La noche en el Oeste estaba inquieta, no fría, no peligrosa.
Solo… inquieta, como si la ciudad estuviera esperando algo que aún no tenía nombre.
Markus caminaba por su habitación de un lado a otro, con las manos en el cabello y el corazón golpeándole el pecho; no podía dormir, no podía pensar en otra cosa que no fuera Klara. Las palabras de ella seguían resonando en su cabeza: "La gente desaparece, mi madre tiene miedo, no sé qué hacer, tengo miedo de perderte". Markus se detuvo frente a la ventana, miró hacia el este, hacia donde estaba todo lo que amaba.
—No puedo seguir así —murmuró.
No podía seguir esperando, no podía seguir cruzando sin saber si la vería, no podía seguir sintiendo que cada día era un regalo robado. Algo dentro de él se rompió, o quizá... se encendió. Bajó las escaleras del edificio sin hacer ruido.
Su tío dormía y su primo dormían; la calle estaba vacía, el viento soplaba fuerte, levantando hojas secas que giraban como advertencias. Markus caminó rápido hacia el puente; no sabía si Klara estaría allí.
No sabía si era buena idea, no sabía nada, solo que tenía que verla. Cuando llegó, el puente estaba vacío.
El río corría oscuro, reflejando las luces amarillas de las farolas. Markus apoyó las manos en la barandilla y cerró los ojos. —Klara… —Susurró— …no puedo perderte. No sabía cuánto tiempo pasó, minutos, horas; el tiempo no existía cuando pensaba en ella. Hasta que escuchó pasos, su corazón dio un vuelco. Klara apareció entre las sombras, envuelta en su abrigo, con el cabello movido por el viento y los ojos cansados.
—Markus... ¿Qué haces aquí a estas horas?
Él no respondió, solo caminó hacia ella y la abrazó con una fuerza que la dejó sin aliento.
—Tenía que verte —dijo contra su cabello—, no podía esperar hasta mañana.
Klara lo rodeó con los brazos, sintiendo su temblor.
—¿Qué pasa?
Markus se separó un poco, la miró a los ojos y ella supo que algo había cambiado.
—Klara... he tomado una decisión; ella sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué decisión?
Markus respiró hondo: —Voy a ayudarte a salir de este.
Klara abrió los ojos horrorizada: —Markus... ¿No es demasiado peligroso?
—Más peligroso es quedarte allí —respondió él—. Más peligroso es esperar, confiar en que todo seguirá igual.
Klara negó con la cabeza: —No puedes hacer eso, te arriesgarías demasiado. Te podrían detener. Te podrían… Markus tomó su rostro entre las manos. —Klara, escúchame, no puedo quedarme aquí viendo cómo tu mundo se cierra, no puedo quedarme aquí mientras tú y tu madre vivís con miedo, no puedo seguir cruzando sin saber si mañana podré verte.
Klara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos. —Markus…
—Voy a ayudarte —repitió él, firme—. Voy a encontrar una forma, no sé cómo, no sé cuándo, pero lo haré.
Klara apoyó la frente en la de él. —¿Y si te pasa algo? —Entonces habrá valido la pena —susurró Markus—. Porque lo hice por ti.
Klara rompió a llorar. —No digas eso…
Markus la abrazó fuerte. —No estoy diciendo que vaya a hacer algo imprudente. No voy a lanzarme a lo loco.
Pero voy a moverme, voy a buscar contactos, voy a hablar con gente que sabe más que yo, voy a encontrar una salida.
Klara lo miró, temblando. —¿Por mí?
—Por ti —respondió él—. Por tu madre, por nosotros.
Klara apoyó la cabeza en su pecho. —Tengo miedo.
—Yo también —admitió Markus—. Pero el miedo no va a detenerme, no esta vez.
Hubo un silencio largo; el viento soplaba, el río murmuraba, la ciudad respiraba.
Klara levantó la cabeza. —Markus… si haces esto… no habrá vuelta atrás.
Él sonrió con tristeza. —Lo sé.
—Y si te descubren…
—Lo sé.
—Y si no funciona…
—Lo sé.
Klara tomó aire. —Entonces… ¿Por qué lo haces?
Markus la miró como si fuera la única luz en el mundo. —Porque te quiero y porque no voy a dejar que el mundo decida por nosotros.
Klara sintió que el corazón se le rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
—Markus…
Él la abrazó otra vez. —No tienes que decidir nada ahora.
No tienes que prometer nada, solo déjame intentarlo.
Klara cerró los ojos. —Te dejo.
Markus la sostuvo más fuerte. —Gracias.
Se quedaron así, abrazados, mientras la noche seguía avanzando y, aunque el miedo seguía allí, por primera vez había algo más fuerte: determinación. Markus ya no era un chico que cruzaba el puente para ver a la chica que amaba; ahora era un hombre dispuesto a desafiar un mundo entero por ella y esa decisión lo cambiaría todo.