Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 12

El otoño llegó sin pedir permiso, las hojas empezaron a cubrir las aceras de Friedrichshain, y el aire tenía ese olor a madera húmeda que siempre anunciaba el cambio de estación. Klara caminaba hacia la librería con el abrigo cerrado hasta el cuello, pensando en Markus más de lo que se atrevía a admitir.

En la radio de la cocina, su madre había escuchado esa mañana una noticia que la dejó inquieta:

La televisión de Alemania Occidental había estrenado un nuevo programa cultural que estaba causando sensación, y muchos jóvenes del Este intentaban sintonizarlo a escondidas. No era un hecho peligroso, pero sí un recordatorio de que los dos mundos se alejaban cada día un poco más.

Cuando Klara llegó a la librería, encontró a Markus esperándola en la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que le iluminó el pecho.

—Guten Morgen, meine Liebe —dijo él, inclinándose un poco hacia ella y dándole un dulce beso en los labios.

Klara sintió que el frío del otoño se deshacía.

—Markus… ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Quería verte antes de que empiece tu día Y… —Se rascó la nuca, algo nervioso. —Quería enseñarte algo.

Klara lo miró con curiosidad.

—¿Qué cosa?

Markus sacó del bolsillo un pequeño recorte de periódico. Era un anuncio del Festival de Cine de Berlín, celebrado unos meses antes, con una foto de una actriz francesa sonriendo a la cámara.

—Pensé que te gustaría —dijo él—. Dijiste que nunca habías ido al cine del Oeste. Quizá… podríamos ir cuando vuelvan a proyectar algunas de estas películas.

Klara acarició el papel con los dedos.

—Es precioso, Markus.

Él sonrió, aliviado.

—Por ti hago lo que sea.

Ella sintió un calor suave en el pecho; entraron juntos a la librería. Markus la ayudó a colocar unas cajas de libros nuevos. Entre ellos había una edición de poemas de Rilke que Klara adoraba. Él la observaba mientras trabajaba, con esa mezcla de ternura y preocupación que se había vuelto habitual.

—Klara… —dijo finalmente—, ¿has vuelto a ver al hombre del abrigo?

Ella negó con la cabeza.

—No. Pero sigo sintiendo que alguien me mira a veces.

Markus apretó la mandíbula.

—No voy a dejar que nadie te haga daño.

Markus le acomodó el cuello del abrigo despacio, como si aquel gesto pudiera protegerla del mundo entero.

Klara se acercó un poco más.

—Lo sé.

Él tomó su mano, escondiéndola entre los libros para que nadie los viera desde la calle.

—Mi tío dice que en el Oeste están hablando mucho de lo que pasó con el avión espía —murmuró Markus—. Que la tensión sigue subiendo, pero también dice que la gente está cansada de tener miedo, que la vida sigue.

Klara suspiró.

—Ojalá aquí fuera igual.

—Lo será —dijo Markus, con una convicción que ella envidió—. Mit dir fühlt sich alles leichter an. Contigo todo se siente más ligero.

Klara sonrió, y por un instante el mundo pareció sencillo.

Pero entonces la campanilla de la puerta sonó; entró un hombre que Klara no conocía. Alto, delgado, con un abrigo gris. No era el mismo de la farola, pero había algo en su mirada que la hizo tensarse. El hombre recorrió la librería con los ojos, demasiado rápido, demasiado atento.

Markus lo notó.

—¿Todo bien? —susurró.

—Sí —mintió ella.

El hombre tomó un libro, lo abrió, lo cerró, lo dejó; luego se acercó al mostrador.

—Busco algo sobre… fronteras —dijo, sin especificar más.

Klara sintió un escalofrío.

—No tenemos nada sobre ese tema —respondió, intentando sonar natural.

El hombre la observó un segundo más, como si evaluara algo invisible.

—Volveré otro día.

Cuando salió, Markus tomó la mano de Klara con fuerza.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco.

Él la atrajo hacia sí, sin importarle que estuvieran en la librería.

—Mein Herz, si algo cambia, si algo te asusta, vienes conmigo. ¿Entendido?

Klara apoyó la frente en su pecho.

—Entendido.

Afuera, el viento de septiembre soplaba fuerte, levantando hojas doradas que giraban en el aire como presagio de un otoño que traería más cambios de los que podían imaginar.

El cielo de mediados de octubre tenía un tono gris perla. Klara salió de la librería con el abrigo cerrado hasta el cuello y el bolso colgado del brazo. Había sido un día tranquilo, demasiado tranquilo. En el Este, la gente parecía hablar menos últimamente, como si cada palabra tuviera un peso que antes no tenía. Al doblar la esquina, vio a Markus esperándola, pero no estaba solo. A su lado había una mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido y una sonrisa cálida.

—Klara —dijo Markus, levantando la mano—, quiero presentarte a Frau Wagner.

La mujer le estrechó la mano con firmeza.—Así que tú eres la joven de la que Markus no deja de hablar —dijo con un guiño.

Klara sintió cómo se le encendían las mejillas.—Espero que hable bien.

—Oh, querida, habla demasiado bien —rió la mujer—. Venís al Oeste muy a menudo, ¿verdad? Aprovechad mientras se pueda; las cosas cambian rápido en esta ciudad.

Klara sintió un pequeño escalofrío, pero Frau Wagner ya estaba despidiéndose con un gesto amable.

—Pasadlo bien, niños.

Cuando se alejó, Markus se acercó a Klara.

—¿Te apetece venir a cenar a casa de mi tío? Está preparando su famoso estofado Y Jonas también vendrá;

Klara dudó un instante.No era solo cruzar la frontera; era entrar en el mundo de Markus, en su vida real.

—Sí —dijo finalmente—. Me gustaría.

Caminaron juntos hacia el paso fronterizo. A esa hora, el control era rápido: un guardia revisó los documentos con desgana y los dejó pasar. Klara siempre notaba el cambio de ambiente al cruzar; en el Este, las calles eran más silenciosas, los escaparates más sobrios, los colores más apagados. En el Oeste, en cambio, había luces de neón, cafés llenos, música americana saliendo de radios portátiles, moda más moderna en los escaparates; no era mejor ni peor, era distinto y esa diferencia se sentía en la piel.




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