La mañana amaneció gris, pero no era un gris normal. Era un gris pesado, denso, como si la ciudad estuviera cubierta por una manta húmeda que no dejaba pasar el aire. La madre de Klara abrió la ventana para ventilar la cocina, pero el viento que entró no trajo frescura, trajo silencio. Un silencio extraño, inquietante. En el patio, dos vecinas hablaban en voz baja, demasiado baja. Helga frunció el ceño. No era la primera vez que veía a la gente hablar así. Pero hoy… hoy había algo distinto. Cerró la ventana y se quedó quieta, con las manos apoyadas en el alféizar.
—Ya basta —murmuró—. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada.
Klara llegó poco después, con el abrigo húmedo por la llovizna y los ojos cansados.
—Mamá, ¿estás bien?
Helga no respondió. Solo señaló la mesa. —Siéntate.
Klara obedeció, inquieta.
Su madre se sentó frente a ella, con las manos entrelazadas.
—Hoy han venido dos hombres al edificio —dijo sin rodeos.
Klara sintió un escalofrío. —¿Quiénes?
—No lo sé. No eran vecinos. No eran trabajadores. No eran nadie que yo haya visto antes.
Klara tragó saliva. —¿Qué querían?
Su madre respiró hondo. Preguntaron por la familia Schreiber.
Klara abrió los ojos. —Pero… ellos se fueron hace tres días.
—Exacto —respondió su madre—. Y esos hombres querían saber por qué, querían saber cuándo, querían saber si alguien los había visto.
Klara sintió que el corazón le golpeaba el pecho. —Mamá…
—No he dicho nada —interrumpió su madre—. Nada. Pero cuando se fueron… —Su voz tembló—. Me di cuenta de algo.
Klara se inclinó hacia ella. —¿De qué?
Su madre levantó la mirada; sus ojos estaban llenos de una mezcla de miedo y determinación. —De que ya no estamos seguras, de que la ciudad está cambiando, de que la gente no se va porque quiere, se va porque sabe que pronto no podrá hacerlo. Klara sintió un nudo en la garganta. —Mamá… yo te lo dije.
Su madre asintió lentamente. —Lo sé. Y no quise escucharte. Pensé que eran exageraciones. Pensé que eran rumores. Pensé que… —Se llevó una mano al pecho—… que si no lo decía en voz alta, no sería real.
Klara tomó su mano. —Mamá…
Su madre la apretó con fuerza. —Pero es real, Klara. Es real y ahora lo sé. Hubo un silencio largo, un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Helga se levantó y caminó hacia la ventana, miró la calle, miró la gente caminando deprisa, miró un coche que pasaba demasiado lento, miró un hombre que observaba los edificios como si buscara algo. —Tu tío Ernst… —dijo de pronto— …¿crees que nos recibiría?
Klara se quedó inmóvil. —¿Estás diciendo que…?
Su madre no se giró. —Estoy diciendo que… quizá deberíamos considerarlo.
Klara sintió que el corazón le daba un vuelco. —Mamá… ayer dijiste que no podías irte. Que no querías dejar tu vida atrás.
Su madre apoyó la frente en el cristal frío.
—Ayer aún podía fingir que tenía una vida que proteger. Hoy… hoy he visto la realidad.
Klara se levantó y se acercó a ella. —¿Qué realidad?
Su madre la miró; por fin sus ojos estaban llenos de lágrimas que no caían. La realidad de que si nos quedamos… puede que un día no podamos salir, la realidad de que si esperamos demasiado… será tarde, la realidad de que… —Su voz se quebró—. No quiero perderte.
Klara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos. —Mamá…
Su madre la abrazó, un abrazo fuerte, desesperado, lleno de miedo y amor.
—No quiero que te pase nada, Klara, no quiero que desaparezcas como otros, no quiero que un día no vuelvas a casa, no quiero que te conviertas en un nombre que la gente susurra.
Klara la sostuvo con fuerza. —No va a pasar. No mientras estemos juntas.
Su madre cerró los ojos. —Por eso… por eso tenemos que pensar en irnos, no hoy, no mañana, pero pronto.
Klara apoyó la cabeza en su hombro. —¿De verdad estás dispuesta?
Su madre respiró hondo. —Estoy dispuesta a enfrentar la realidad y la realidad es que Berlín ya no es seguro, ni para ti, ni para mí.
Klara la abrazó más fuerte. —Mamá… gracias.
Su madre sonrió con tristeza. —No me des las gracias. Aún no sé si tengo el valor para hacerlo, pero al menos... —Acarició el cabello de su hija—. Ya no voy a mentirte.
Klara cerró los ojos. Y por primera vez, sintió que su madre no era un peso que debía proteger; era una aliada, una mujer fuerte que, aunque temblara, estaba dispuesta a mirar la verdad de frente. El mundo estaba cambiando y ahora por fin las dos lo sabían.