Esa noche, Klara no pudo dormir; cada vez que cerraba los ojos, veía el taller, la lluvia golpeando el techo, las manos de Markus sobre las suyas, pero también veía al hombre del abrigo oscuro y la forma en que había bajado la mirada, como si no quisiera ser descubierto.
A la mañana siguiente, mientras abría la librería, notó algo distinto en la calle; no era ruido, era un silencio tenso, como si la ciudad contuviera la respiración.
Una mujer mayor entró a comprar un libro de poesía.
Pagó, pero antes de irse murmuró:
—Dicen que pronto habrá cambios, cambios muy grandes.
Klara sintió un escalofrío; no le preguntó, no quería saber.
Durante los días siguientes, Klara sintió que la ciudad respiraba de una forma distinta; no era algo que pudiera explicar con palabras.
Las calles seguían llenas de bicicletas, niños jugando y radios encendidas en las ventanas… pero había un murmullo nuevo, una inquietud que se colaba entre las conversaciones y los silencios. En la librería, los clientes hablaban más bajo, algunos hojeaban los periódicos con el ceño fruncido, otros entraban solo para mirar alrededor, como si esperaran encontrar algo que no sabían nombrar.
Klara intentaba concentrarse en su trabajo, pero cada vez que la campanilla de la puerta sonaba, su corazón daba un pequeño salto. A veces esperaba ver a Markus.
A veces temía ver al hombre del abrigo oscuro.
Una tarde, mientras ordenaba un estante de novelas rusas, escuchó pasos detrás de ella.
Se giró con una sonrisa automática… pero no era Markus.
Era el mismo hombre, el de la farola, el que le había observado aquella noche.
—Buenas tardes —dijo él, con una voz demasiado neutra.
Klara tragó saliva. —¿Puedo ayudarle?
El hombre tomó un libro cualquiera, lo abrió sin mirarlo realmente y lo cerró.
—Solo estoy mirando.
Sus ojos recorrieron la librería con una calma que no era calma.
Luego se detuvieron en ella.
—Bonito local —comentó—. ¿Trabaja aquí desde hace mucho?
—Desde hace un año —respondió Klara, intentando que su voz no temblara.
—Ah.
—El hombre sonrió, pero no era una sonrisa amable—. Debe conocer bien a sus clientes.
Klara sintió un frío en la nuca.
—No especialmente.
El hombre dejó el libro sobre el mostrador, demasiado despacio.
—Volveré otro día. —Y salió; la campanilla sonó.
Klara se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en el mostrador, respirando hondo; no era imaginación, alguien la estaba observando. Esa tarde, cuando Markus llegó, ella no esperó a que él hablara, fue hacia él, lo tomó del brazo y lo llevó al fondo de la librería.
—Ha vuelto —susurró—. El hombre del abrigo.
Markus la miró con una seriedad que no le había visto antes.
—Dime exactamente qué hizo.
Klara se lo contó todo; él escuchó sin interrumpirla, con el ceño fruncido, la mandíbula tensa.
Cuando terminó, Markus tomó aire.
—Klara… tienes que tener cuidado.
—Lo sé.
—No cruces sola. No vuelvas tarde. Y si lo ves otra vez, me lo dices.
Ella asintió, pero lo que más la inquietó no fue el hombre, sino la forma en que Markus la miró después.
Como si ya supiera que algo estaba a punto de cambiar.
La lluvia había cesado al amanecer, pero el aire seguía cargado, como si la ciudad no hubiera terminado de respirar. Klara caminó hacia su casa con el abrigo aún húmedo. Markus la acompañaba; no quería que fuera sola a su casa. Cada paso parecía más ligero que el anterior, hasta que abrió la puerta y encontró a su madre sentada en la mesa de la cocina, con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la voz.
Klara dejó el bolso sobre la silla.—Estaba con… una amiga.
La madre la miró con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que Klara quería mostrar.
—No mientas, te vi desde la ventana, venías con ese muchacho del oeste.
Klara sintió un nudo en la garganta.—Mamá…
—¿Sabes lo que puede significar eso?
La madre se levantó despacio, como si cada palabra pesara—. ¿Sabes lo que dirán si alguien te ve cruzando tanto? ¿Si te ven con él?
Klara apretó los labios; no quería discutir, pero tampoco quería esconderse.
—Markus no es un criminal. Solo… solo es alguien que me importa.
La madre suspiró, cansada, como si esa confesión fuera una carga más que una alegría.
—No dudo que sea buen chico, pero no entiendes el mundo en el que vivimos; aquí, cualquier cosa puede ser malinterpretada, una conversación, una mirada, un cruce de frontera y tú… tú eres tan transparente, Klara, se te nota todo en la cara.
Klara bajó la mirada; su madre tenía razón en algo: ella nunca había sabido ocultar lo que sentía.
—No quiero que te hagan daño —continuó la madre, más suave—. No quiero que te conviertas en un nombre en un informe, no quiero que un día alguien toque esta puerta para hacer preguntas.
Klara sintió un escalofrío; el hombre del abrigo oscuro volvió a su mente.—Tendré cuidado —susurró.
La madre la observó un momento más, como si quisiera decir algo que no encontraba forma de pronunciar. Al final, solo añadió:
—Prométeme que no cruzarás tan a menudo.
Klara no respondió y ese silencio fue suficiente para que su madre entendiera que la promesa no llegaría.A la mañana siguiente, Markus la esperaba frente a la librería. Llevaba el pelo aún húmedo por la llovizna y una sonrisa que se deshacía un poco cuando la veía llegar con el ceño fruncido.
—¿Todo bien, Liebling? —preguntó.
Klara dudó un segundo antes de asentir.—Mi madre… está preocupada.
—¿Por mí?
—Por todo.
Markus guardó silencio mientras caminaban hacia el parque cercano; las hojas de los árboles brillaban con gotas de lluvia, y el cielo tenía un tono gris que parecía no decidirse entre tormenta o calma.
—Klara —dijo él finalmente—, si esto te complica la vida, si te pone en peligro, dímelo, no quiero ser la razón de que tengas problemas.