Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 48

La noche estaba silenciosa cuando Klara cerró la puerta de su habitación; su madre ya dormía.

La casa estaba tibia gracias a la estufa, y la nieve seguía cayendo afuera, cubriendo el alféizar con una capa blanca que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Klara se sentó en su cama, con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; sacó el cuaderno azul del bolso.

Lo sostuvo un momento entre las manos, acariciando la tapa dura, sintiendo el peso suave del papel. Era un regalo.

Un símbolo, una promesa, lo abrió por la primera página, donde ya había dos frases.

24 de diciembre de 1960.

Hoy el mundo nos dio tregua. Debajo, la letra firme de Markus: Y hoy, 26 de diciembre, el mundo nos dejó volver a encontrarnos.

Klara sonrió; esa página ya era un tesoro. Pasó a la siguiente, en blanco, esperando. Respiró hondo, tomó el lápiz y empezó a escribir:

—27 de diciembre de 1960. La nieve sigue cayendo.

La ciudad está tranquila, como si quisiera darnos un respiro antes de lo que venga.

Klara levantó la vista un momento; la lámpara proyectaba

Una luz cálida sobre el papel; la casa estaba tan silenciosa que podía escuchar su propia respiración. Volvió a escribir.

Hoy he paseado con Anna, hemos reído, hemos hablado de tonterías, hemos hecho como si el mundo no estuviera cambiando.

Sonrió al recordar el gorro ridículo de Anna.

—A veces creo que Anna es la única persona capaz de hacerme olvidar el miedo, o al menos de hacerme reír mientras lo siento.

Pasó la mano por la página, como si pudiera acariciar las palabras. —Y Markus… Markus es otra cosa; con él no olvido el miedo, pero lo enfrento.

Klara sintió un calor dulce en el pecho.

—Cuando estoy con él, siento que puedo respirar, que puedo ser yo, que el mundo por un momento deja de apretarme.

Se detuvo, miró por la ventana; la nieve caía lenta, suave, como si flotara.

—No sé qué va a pasar, no sé qué está por venir, pero sé que no estoy sola.

El lápiz tembló un poco en su mano.

—Mamá está más tranquila, Anna está conmigo y Markus está dispuesto a todo.

Klara cerró los ojos un instante. —A veces me pregunto si merezco tanto amor, a veces me pregunto si podré protegerlos a todos.

Una lágrima cayó sobre la página, no de tristeza, de emoción.

—Hoy no quiero pensar en el miedo, hoy quiero recordar la luz.

Klara dibujó un pequeño copo de nieve en la esquina de la página. —Hoy quiero recordar que, incluso en invierno, hay calor. Cerró el cuaderno con cuidado.

Klara dejó el cuaderno sobre la mesita y se recostó en la cama; la manta la envolvía y el silencio de la casa era un abrazo suave. Pensó en Markus, en su sonrisa bajo la nieve, en la bufanda gris alrededor de su cuello, en el chocolate caliente, en el cuaderno azul; pensó en Anna, en su humor, en su fuerza, en su lealtad feroz; pensó en su madre, en su valentía silenciosa, en su abrazo.

La manta la envolvía, y el silencio de la casa era un abrazo suave. Pensó en Markus.

En su sonrisa bajo la nieve, en la bufanda gris alrededor de su cuello, en el chocolate caliente, en el cuaderno azul, pensó en Anna, en su humor, en su fuerza, en su lealtad feroz.

Pensó en su madre, en su valentía silenciosa, en su decisión de enfrentar la realidad y, por primera vez en mucho tiempo, Klara sintió paz, no porque el peligro hubiera desaparecido, no porque el futuro fuera claro, sino porque por unos días el invierno les había dado tregua. Cerró los ojos; la nieve seguía cayendo.

Y el cuaderno azul, sobre la mesita, parecía brillar bajo la luz. Un cuaderno lleno de promesas.

De palabras que importaban.

De un amor que empezaba a escribirse.




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