La casa de los Adler olía a galletas de mantequilla, a pino fresco y a especias. La tía de Markus llevaba toda la tarde horneando Plätzchen y el salón estaba iluminado por una hilera de velas colocadas sobre la mesa, como dictaba la tradición familiar. Markus entró sacudiéndose la nieve del abrigo.
—¡Ah, por fin! —exclamó su tía—. Pensé que te habías congelado ahí fuera.
—No hacía tanto frío —mintió él, sonriendo.
Su prima pequeña, Lotte, corrió hacia él con un gorro rojo que le quedaba enorme. —¡Markus!, ¡Markus! Mira lo que hice en la escuela —dijo, enseñándole una estrella de papel dorado. Markus la levantó en brazos.
—Es preciosa, la pondremos en el árbol.
Lotte sonrió con orgullo; su tío Adan y su primo Jonas estaban sentados en el sofá, uno leyendo el periódico y su primo escuchando la radio. Su tío, al verlo entrar, levantó la vista.
—¿Todo bien, hijo?
Markus asintió. —Sí. Todo bien.
Pero no era del todo cierto; había dejado a Klara hacía apenas una hora y, aunque la Navidad lo envolvía con su calidez, una parte de él seguía en el puente, en el abrazo de ella, en su sonrisa bajo la nieve. El árbol estaba decorado con figuras de madera, velas pequeñas y adornos que la familia guardaba desde hacía años.
Markus colocó la estrella de Lotte en la rama más alta, mientras ella aplaudía emocionada.
—¡Perfecto! —dijo la tía—. Ahora sí parece Navidad. Markus sonrió, pero su mirada se perdió un instante en la ventana; la nieve seguía cayendo, silenciosa, cubriendo la ciudad como un manto blanco.
—¿En qué piensas? —preguntó su tía Sylvia.
Acercándose con una bandeja de galletas, Markus dudó.
—En… en lo rápido que ha pasado el año.
Sylvia lo miró con esa mezcla de ternura y sospecha que solo las madres dominan.
—¿O en alguien?
Markus sintió que las mejillas se le calentaban. —Tita
Ella sonrió. —No tienes que decirme nada. Solo… sé cuidadoso.
Él bajó la mirada. —Lo soy.
—Lo sé, pero el mundo está cambiando. Y tú… —Le tocó el brazo—. Tienes un corazón demasiado grande, pero tráela la próxima vez; me gustaría conocerla. La otra vez no pude conocerla porque estaba visitando a tu madre.
Markus no respondió, solo asintió con la cabeza, porque si hablaba, diría el nombre de Klara y ese nombre en esa casa, esa noche, parecía demasiado frágil para pronunciarlo.
—De acuerdo, tía, la traeré estos días —dijo aún pensando en ella.
La cena fue sencilla pero abundante: salchichas, patatas, col roja y pan caliente. Lotte hablaba sin parar, contando historias de la escuela, de cómo había aprendido un villancico nuevo y de cómo quería un muñeco que lloraba de verdad. Su tío Adan bebía vino caliente al igual que su primo Jonas; su tía servía más comida de la necesaria y Markus, él sonreía, pero su mente estaba dividida.
—¿Y tú, Markus? —preguntó su primo Jonas—. ¿Qué deseas para el próximo año?
Markus dejó el tenedor, miró su plato, luego a su familia y finalmente dijo la verdad.
—Deseo… que las cosas no cambien demasiado rápido.
Su tío asintió, serio. —Todos deseamos eso.
Su tía lo miró con preocupación. Lotte no entendió nada, pero siguió comiendo feliz. Jonas miró a Markus asintiendo. Después de la cena se reunieron en el salón para abrir los regalos. Lotte recibió su muñeco, su tía un juego de café, su tío un libro de historia, Jonas una chaqueta que le gusta. Markus abrió el suyo: un par de guantes de cuero.
—Para que no se te congelen las manos —dijo su tía.
Markus sonrió. —Gracias, me encantan.
Pero mientras se los probaba, pensó en la bufanda gris que Klara le había tejido, en cómo la lana imperfecta le había calentado el cuello durante todo el camino de vuelta, en cómo cada punto torcido era un pedazo de ella.
Cuando todos se fueron a dormir, Markus se quedó un momento en el salón, mirando el árbol iluminado.
La casa estaba en silencio; solo se escuchaba el crujido de la madera y el viento afuera. Sacó del bolsillo interior de su abrigo el cuaderno azul que le había regalado Klara.
Lo abrió por la primera página; no había escrito nada aún.
Se fue a su dormitorio; allí abrió el cuaderno y escribió sus primeras palabras:
24 de diciembre de 1960.
Hoy la nieve cayó como si quisiera protegernos.
Y por primera vez en mucho tiempo… tuve esperanza.
Cerró el cuaderno y lo sostuvo contra el pecho. —Frohe Weihnachten, Klara —susurró.
Y aunque ella estaba lejos, en otro barrio, en otra parte de la ciudad, Markus sintió que su corazón estaba con él; antes de irse a dormir, se asomó a la ventana.
La nieve seguía cayendo, la ciudad estaba tranquila, pero por una noche, solo una, Markus decidió no pensar en el futuro, no pensar en los rumores, no pensar en el peligro; solo pensó en ella, en su sonrisa, en su abrazo.
en la bufanda gris alrededor de su cuello. Y en la promesa silenciosa que ambos habían hecho:
—Mientras podamos, seguiremos encontrándonos.
Mientras podamos, seguiremos amándonos.
Mientras podamos, seguiremos luchando.