Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 43

La nieve seguía cayendo cuando Klara llegó a casa. El edificio estaba silencioso, como si incluso los vecinos más ruidosos hubieran decidido guardar respeto por la noche de Navidad. Al abrir la puerta, un olor cálido a canela y pan tostado la envolvió.

—Llegas justo a tiempo —dijo su madre desde la cocina—. La cena está casi lista.

Klara dejó el abrigo y se acercó. La cocina estaba iluminada por una sola lámpara amarillenta y sobre la mesa había un mantel viejo pero limpio, dos platos, dos velas y un pequeño ramo de ramas de pino que su madre había recogido esa mañana. —Huele delicioso —dijo Klara.

—Es lo que hay —respondió su madre, encogiéndose de hombros—. Pero hoy… hoy no vamos a quejarnos.

Klara sonrió; su madre llevaba días más tranquila, no sin miedo, pero sí con una determinación nueva, más firme. —¿Te ha ido bien con Markus? —preguntó su madre mientras removía una olla.

Klara sintió un calor dulce en el pecho. —Sí. Ha sido… muy especial.

Su sonrió sin mirarla. —Me alegro. Te hacía falta un día bonito.

Klara se acercó y la abrazó por detrás. —A las dos nos hacía falta.

Su madre apoyó su mano sobre la de ella. —Sí.

Cenaron juntas en silencio, pero era un silencio bueno. Un silencio lleno de paz; la sopa estaba caliente, el pan crujiente y la vela parpadeaba suavemente, iluminando los rostros cansados pero tranquilos. —¿Recuerdas cuando tu padre hacía el árbol con papel de colores? —preguntó su madre de pronto.

Klara sonrió. —Sí. Siempre se le rompían las tiras.

—Y siempre decía que era “parte del diseño”. Ambas rieron. Hacía mucho que no reían así. —¿Quieres que pongamos música? —preguntó Klara.

Su madre negó con la cabeza. —No. Hoy… prefiero escuchar la casa; hacía tiempo que no la siento tan tranquila.

Klara asintió; la casa, por primera vez en meses, parecía respirar. Después de cenar, su madre sacó una caja pequeña del armario. —Tengo algo para ti —dijo, dejándola sobre la mesa.

Klara abrió los ojos. —¿Un regalo?

—No es gran cosa —respondió su madre—. Pero quería dártelo hoy.

Klara abrió la caja con cuidado; dentro había un pañuelo blanco bordado a mano, con pequeñas flores azules en las esquinas. —Mamá… es precioso.

—Era de tu abuela —dijo su madre—. Me lo dio cuando cumplí veinte años y ahora quiero que lo tengas tú. Klara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —¿Estás segura?

Su madre asintió. —Sí. Es hora de que pase a tus manos.

Klara la abrazó fuerte. —Gracias, mamá.

Su madre le acarició el cabello. —No me des las gracias. Solo cuídalo y cuídate tú.

Más tarde, se sentaron junto a la ventana, mirando la nieve caer sobre la calle silenciosa; su madre tenía una manta sobre las piernas. Klara apoyó la cabeza en su hombro. —¿Sabes? —dijo su madre—. Cuando eras pequeña, siempre te dormías antes de que llegara la medianoche. Y yo me quedaba despierta, mirándote, pensando en cómo sería tu vida.

Klara sonrió. —¿Y qué pensabas?

Su madre suspiró. —Pensaba que serías fuerte. Que serías valiente, que encontrarías tu camino aunque el mundo fuera difícil. Klara la miró. —¿Y crees que lo he hecho?

Su madre tomó su mano. —Sí, y más de lo que imaginas.

Klara sintió un nudo en la garganta. —Mamá… gracias por estar conmigo, por no rendirte, por… por todo.

Su madre sonrió con tristeza. —No tengo nada más que darte, Klara, solo mi amor, mi fuerza y mi compañía mientras pueda. Klara apoyó la frente en su hombro. —Eso es más que suficiente.

A medianoche, su madre se levantó y encendió una vela nueva. —Por tu padre y tu hermano —dijo.

Klara se acercó. —Por ellos.

Se quedaron en silencio, mirando la llama; su madre tenía los ojos brillantes. Klara le tomó la mano. —¿Lo echas de menos? —preguntó. —Cada día —respondió su madre—. Pero hoy… hoy siento que está aquí.

Klara asintió.—Yo también.

Su madre la miró. —¿Y tú? ¿Qué deseas para el próximo año?

Klara pensó un momento. —Deseo… que podamos seguir juntas, que Markus esté bien, que… que el mundo nos dé un poco de tiempo.

Su madre sonrió. —Yo deseo lo mismo.

Cuando se fueron a dormir, Klara se quedó un momento en su habitación, mirando el cuaderno azul que Markus le había regalado. Lo abrió; la primera página estaba en blanco. Tomó un lápiz y escribió:

24 de diciembre de 1960. Hoy el mundo nos dio tregua.

Cerró el cuaderno y lo abrazó contra el pecho. En la otra habitación, su madre apagó la vela y murmuró:

—Gracias por este día. Y por una noche, solo una… el miedo se quedó fuera. La casa estaba llena de luz y el invierno por fin parecía amable.




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