más difícil. Cada día siento que algo se cierra. Que algo se acerca.
Markus apretó su mano.
—Entonces tenemos que aferrarnos más fuerte. No menos.
Klara lo miró, temblando.
—¿Y si un día no puedo venir?
—Vendré yo —respondió él sin dudar.
—¿Y si no puedes cruzar? —Buscaré la forma.
—¿Y si…? —Klara bajó la voz— …¿y si nos separan?
Markus tomó su rostro entre las manos.
—Klara, escúchame. No sé qué va a pasar. Nadie lo sabe. Pero sí sé una cosa: no voy a dejar de luchar por ti. Nunca.
Klara cerró los ojos. Una lágrima cayó sobre la mano de Markus.
—Yo tampoco voy a dejar de luchar por ti.
Él la abrazó fuerte, como si quisiera protegerla del mundo entero. —Klara… si el futuro cambia, si las cosas se ponen feas… prométeme algo.
Ella apoyó la cabeza en su pecho. —Lo que sea.
—Prométeme que no desaparecerás. Que no te esconderás. Que no te alejarás de mí por miedo.
Klara lo abrazó más fuerte. —Te lo prometo.
Markus respiró hondo, como si esa promesa le diera fuerzas.
—Y yo te prometo que pase lo que pase… voy a encontrarte. Siempre.
Klara levantó la cabeza. —¿Siempre?
—Siempre —repitió él, con una certeza que la desarmó.
Hubo un silencio suave; el río seguía corriendo, la ciudad seguía respirando, pero entre ellos el tiempo parecía detenido.
—Markus… —susurró Klara—…¿crees que algún día podremos vivir sin miedo?
Él la miró con una tristeza dulce.
—Sí. No sé cuándo. No sé cómo. Pero sí, porque el miedo no dura para siempre, pero lo que siento por ti... sí.
Klara apoyó su frente en la de él.
—Yo también lo creo.
Markus sonrió por fin, una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Entonces… pase lo que pase, pase lo que venga… seguimos juntos.
Klara asintió. —Juntos.
Se abrazaron otra vez, más fuerte que antes, como si ese abrazo fuera un ancla, como si fuera una promesa, como si fuera un refugio contra lo que se acercaba y, aunque ninguno sabía qué era ese algo, ambos entendieron que el futuro estaba cambiando, pero también entendieron algo más: No iban a enfrentarlo solos.