La nieve seguía cayendo en copos lentos cuando Anna llamó a la puerta de Klara, no con sus golpes habituales de “abre que me congelo”, sino con tres toques suaves, casi elegantes. Klara abrió y la encontró envuelta en un abrigo enorme, bufanda hasta la nariz y un gorro que parecía haber sido tejido por un enemigo.
—¿Vienes a asustar a los niños del barrio? —preguntó Klara, sonriendo.
Anna bajó la bufanda. —Vengo a sacarte de casa. Hace demasiado bonito afuera como para quedarse encerrada.
Klara miró por la ventana; la calle estaba blanca, con un brillo suave que hacía que todo pareciera más limpio, más tranquilo.
—¿Y mamá? —preguntó.
—Tu madre está hablando con la vecina del segundo —respondió Anna—. Y me ha dicho, literalmente: Llévatela un rato, que le hace bien.
Klara rió.—Entonces no tengo escapatoria.
—Exacto —dijo Anna, tomándola del brazo—. Vamos.
Salieron al frío, el aire puro casi dulce y la nieve crujía bajo sus botas; caminaron sin prisa, dejando huellas paralelas en la acera. El barrio estaba silencioso, como si todos estuvieran dentro, celebrando los últimos días del año.
—¿Sabes qué me gusta del invierno? —dijo Anna.
—¿Qué?
—Que tapa la fealdad; todo se ve bonito con nieve, incluso este edificio horrible.
Klara rio. —Eres terrible.
—Y tú me quieres igual —respondió Anna, dándole un empujón suave.
Siguieron caminando; el viento les enrojecía las mejillas, pero no importaba, había algo liberador en ese frío. —¿Y Markus? —preguntó Anna, con tono inocente que no engañaba a nadie.
Klara bajó la mirada, sonriendo. —Bien. Muy bien. Nos vimos ayer.
Anna chasqueó la lengua. —Ay, qué romántico. ¿Te dio otro regalo? ¿O solo te miró con esos ojos de: eres mi universo?
Klara se tapó la cara con las manos.
—Anna…
—¿Qué? —dijo ella—. Sí es verdad, ese chico te mira como si fueras la última galleta de Navidad.
Klara rió, avergonzada.—No hubo más regalo. —¡Ese chico no te regaló más nada!
Klara la miró. —El cuaderno fue un regalo muy bonito.
—Ese chico sí que te conoce —respondió Anna—. Yo te conozco desde hace años y aún no sé qué regalarte.
Klara la abrazó del brazo.
—Tú me regalas compañía, eso es suficiente. Anna se quedó en silencio un momento, luego dijo más suave:
—Tonta, no digas cosas que me hacen sentir cosas.
Llegaron a un pequeño parque; los columpios estaban cubiertos de nieve y el mundo parecía detenido. Anna se sentó en uno, empujando la nieve con los pies.
—Klara… —dijo de pronto— …¿tienes miedo?
Klara se quedó quieta. —Sí, pero hoy menos. Anna asintió. —Yo también, a veces siento que algo grande se acerca, pero luego te veo y pienso que quizás... quizás no todo está perdido.
Klara se sentó en el columpio de al lado. —Anna… gracias por estar conmigo.
Anna la miró de reojo. —No me pongas sentimental, que lloro fácil en invierno.
Klara rió.—Eres imposible.
—Y tú eres mi amiga —respondió Anna— y mientras yo esté aquí, no vas a pasar nada sola. ¿Entendido?
Klara asintió, con los ojos brillantes. —Entendido.
Cuando empezaron a sentir los dedos entumecidos, volvieron hacia casa; la nieve seguía cayendo, pero ahora parecía más ligera. —¿Sabes qué? —dijo Anna—. Creo que este invierno nos está dando un respiro.
Klara sonrió. —Sí, una tregua.
Anna la miró. —Aprovechémosla.
Llegaron al edificio; antes de despedirse, Anna la abrazó fuerte.
—Te quiero, Klara, aunque seas un desastre emocional.
Klara rio, abrazándola igual de fuerte.
—Yo también te quiero, Anna, aunque seas insoportable.
Anna se separó, guiñó un ojo y dijo: —Nos vemos mañana. Y trae chocolate; el amor está muy bien, pero yo necesito azúcar.
Klara rió mientras la veía alejarse entre la nieve.