La nieve había empezado a caer al mediodía, suave, silenciosa, como si quisiera cubrir Berlín con un manto de paz que la ciudad llevaba meses necesitando. Klara miraba por la ventana de la librería mientras los copos se acumulaban en los alféizares. Era 24 de diciembre, su primera Navidad con Markus. Anna esperó que Klara cerrara la caja registradora y se pusiera el abrigo.
—¿Vas a verle hoy? —preguntó con una sonrisa cómplice.
Klara asintió, sintiendo un calor dulce en el pecho. —Sí. Hemos quedado en el puente, como siempre.
Anna le apretó la mano. —Disfrútalo. Hoy… hoy el mundo parece menos peligroso.
Klara sonrió y, por primera vez en semanas, lo creyó. El aire estaba helado cuando Klara salió a la calle, pero la nieve hacía que todo pareciera más luminoso. Los niños corrían con bufandas rojas, las ventanas tenían velas encendidas y el olor a pan dulce salía de las casas. Klara caminó despacio, disfrutando del silencio blanco que cubría la ciudad. Cuando llegó al puente, Markus ya estaba allí; tenía el cabello lleno de nieve y las manos en los bolsillos, pero al verla sonrió como si el invierno entero se derritiera. —Frohe Weihnachten, mein Herz —dijo, acercándose.
Klara sintió que el corazón le temblaba. —Feliz Navidad, Markus.
Él la abrazó, un abrazo largo, cálido, que la protegía del frío y del mundo. —Pensé que no te dejarían venir —susurró él.
—Hoy sí —respondió ella—. Mamá dijo que… que necesitaba un día de paz y yo también. Markus la tomó de la mano. —Entonces vamos a tenerlo.
Caminaron por la orilla del río, dejando huellas en la nieve recién caída; el agua corría oscura, pero el cielo estaba lleno de luces amarillas que se reflejaban en la superficie. —Tengo algo para ti —dijo Markus, deteniéndose bajo un árbol.
Sacó un pequeño paquete envuelto en papel marrón y atado con un cordel. Klara lo miró sorprendida.
—¿Un regalo? —Claro —sonrió él—. Es nuestra primera Navidad juntos, tenía que darte algo. Klara abrió el paquete con cuidado; dentro había un cuaderno de tapas duras, azul oscuro, con su nombre escrito a mano en la primera página. Für Klara. Damit du nie vergisst, dass deine Worte wichtig sind. Para Klara. Para que nunca olvides que tus palabras importan.
Klara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Markus… es precioso.
Él le acarició la mejilla. —Como tú.
Klara rió entre lágrimas.—No digas eso…
—Lo digo porque es verdad.
Ella lo abrazó fuerte. —Gracias. De verdad.
Markus la sostuvo un momento, respirando su olor a invierno y papel. —¿Y tú? —preguntó él—. ¿Tienes algo para mí?
Klara sonrió tímidamente. —Sí. Pero… no es gran cosa. Sacó de su bolso una bufanda gris, tejida a mano. No era perfecta, tenía un par de puntos torcidos. Pero estaba hecha con amor. —La hice yo —dijo, avergonzada—. No soy muy buena, pero…
Markus la tomó como si fuera oro. —Es perfecta. Se la puso al cuello y sonrió. —Ahora sí estoy listo para el invierno.
Klara rió.—Te queda bien.
—Me queda bien porque viene de ti.
Siguieron caminando hasta llegar a un pequeño banco cubierto de nieve. Markus la ayudó a sentarse y se sentó a su lado, muy cerca, compartiendo el calor.
—¿Sabes qué es lo que más deseo hoy? —preguntó él.
—¿Qué? —Que este momento dure mucho. Que el mundo nos deje en paz un rato, que podamos respirar. Klara apoyó la cabeza en su hombro. —Hoy sí. Hoy el mundo está tranquilo.
Markus la miró. —¿Y tú? ¿Qué deseas?
Klara pensó un momento. —Deseo… que el próximo año podamos seguir viéndonos, que nada cambie demasiado rápido, que podamos tener más días este.
Markus le tomó la mano. —Los tendremos. Te lo prometo.
Klara cerró los ojos. —No me prometas cosas imposibles… —No lo son —respondió él—. No mientras sigamos luchando.
Hubo un silencio suave; la nieve seguía cayendo, lenta,delicada, como si quisiera protegerlos. Más tarde, Markus sacó de su abrigo un termo.
—He traído chocolate caliente —dijo con orgullo.
Klara abrió los ojos, sorprendida. —¿Chocolate? ¿De verdad?
—Sí. Del bueno. Del que te gusta.
Klara rió.—Markus… eres increíble.
—Solo intento hacerte feliz.
Bebieron del mismo vaso, turnándose, riendo cuando la nieve caía dentro del chocolate.
—¿Sabes? —dijo Klara—. Esta es la primera Navidad en mucho tiempo en la que no siento miedo.
Markus la miró con ternura. —Porque estás conmigo.
Klara sonrió. —Y tú conmigo.
Él la abrazó por los hombros. —Klara… pase lo que pase, pase lo que venga… siempre voy a buscar un momento como este contigo. Ella apoyó la frente en su pecho. —Yo también.
Cuando llegó la hora de despedirse, ninguno quería moverse; el puente estaba silencioso, cubierto de nieve, iluminado por una farola que hacía que todo pareciera un sueño. Markus tomó su rostro entre las manos.
—Feliz Navidad, Klara.
—Feliz Navidad, Markus.
Se besaron, un beso lento, cálido, lleno de amor y esperanza, un beso que no pedía nada. Cuando se separaron, Markus susurró: —Gracias por este día.
—Gracias a ti —respondió ella.
Klara caminó hacia el este, Markus hacia el oeste, pero por primera vez en semanas, ninguno sintió miedo. La nieve seguía cayendo y, por una noche, solo una... el mundo les dio tregua.