La tarde estaba cayendo cuando Klara salió de la librería.
El cielo tenía un tono gris verdoso que hacía que todo pareciera más apagado, más pesado.
Anna ya se había ido, y la calle estaba casi vacía. Klara ajustó su abrigo y empezó a caminar hacia casa.
El viento soplaba fuerte, arrastrando hojas secas que golpeaban el suelo como pequeños pasos apresurados. A mitad de camino, algo llamó su atención: un coche negro.
Aparcado en la esquina, sin matrícula visible, Klara frunció el ceño; no era un coche de nadie que ella conociera y, lo peor, no era la primera vez que lo veía. Aceleró el paso, intentando convencerse de que era una coincidencia.
Pero al entrar a su edificio, vio algo que le heló la sangre. La puerta del piso de los Loesch —la familia que también había huido días antes— estaba abierta.
No entreabierta, abierta de par en par, y dos hombres estaban dentro; no hablaban, no buscaban, solo observaban. Uno de ellos sostenía una carpeta; el otro miraba las paredes vacías, como si esperara encontrar algo escondido. Klara se pegó a la pared conteniendo la respiración.
—No puede ser —susurró.
Los hombres salieron al pasillo; uno de ellos anotó algo, el otro cerró la puerta con un golpe seco. Klara retrocedió un paso sin querer; el hombre de la carpeta levantó la cabeza, la vio, sus ojos se encontraron durante un segundo que pareció eterno. Klara sintió un escalofrío recorrerle la espalda; no había hostilidad en su mirada, no había prisa, no había emoción, solo reconocimiento, como si la hubiera visto antes. Klara dio un paso atrás, luego otro.
Y echó a andar, intentando no correr. Pero sabía que la habían visto; subió las escaleras casi sin sentir los escalones bajo sus pies. Cuando llegó a su casa, tenía las manos heladas y el corazón desbocado. Su madre estaba en la cocina, preparando sopa.
—Klara, ¿qué…? —se detuvo al verla—. Estás blanca como la pared.
Klara cerró la puerta con llave, luego el pestillo, luego apoyó la espalda contra ella.
—Mamá… —Su voz tembló—he visto algo.
Su madre dejó la cuchara. —¿Qué has visto?
Klara tragó saliva. —El piso de los Loesch estaba abierto.
Y había dos hombres dentro, revisando todo, tomando notas.
Su madre se quedó inmóvil. —¿Cómo eran?
—No sé… —Klara se pasó una mano por el cabello—. …pero no eran vecinos. No eran policías. No eran… normales.
Helga se acercó. —¿Te vieron?
Klara cerró los ojos. —Sí.
Helga apretó los labios. —Dios mío…
Klara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos. —Mamá… creo que están buscando a la gente que se va.
Creo que están haciendo listas, creo que... —su voz se quebró— creo que nos están vigilando.
Helga la tomó por los hombros. —Klara, escúchame. No vamos a entrar en pánico. No ahora.
—¿Cómo no voy a entrar en pánico? —Klara rompió a llorar—. Mamá, ese coche negro… lo he visto tres veces esta semana y hoy… hoy me han mirado como si supieran quién soy.
Helga la abrazó fuerte. —Shhh… tranquila. Tranquila, hija.
Pero Helga también temblaba. Cuando Klara se calmó un poco, se sentaron en la mesa; Helga le sirvió sopa, pero Klara no quería comer.
—Mamá… —susurró— …¿y si ya es tarde?
Helga negó con la cabeza. —No. No es tarde. Pero ya no podemos ignorarlo.
Klara la miró, con los ojos rojos. —¿Qué hacemos?
Helga respiró hondo. —Primero, no hablar de esto fuera de casa; segundo, no abrir la puerta a nadie; tercero… —la miró con una mezcla de miedo y decisión— …tenemos que prepararnos.
Klara sintió un escalofrío.
—¿Prepararnos para qué?
Helga tomó su mano. —Para irnos, si llega el momento.
Klara sintió que el corazón le daba un vuelco. —¿De verdad…?
Helga asintió. —Sí, hoy he visto la realidad, tú también; no podemos quedarnos aquí esperando a que llamen a nuestra puerta.
Klara rompió a llorar otra vez, pero esta vez no era solo miedo, era alivio, era esperanza, era la certeza de que su madre, por fin, estaba con ella.
—Mamá… gracias.
Helgala abrazó. —No me des las gracias, solo prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Que si algo pasa… si algo cambia… si esos hombres vuelven… correrás sin mirar atrás.
Klara apretó los labios. —Solo si tú vienes conmigo.
Helga sonrió con tristeza. —Haré lo posible.
Klara la abrazó más fuerte. Y mientras lo hacía, supo que lo que había visto no era un accidente, no era un mal día, no era paranoia, era una advertencia y el tiempo se estaba acabando.