Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 37

La nieve seguía cayendo en copos lentos cuando Anna llamó a la puerta de Klara, no con sus golpes habituales de “abre que me congelo”, sino con tres toques suaves, casi elegantes. Klara abrió y la encontró envuelta en un abrigo enorme, bufanda hasta la nariz y un gorro que parecía haber sido tejido por un enemigo.

—¿Vienes a asustar a los niños del barrio? —preguntó Klara, sonriendo.

Anna bajó la bufanda. —Vengo a sacarte de casa, hace un día demasiado bonito afuera como para quedarse encerrada.

Klara miró por la ventana; la calle estaba blanca, con un brillo suave que hacía que todo pareciera más limpio, más tranquilo.

—¿Y mamá? —preguntó.

—Tu madre está hablando con la vecina del segundo —respondió Anna—. Y me ha dicho, literalmente: Llévatela un rato, que le hace bien.

Klara rió.—Entonces no tengo escapatoria.

—Exacto —dijo Anna, tomándola del brazo—. Vamos.

Salieron al frío, el aire puro casi dulce y la nieve crujía bajo sus botas; caminaron sin prisa, dejando huellas paralelas en la acera. El barrio estaba silencioso, como si todos estuvieran dentro, celebrando los últimos días del año.

—¿Sabes qué me gusta del invierno? —dijo Anna.

—¿Qué?

—Que tapa la fealdad; todo se ve bonito con nieve, incluso este edificio horrible.

Klara rio. —Eres terrible.

—Y tú me quieres igual —respondió Anna, dándole un empujón suave.

Siguieron caminando; el viento les enrojecía las mejillas, pero no importaba, había algo liberador en ese frío. —¿Y Markus? —preguntó Anna, con tono inocente que no engañaba a nadie.

Klara bajó la mirada, sonriendo. —Bien. Muy bien, nos vimos ayer.

Anna chasqueó la lengua. —Ay, qué romántico. ¿Te dio otro regalo? ¿O solo te miró con esos ojos de: eres mi universo?

Klara se tapó la cara con las manos.

—Anna…

—¿Qué? —dijo ella—. Sí es verdad, ese chico te mira como si fueras la última galleta de Navidad.

Klara rió, avergonzada.—No hubo más regalo. —¡Ese chico no te regaló más nada!

Klara la miró. —El cuaderno fue un regalo muy bonito.

—Ese chico sí que te conoce —respondió Anna—. Yo te conozco desde hace años y aún no sé qué regalarte.

Klara la abrazó del brazo.

—Tú me regalas compañía, eso es suficiente.

Anna se quedó en silencio un momento, luego dijo más suave:

—Tonta, no digas esas cosas que me hacen sentir cosas.

Llegaron a un pequeño parque; los columpios estaban cubiertos de nieve y el mundo parecía detenido. Anna se sentó en uno, empujando la nieve con los pies.

—Klara… —dijo de pronto— …¿tienes miedo?

Klara se quedó quieta. —Sí, pero hoy menos. —Anna asintió. —Yo también, a veces siento que algo grande se acerca, pero luego te veo y pienso que quizás... quizás no todo está perdido.

Klara se sentó en el columpio de al lado. —Anna, gracias por estar conmigo.

Anna la miró de reojo. —No me pongas sentimental, que lloro fácil en invierno.

Klara rió.—Eres imposible.

—Y tú eres mi amiga —respondió Anna— y mientras yo esté aquí, no vas a pasar nada sola. ¿Entendido?

Klara asintió, con los ojos brillantes. —Entendido.

Cuando empezaron a sentir los dedos entumecidos, volvieron hacia casa; la nieve seguía cayendo, pero ahora parecía más ligera. —¿Sabes qué? —dijo Anna—. Creo que este invierno nos está dando un respiro.

Klara sonrió. —Sí, una tregua.

Anna la miró. —Aprovechémosla.

Llegaron al edificio; antes de despedirse, Anna la abrazó fuerte.

—Te quiero, Klara, aunque seas un desastre emocional.

Klara rio, abrazándola igual de fuerte.

—Yo también te quiero, Anna, aunque seas insoportable.

Anna se separó, guiñó un ojo y dijo: —Nos vemos mañana y trae chocolate; el amor está muy bien, pero yo necesito azúcar.

Klara rio mientras la veía alejarse entre la nieve.

Klara entró a su casa; todo estaba en silencio. Cerró la puerta de su habitación; su madre ya dormía.

La casa estaba tibia gracias a la estufa, y la nieve seguía cayendo afuera, cubriendo el alféizar con una capa blanca que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Klara se sentó en su cama, con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; sacó el cuaderno azul del bolso.Lo sostuvo un momento entre las manos, acariciando la tapa dura, sintiendo el peso suave del papel; era un regalo.

Un símbolo, una promesa, lo abrió por la primera página, donde ya había dos frases.

24 de diciembre de 1960.Hoy el mundo nos dio tregua, debajo, la letra firme de Markus: Y hoy, 26 de diciembre, el mundo nos dejó volver a encontrarnos.

Klara sonrió; esa página ya era un tesoro. Pasó a la siguiente, en blanco; esperando, respiró hondo, tomó el lápiz y empezó a escribir:

—27 de diciembre de 1960: la nieve sigue cayendo.La ciudad está tranquila, como si quisiera darnos un respiro antes de lo que venga.

Klara levantó la vista un momento; la lámpara proyectabaUna luz cálida sobre el papel; la casa estaba tan silenciosa que podía escuchar su propia respiración. Volvió a escribir.

—Hoy he paseado con Anna, hemos reído, hemos hablado de tonterías, hemos hecho como si el mundo no estuviera cambiando.Sonrió al recordar el gorro ridículo de Anna.

—A veces creo que Anna es la única persona capaz de hacerme olvidar el miedo, o al menos de hacerme reír mientras lo siento.Pasó la mano por la página, como si pudiera acariciar las palabras.

—Y Markus… Markus es otra cosa; con él no olvido el miedo, pero lo enfrento.Klara sintió un calor dulce en el pecho.—Cuando estoy con él, siento que puedo respirar, que puedo ser yo, que el mundo por un momento deja de apretarme.

Se detuvo, miró por la ventana; la nieve caía lenta, suave, como si flotara.—No sé qué va a pasar, no sé qué está por venir, pero sé que no estoy sola.El lápiz tembló un poco en su mano.

—Mamá está más tranquila, Anna está conmigo y Markus está dispuesto a todo.Klara cerró los ojos un instante.




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