La tarde del 26 de diciembre estaba tranquila.
La nieve seguía cubriendo las calles, pero ya no caía con fuerza: solo pequeños copos perezosos que flotaban en el aire como si no quisieran tocar el suelo. Klara caminaba hacia el puente con el corazón ligero; no había prisa.
No había prisa, solo ganas de verlo; llevaba el cuaderno azul en el bolso y el pañuelo de su abuela en el cuello.
Su madre la había despedido con una sonrisa suave:
—Ve, hija. Te hará bien.
Y sí, le hacía bien. Markus ya estaba allí, apoyado en la barandilla gris, con la bufanda que ella le había tejido envuelta alrededor de su cuello.
Cuando la vio, sonrió de esa manera que solo él tenía: una sonrisa que empezaba en los ojos y terminaba en el corazón.
—Klara…
Ella se acercó, sintiendo cómo el frío desaparecía a cada paso. —Hola, Markus.
Él la abrazó sin decir nada más, un abrazo largo, cálido, lleno de esa paz que solo se encuentra cuando estás con la persona correcta.
—Te he echado de menos —susurró él.
Klara rió suavemente. —Nos vimos hace un día.
—Ya lo sé —respondió Markus—. Pero igual te he echado de menos.
Klara apoyó la frente en su pecho. —Yo también Caminaron por la orilla del río, dejando huellas paralelas en la nieve; el agua estaba tranquila, casi inmóvil, reflejando el cielo gris claro.
—¿Cómo fue tu Navidad? —preguntó Klara.
Markus sonrió. —Ruidosa. Lotte no dejó de cantar villancicos, mi tía hizo demasiadas galletas y mi tío se quedó dormido en el sillón y Jonas...bueno, es Jonas.
Klara rió.—Suena… perfecto.
—¿Y la tuya? Klara suspiró, pero era un suspiro bueno. —Tranquila, mamá estuvo de buen humor. Anna vino por la mañana; fue una Navidad bonita.
Markus tomó su mano. —Me alegro, te lo mereces.
Klara lo miró.—Tú también.
Se sentaron en un banco cubierto de nieve; Markus sacó un termo de su abrigo.
—Chocolate caliente, segunda parte —dijo con una sonrisa orgullosa.
Klara abrió los ojos. —¿Otra vez?
—Claro. Es tradición, y ya lo hemos hecho dos veces, así que oficialmente es tradición.
Klara rió mientras él servía el chocolate en dos tazas pequeñas de metal. —Está delicioso —dijo ella después de un sorbo.
—Porque lo compartes conmigo —respondió Markus.
Klara le dio un empujón suave. —Tonto.
—Pero tu tonto favorito —añadió él.
Ella no lo negó. Después de un rato, Klara sacó el cuaderno azul de su bolso. —Quería enseñarte algo.
Markus lo miró con curiosidad. —¿Has escrito?
Klara abrió la primera página.
Había una sola frase, escrita con letra suave:
—24 de diciembre de 1960.
Hoy el mundo nos dio tregua.
Markus la leyó en silencio, luego levantó la vista.
—Es perfecto.
Klara sonrió. —Es lo que sentí.
Markus tomó su mano. —¿Puedo escribir algo?
Klara dudó un segundo, sorprendida. —Claro.
Él tomó el lápiz y escribió debajo:
Y hoy, 26 de diciembre, el mundo nos dejó volver a encontrarnos.
Klara sintió un calor dulce en el pecho. —Markus…
Él cerró el cuaderno y se lo devolvió. —Quiero que este cuaderno tenga nuestras palabras, las tuyas, las mías, las de los dos.
Klara lo abrazó sin pensarlo. —Gracias.
El cielo empezó a oscurecer, pero no hacía frío.
O quizá sí, pero ellos no lo sentían. Markus la miró con una expresión suave, casi tímida.
—Klara… ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Tú crees que… algún día… podremos pasar la Navidad juntos de verdad?, en una casa, con un árbol, sin tener que mirar el reloj.
Klara sintió un nudo en la garganta, pero no de tristeza.
De esperanza. —Sí —respondió—. Creo que sí, no sé cuándo, no sé cómo, pero sí.
Markus sonrió, aliviado. —Yo también lo creo.
Klara apoyó la cabeza en su hombro.
—Y mientras tanto… tenemos esto. —Esto —repitió él, abrazándola.
Cuando llegó la hora de despedirse, Markus tomó su rostro entre las manos.
—Gracias por venir hoy.
—Gracias por esperarme.
Se besaron, un beso lleno de cariño, un beso que no pedía nada.
Markus susurró: —Klara… pase lo que pase, quiero que este invierno lo recordemos así, con luz, con calma, con nosotros.
Klara asintió.—Lo recordaremos así.
Ella caminó hacia el este, él hacia el oeste y, aunque la noche caía sobre Berlín, ninguno sintió miedo porque, por unos días, solo unos días... el mundo les había dado tregua.