La tarde estaba oscura cuando Klara llegó a casa. El edificio olía a humedad y carbón, como siempre, pero había algo más en el aire: un murmullo inquieto, un rumor que parecía colarse por las paredes. Su madre estaba sentada en la mesa, pelando zanahorias sin mirar realmente lo que hacía. La radio estaba encendida, pero el volumen era tan bajo que solo se escuchaba un zumbido.
—Mamá… —dijo Klara, dejando el abrigo.
La madre levantó la vista; sus ojos estaban cansados, demasiado cansados.
—Hoy han pasado cosas —dijo sin rodeos.
Klara sintió un escalofrío. —¿Qué cosas?
Helga dejó el cuchillo, se secó las manos en el delantal, respiró hondo.
—La señora Weber del tercer piso… se ha ido. Anoche. Con sus dos hijos. Sin avisar a nadie.
Klara abrió los ojos.
—¿Se ha ido? ¿A dónde?
—Al oeste —susurró la madre—. Su hermana vive allí. Dicen que cruzaron por la madrugada. Que no volverán.
Klara se llevó una mano al pecho.
—¿Y por qué?
Helga negó con la cabeza. —No lo sé. Pero no son los únicos. Hoy en la cola del pan decían que una familia de la calle de atrás también desapareció. Y que el hijo del carnicero no ha ido al trabajo desde hace tres días.
Klara sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Crees que… que están huyendo?
Helga la miró con una mezcla de miedo y resignación. —Creo que saben algo que nosotros no.
Klara se sentó frente a ella.
—Mamá… ¿Qué crees que está pasando?
Helga bajó la voz, como si las paredes pudieran escuchar.
—No lo sé. Pero la ciudad está cambiando. La gente está nerviosa. Hay rumores de controles nuevos, de restricciones, de listas… —Tragó saliva—. …de gente que no vuelve a casa.
Klara sintió un temblor en las manos.
—Mamá… —dijo con voz baja— …tenemos que hablar.
Helga miró fijamente.
—¿Sobre qué?
Klara respiró hondo, muy hondo, como si fuera a saltar desde un principio.
—Sobre irnos.
Helga se quedó inmóvil, ni siquiera parpadeó.
—¿Irnos? —repitió, como si la palabra fuera extranjera.
—Sí —dijo Klara, con la voz temblorosa pero firme—. Irnos del este, irnos de aquí. Antes de que sea tarde.
Helga apoyó las manos en la mesa.
—Klara… no digas tonterías.
—No es una tontería —insistió ella—. Mamá, la gente se está yendo. La gente está desapareciendo. Algo grande se acerca. Lo sentimos las dos y Markus también.
Helga apretó los labios.
—No metas a ese chico en esto.
—¡Pero es verdad! —Klara se inclinó hacia ella—. Él también siente que algo está cambiando. Él también tiene miedo, y yo... yo no quiero quedarme aquí esperando a que algo horrible pase.
Helga cerró los ojos un instante. —¿Y a dónde quieres ir?
—Con el tío Ernst —respondió Klara sin dudar—. Él vive en Hamburgo, está lejos, está seguro, podemos irnos con él, podemos empezar de nuevo o con mi hermano a Leipzig.
Helga abrió los ojos, sorprendida.
—¿Hamburgo? ¿Leipzig? ¿Tú y yo? ¿Así, de repente?
—Sí —susurró Klara—. Antes de que sea imposible.
Helga se levantó de golpe; la silla chirrió contra el suelo.
—No. No voy a abandonar mi casa. No voy a abandonar mi vida. No voy a huir como una criminal.
Klara también se levantó. —¡No es huir! Es sobrevivir.
Helga negó con la cabeza, temblando.
—No. No puedo. No quiero. Aquí está mi vida. Aquí está tu padre. Aquí está todo lo que conozco.
Klara sintió un nudo en la garganta.
—Papá ya no está.
Helga apretó los ojos, como si esas palabras fueran un golpe.
—Pero su memoria sí. Y no voy a dejarla atrás.
Klara dio un paso hacia ella.
—Mamá… si algo pasa… si cierran las fronteras… si ponen más controles… si empiezan a vigilar más… ¿Qué vamos a hacer? ¿Quedarnos atrapadas?
Helga espiró hondo, intentando mantener la calma.
—Klara, yo no puedo irme. No puedo empezar de cero. No tengo fuerzas, pero tú... —La miró con ojos brillantes—. Tú sí.
—¿Qué estás diciendo?
Helga tomó sus manos. —Que si quieres irte… si quieres salvarte… si quieres vivir sin miedo… vete tú.
Klara negó con la cabeza, horrorizada.
—No. No sin ti. Nunca sin ti.
Helga sonrió con tristeza.
—Eres joven. Tienes una vida por delante. Tienes a Markus. Tienes un futuro; yo... yo ya he vivido lo mío.
Klara sintió las lágrimas caer.
—Mamá, no digas eso. No me dejes sola. No me pidas que te deje aquí; ¿no te acuerdas de lo que pasó con la señora Damm, que casi la ven los soldados rusos robando pan? No quiero que te pase lo mismo.
La madre la abrazó fuerte, muy fuerte, como si quisiera grabar ese abrazo en la memoria.
—No te estoy dejando. Te estoy dando permiso para vivir.
Klara lloró en silencio contra su hombro.
—No quiero vivir sin ti, pero tampoco quiero un futuro donde me digan que mi hijo de dos años tiene que ir andando en vez de ir en brazos, si no lo matan, como le pasó a la señora Mayer.
Helga le acarició el cabello.
—No vas a vivir sin mí. Siempre estaré contigo. Pero no puedo irme. No puedo abandonar esta casa. No puedo abandonar mi vida, no puedo.
Klara se separó un poco, con el rostro empapado.
—Entonces… ¿Qué hacemos?
Helga tomó aire.
Esperar, observar, estar atentas y, si llega el momento... decidir. Klara bajó la mirada.
—Tengo miedo.
Helga la abrazó otra vez. —Yo también, hija. Yo también.
Y mientras se abrazaban, las dos supieron que algo se acercaba.