Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 36

La noche había caído temprano sobre Friedrichshain. El edificio estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano de una radio en algún piso y el crujido ocasional de las tuberías viejas. La madre de Klara estaba sentada junto a la ventana, con una taza de té entre las manos. No bebía. Solo la sostenía, como si el calor pudiera mantenerla anclada a algo. Afuera, el viento golpeaba las persianas con insistencia. Ella frunció el ceño. Ese viento no era normal. No era el viento de octubre. Era un viento inquieto, como si trajera noticias que nadie quería escuchar. Klara había salido hacía una hora para encontrarse con Markus. Helga no había dicho nada, pero su pecho llevaba todo el día apretado, como si una mano invisible lo sujetara. Miró el reloj. Las agujas parecían moverse más despacio.

—¿Por qué tarda tanto…?

Se levantó y caminó por la cocina, abrió un cajón, lo cerró. Encendió la radio, la apagó. Nada la calmaba. Había vivido toda su vida en esa ciudad. Había visto cambios, rumores, silencios; había aprendido a leer el aire, a escuchar lo que no se decía y ahora... ahora el aire estaba lleno de algo oscuro, no peligro inmediato, no violencia, pero sí un cambio. Un cambio grande. Se acercó a la ventana otra vez. La calle estaba casi vacía; una mujer caminaba deprisa, con el abrigo apretado contra el pecho. Un hombre cerró la puerta de su edificio con demasiada fuerza, un perro ladró sin razón aparente. Helga apoyó la mano en el cristal frío.

—Algo viene… No sabía qué, no sabía cuándo. Pero lo sentía en los huesos. La puerta del piso se abrió de pronto. Klara entró, con las mejillas frías y los ojos brillantes.

—Mamá, ya estoy.

La madre la miró con alivio… y con miedo.

—¿Estás bien?

Klara dejó el abrigo en la silla. —Sí. Solo… cansada.

La madre la observó; había algo en su mirada, una sombra, un temblor.

—Klara —dijo suavemente—. Ven aquí.

Klara se acercó, confundida.

—¿Qué pasa?

La madre tomó sus manos.

—¿Tú también lo sientes?

Klara abrió los ojos. —¿El qué?

—Esto —la madre señaló la ventana, la calle, el aire—. La ciudad. Está inquieta.

Klara tragó saliva. —Sí. Lo siento desde hace días.

Helga cerró los ojos un instante. —Entonces no estoy loca.

Klara la abrazó. —Nunca lo estás.

La madre apoyó la cabeza en el hombro de su hija.

—Klara… tengo miedo.

Klara la sostuvo más fuerte. —Yo también.

La madre se separó un poco para mirarla a los ojos.

—¿Markus también lo siente?

Klara asintió. —Sí. Me lo dijo anoche.

Helga suspiró.

—Entonces es real. No es imaginación. No es nervios. Es… algo más.

Klara bajó la mirada. —¿Qué crees que es?

Helga caminó hacia la mesa y se sentó lentamente.

—No lo sé. Pero he vivido suficiente para reconocer cuando el mundo está a punto de cambiar. Y ahora… —miró a su hija—…está cambiando.

Klara se sentó frente a ella. —¿Para mal?

Helga no respondió enseguida; miró la taza de té, ya fría.

—Para… algo, y cuando algo grande se acerca, siempre hay quienes salen heridos.

Klara sintió un escalofrío. —¿Crees que nos afectará?

Helga tomó su mano. —Creo que ya nos está afectando.

Klara apretó los labios. —Mamá… tengo miedo por Markus.

Helga la miró con una mezcla de ternura y preocupación.

—Lo sé. Y él tiene miedo por ti. Eso se nota.

Klara bajó la mirada. —No quiero perderlo.

Helga le acarició la mejilla. —No lo perderás. No mientras luchéis juntos, pero Klara —su voz se volvió más grave—, tienes que estar atenta más que nunca; si algo cambia, si algo se mueve, si algo te parece extraño... vienes a mí. ¿Entendido?

Klara asintió. —Sí.

Helga la abrazó otra vez, más fuerte.

—No voy a dejar que nada te pase, ni a ti ni a él. No mientras yo esté aquí. Klara cerró los ojos y en ese abrazo ambas sintieron lo mismo: el mundo estaba a punto de romperse y ellos tendrían que sostenerse fuerte para no caer.




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