Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 38

La noche estaba fría cuando Klara cruzó al Oeste. No recordaba el camino, no recordaba haber pasado el control, no recordaba haber saludado al guardia, solo recordaba una cosa: tenía que ver a Markus. Sus pasos eran rápidos, casi torpes, como si su cuerpo fuera más ligero que su miedo. Cuando llegó al puente, lo vio allí, esperándola, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el río.

—Klara —dijo él al verla—. ¿Qué ha pasado?

Ella no respondió, no podía; el nudo en su garganta era demasiado grande. Markus dio un paso hacia ella, preocupado.

—Klara… estás temblando.

Y entonces ocurrió: el muro que llevaba días sosteniéndose se rompió, las lágrimas empezaron a caer sin aviso, sin control, sin pausa. Klara se cubrió la cara con las manos.

—No puedo más… —susurró, ahogada.

Markus sintió que el corazón se le partía; la tomó por los hombros, despacio, como si temiera que pudiera romperse.

—Ven aquí —dijo con voz baja.

La atrajo hacia su pecho. Klara se aferró a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

—Markus… —sollozó— …tengo miedo. Mucho miedo.

Él apoyó la barbilla en su cabeza.

—Lo sé. Yo también.

Klara negó con la cabeza, llorando más fuerte.

—No, tú no entiendes… —Su voz se quebró—. La gente se está yendo, mamá no quiere venir conmigo, hay rumores de desapariciones, de controles nuevos, de listas… Y yo… yo no sé qué hacer, no sé cómo protegerla, no sé cómo protegernos. Markus cerró los ojos, apretándola más fuerte.

—Klara… respira. Estoy aquí.

Pero ella no podía respirar; el miedo la ahogaba.

—Tengo miedo de perderte —dijo entre sollozos—. Tengo miedo de que un día no pueda cruzar. Tengo miedo de que algo pase y… y no pueda avisarte. Tengo miedo de que todo esto… —Se llevó una mano al pecho—. …nos arranque lo que tenemos.

Markus la tomó por la cara, obligándola a mirarlo.

—Klara, mírame.

Ella lo hizo, con los ojos rojos y las mejillas mojadas.

—No voy a dejar que nada te arranque de mí —dijo él, firme, con una convicción que no temblaba—. Nada. Ni el miedo, ni los rumores, ni lo que venga.

Klara rompió a llorar otra vez. —No puedes prometer eso… —Sí puedo —respondió Markus—. Y lo hago. Porque te quiero, porque eres mi vida, porque no voy a dejarte sola. Klara apoyó la frente en su pecho.

—Markus… mamá no quiere irse. Dice que no puede dejar su vida atrás. Que no puede empezar de cero y yo... no puedo dejarla sola, no puedo abandonarla.

Markus la abrazó más fuerte. —No tienes que decidirlo hoy. No tienes que cargar con todo tú sola. Klara apretó los ojos.

—Pero si no lo hago yo… ¿Quién lo hará?

—Yo —respondió Markus sin dudar—. Yo voy a ayudarte. No importa lo que pase, no importa lo que venga, no importa lo difícil que sea. Klara levantó la cabeza sorprendida.

—¿Tú?

—Sí —dijo él—. No voy a quedarme mirando desde el otro lado del río mientras tú te hundes, no voy a dejar que lleves este peso sola, no voy a dejar que el miedo te destruya.

Klara sintió que algo dentro de ella cedía, no el miedo, pero sí la soledad.

—Markus… —susurró— …no sé qué haría sin ti.

Él le acarició la mejilla con el pulgar.

—No tienes que averiguarlo.

Hubo un silencio suave; el viento soplaba, pero ya no parecía tan frío. Markus la tomó de las manos.

—Klara… escucha. Si algo pasa, si las cosas cambian, si el mundo se vuelve más oscuro… yo voy a estar contigo, voy a cruzar si hace falta, voy a buscarte, voy a encontrarte siempre. Klara sintió que las lágrimas volvían, pero esta vez eran distintas; no eran de miedo, eran de alivio.

—Markus…

Él la abrazó otra vez, despacio, como si quisiera reconstruirla pieza por pieza.

—Llora todo lo que necesites —susurró—. Yo no me voy a mover.

Y Klara lloró, lloró por su madre, por su ciudad, por el futuro incierto, por el miedo que llevaba días guardando, por la presión de proteger a todos menos a sí misma. Y Markus la sostuvo, sin prisas, sin palabras, sin miedo a su llanto. Cuando por fin se calmó, él le acarició el cabello.

—¿Mejor?

Klara asintió, agotada.

—Un poco.

Markus sonrió con ternura.

—Entonces vamos paso a paso juntos, como siempre. Klara apoyó la cabeza en su hombro y, por primera vez en días, sintió que podía respirar.




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