Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 16

La mañana siguiente amaneció gris, con una llovizna fina que empañaba los cristales de las ventanas. Klara apenas había dormido; cada vez que cerraba los ojos, veía la figura del hombre del abrigo gris bajo la farola, inmóvil, observándola como si supiera algo que ella no.

Cuando llegó a la librería, Anna ya estaba allí, apoyada en la puerta con un paraguas rojo y una expresión que mezclaba impaciencia y preocupación.

—¡Por fin! —dijo Anna—. Pensé que te habías caído en un charco.

Klara intentó sonreír, pero Anna la miró con atención y frunció el ceño.

—¿Qué te pasa? Tienes la cara blanca como la harina.

—No es nada —murmuró Klara, abriendo la puerta.

—Klara —dijo Anna, entrando detrás de ella—. No me vengas con “no es nada”. Te conozco. ¿Qué ha pasado?

Klara dejó el bolso en el mostrador; sus manos temblaban un poco. Anna lo notó.

—Siéntate —ordenó, señalando la silla detrás del mostrador.

Klara obedeció. Anna se sentó frente a ella, cruzando los brazos.

—Habla.

Klara respiró hondo.

—Ayer… lo vi otra vez.

Anna parpadeó.

—¿Al del abrigo gris?

Klara asintió.

—¿Qué hizo?

Klara tragó saliva.

—Me habló.

Anna se quedó inmóvil; luego apoyó las manos en la mesa, como si necesitara sostenerse.

—¿Qué te dijo?

—Preguntó por la librería, por quién entra, por quién sale, por quién cruza al oeste.

Anna abrió los ojos, horrorizada.

—¿Te preguntó eso? ¿Así, sin más?

—Sí.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que no sabía de qué hablaba.

Anna se levantó de golpe y empezó a caminar por la librería, nerviosa.

—Esto no me gusta, no me gusta nada. Ese hombre no está ahí por casualidad, no es un vecino curioso, no es un cliente. Klara, esto es serio.

Klara bajó la mirada.

—Lo sé.

Anna se detuvo frente a ella.

—¿Te siguió?

—No. Pero… sabía cosas O parecía saberlas.

Anna apretó los labios.

—¿Sabe de Markus?

Klara sintió un nudo en el estómago.

—No lo dijo; dudo que sepa de Markus.

Anna se sentó de nuevo, esta vez más cerca, y tomó las manos de Klara.

—Klara, escúchame, no estás sola.

Luego se levantó, cerró el pestillo de la puerta y volvió a sentarse junto a Klara sin decir nada.

—Anna… tengo miedo.

Anna la abrazó sin dudarlo.

—Claro que tienes miedo, cualquiera lo tendría, pero no vas a enfrentarte a esto sola; yo estoy contigo y Markus también, ¿verdad?

Klara apoyó la frente en el hombro de Anna.

—Sí. Pero no quiero que él se meta en problemas por mi culpa.

Anna se separó un poco para mirarla a los ojos.

—Klara, ese chico cruzaría el mundo por ti y tú no puedes cargar con todo sola, no es sano, no es justo.

Klara suspiró.

—Anoche hablé con él; quería venir al Este de inmediato.

—¿Y tú qué hiciste?

—Le dije que no.

Anna puso los ojos en blanco.

—Eres imposible. ¿Por qué?

—Porque… si lo ven conmigo… si alguien sospecha…

Anna la interrumpió.

—Klara, ya sospechan, ese hombre no apareció por casualidad. Y tú no puedes vivir escondiéndote, no puedes vivir con miedo a cada sombra.

Klara se frotó los ojos.

—No sé qué hacer.

Anna se levantó y fue a la ventana; miró la calle, como si esperara ver al hombre del abrigo allí mismo.

—Lo primero —dijo— es que no vas a volver sola a casa. Nunca más te acompaño yo o Markus o los dos, pero una cosa estoy segura: a tu casa ya tú no vas sola.

Klara abrió la boca para protestar, pero Anna levantó una mano.

—Ni una palabra, es lo que hay.

Klara sonrió débilmente.

—Está bien.

—Lo segundo —continuó Anna— es que vamos a estar atentas; si ese hombre vuelve, si aparece cerca de la librería, si pregunta algo… lo sabremos.

Klara sintió un escalofrío.

—¿Y si… y si quiere algo más?

Anna se giró hacia ella.

—Entonces no lo enfrentaremos solas. ¿Entendido?

Klara asintió.

Anna volvió a sentarse y tomó aire.

—Y lo tercero… —dijo, bajando la voz—. Tienes que decirle a Markus exactamente lo que pasó, todo, sin suavizarlo.

Klara dudó.

—No quiero preocuparlo.

—Klara —dijo Anna, con una mezcla de cariño y firmeza—, él ya está preocupado. Y si lo ocultas, será peor. Él tiene derecho a saberlo y tú tienes derecho a que te cuiden.

Klara sintió que las lágrimas le subían a los ojos.

—Gracias, Anna.

Anna le apretó la mano.

—Para eso estamos las amigas, para lo bueno… y para lo que da miedo.

Hubo un silencio suave, lleno de complicidad; afuera la lluvia seguía cayendo, fina y constante, como si la ciudad quisiera borrar las huellas de algo que aún no había ocurrido, pero Klara sabía que no podía borrarse tan fácilmente la sombra del hombre del abrigo gris y Anna también lo sabía.

Anna se fue al rato para su trabajo, Klara estuvo toda la mañana atendiendo a los pocos clientes que entraban; cada vez que escuchaba la campanilla, se asustaba pensando que podría ser el hombre del abrigo gris. Por suerte para Klara, el hombre no apareció en toda la mañana.

La lluvia había cesado al anochecer, pero el aire seguía húmedo y frío cuando Klara llegó a su casa. Subió las escaleras despacio, sintiendo el peso del día en cada paso. Al abrir la puerta, encontró a su madre en la cocina, inclinada sobre la mesa mientras doblaba ropa. La radio sonaba en volumen bajo con una pieza de violín que llenaba el piso de una melancolía suave.

—Llegas tarde otra vez —dijo la madre sin levantar la vista.Klara dejó el bolso en la silla.

—Había trabajo.

—Siempre hay trabajo —respondió la madre, doblando una camisa con precisión casi militar—. Pero últimamente llegas más tarde de lo normal.

Klara sintió un nudo en el estómago; se quitó el abrigo con manos temblorosas.

—Solo… se me hizo tarde.

La madre levantó la mirada; sus ojos, cansados pero atentos, se clavaron en los de Klara.




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