La mañana del 25 de diciembre amaneció silenciosa. La nieve seguía cubriendo las calles, y el edificio estaba tan tranquilo que Klara podía escuchar el crujido de la madera cuando el calor de la estufa subía por las paredes. Su madre aún dormía; Klara estaba en la cocina preparando té cuando escuchó tres golpes rápidos en la puerta. TOC-TOC-TOC. Golpes que conocía demasiado bien. Klara sonrió.
—Anna…
Abrió la puerta y allí estaba ella: con un gorro ridículo lleno de pompones, las mejillas rojas por el frío y una bolsa de papel en la mano.
—¡Frohe Weihnachten, princesa del drama! —dijo Anna, entrando sin esperar invitación.
Klara rió.—Buenos días a ti también.
Anna dejó la bolsa sobre la mesa. —Te traigo un regalo. No es gran cosa, pero si no te lo doy hoy, me lo como yo.
Klara arqueó una ceja. —¿Comestible?
—Obvio —respondió Anna—. ¿Qué clase de monstruo da regalos que no se pueden comer?
Klara abrió la bolsa; dentro había galletas caseras torcidas, irregulares, algunas tostadas, pero olían a mantequilla y vainilla. —Anna… ¡Qué maravilla!
—No exageres —dijo ella, quitándose el gorro—. La mitad se quemó, la otra mitad se cayó al suelo y una tiene forma de zapato.
Klara rió.—Son perfectas.
Anna la miró un segundo, más suave. —Sabía que dirías eso.
Se sentaron en la mesa, con dos tazas de té humeante y un plato lleno de galletas. Anna tomó una y la mordió con fuerza. —¿Y bien? —preguntó—. ¿Cómo fue tu noche? ¿Te trajo regalos el espíritu navideño? ¿O solo Markus?
Klara se sonrojó. —Anna…
—¿Qué? —dijo ella, levantando las manos—. Es Navidad. Tengo derecho a chismear.
Klara sonrió, bajando la mirada. —Fue… muy bonito, estuvimos caminando bajo la nieve, me regaló un cuaderno.
Anna abrió los ojos. —¿Un cuaderno? ¡Ese chico te conoce mejor que tú misma!
Klara rió.—Y yo le di una bufanda.
Anna se llevó una mano al pecho.—Ay, qué cursis sois, me dais ganas de vomitar y abrazaros al mismo tiempo.
Klara le dio un empujón suave. —Tonta.
Anna sonrió, pero luego su expresión cambió. Se volvió más seria, más protectora. —Me alegro de que tuvieras un día bonito, Klara, de verdad te hacía falta.
Klara bajó la mirada. —A todas nos hacía falta. Anna asintió.
—Sí. A todas.
Helga apareció en la puerta, aún con el cabello despeinado y la bata puesta. —Buenos días, Anna.
—¡Feliz Navidad, señora! —respondió Anna, poniéndose de pie—. Le traje galletas; no son veneno, lo juro.
Helga rió.—Gracias, querida, qué detalle.
Anna se encogió de hombros. —Es Navidad. Y además… —Miró a Klara—. No iba a dejar a esta llorona sola.
Klara la miró indignada. —¡No he llorado!
Anna levantó una ceja. —Claro, y yo soy la Reina de Inglaterra.
Helga rio y se fue a preparar café. Klara suspiró.
—Eres insoportable.
—Y tú me quieres igual —respondió Anna, dándole un golpecito en la frente.
Cuando Helga volvió a la habitación, Anna bajó la voz.
—Klara… ¿Estás bien?
Klara la miró; Anna no estaba bromeando, no estaba siendo sarcástica, estaba siendo amiga. —Sí —respondió Klara—. Ayer… ayer fue un día bueno, y mamá también estuvo tranquila.
Anna asintió. —Me alegro, pero no sabemos cuánto durará esta calma. Klara tragó saliva.
—Lo sé.
Anna tomó su mano. —Pero hoy… hoy no vamos a hablar de eso, hoy es Navidad, hoy vamos a comer galletas, beber té y fingir que el mundo no está a punto de volverse loco. Klara rió. —Me parece un plan perfecto.
Anna sonrió. —Lo sé, yo siempre tengo buenos planes. Pasaron la mañana juntas, hablando de tonterías, riendo, recordando Navidades pasadas. Anna contó cómo su tío borracho había intentado cantar villancicos en ruso. Klara contó cómo su padre siempre quemaba el pavo. Helga se unió a ellas, y por un rato… solo un rato, la casa se llenó de luz.
Cuando Anna se levantó para irse, se puso el gorro de pompones y dijo:
—Bueno, me voy antes de que empiece a nevar más fuerte, pero mañana te quiero viva y despierta, ¿eh? Klara la abrazó.
—Gracias por venir.
Anna la apretó fuerte. —Siempre voy a venir, aunque el mundo se caiga a pedazos. ¿Entendido?
Klara sintió un nudo en la garganta. —Entendido.
Anna se separó, le dio un golpecito en la nariz y añadió: —Y dale un beso a Markus de mi parte, pero no en la boca, ¿eh?, que eso es raro.
Klara rió. —Idiota.
—Lo sé —respondió Anna, guiñando un ojo—. Pero soy tu idiota.
Y salió al pasillo, dejando un rastro de nieve y calor humano detrás.Klara cerró la puerta, sonriendo.Y por un instante, solo un instante…el mundo volvió a ser un lugar amable.