La nieve había caído toda la noche, dejando Berlín cubierto por un manto blanco que brillaba bajo la luz suave del mediodía. Klara salió de casa con las mejillas rojas por el frío. Anna la esperaba abajo, saltando sobre la nieve como una niña.
—¡Por fin! —exclamó Anna—. Pensé que te habías congelado en la ducha.
—Exagerada —respondió Klara, riendo.
Anna la tomó del brazo. —Vamos, Markus ya debe estar en el puente y, si lo hacemos esperar, se pondrá dramático.
Klara sonrió; sabía que Anna lo decía con cariño. Markus estaba allí, apoyado en la barandilla con la bufanda gris que Klara le había tejido y el cabello lleno de nieve; cuando las vio, sonrió de inmediato.
—¡Ahí están mis dos tormentas de nieve favoritas!
Anna levantó una ceja. —¿Tormentas? —Yo soy más bien un huracán. —Eso explica muchas cosas —respondió Markus.
Klara rio mientras se acercaba a él. —Hola.
—Hola —dijo Markus, dándole un beso suave en la mejilla.
Anna hizo un sonido exagerado de disgusto. —Por favor, no empecéis con vuestras cursiladas, que acabo de desayunar.
Markus le lanzó una bola de nieve sin avisar.
Anna gritó: —¿¡Pero qué—?! ¡TE VOY A MATAR! Y así empezó la guerra: Anna se agachó, tomó un puñado de nieve y lo lanzó con una puntería sorprendente; le dio a Markus en el pecho.
—¡Toma! Eso por llamarme tormenta.
Markus rió. —¡No te llamé tormenta!, te llamé huracán. —¡Peor!
Klara intentó intervenir. —Chicos, por favor…
Demasiado tarde, una bola de nieve perdida le dio en el hombro.
—¡Oye! —exclamó.
Anna abrió los ojos. —¡Perdón! ¡Fue Markus!
—¡Mentira! —respondió él.
—¡Fue ella!
Klara suspiró y tomó nieve del suelo. —Muy bien. Si no podéis comportaros…
Les lanzó una bola a cada uno; Anna gritó de risa, Markus se quedó boquiabierto.
—¡Klara! ¡Eso no te lo perdono! Y entonces sí, los tres se lanzaron bolas de nieve, corriendo por la orilla del río, resbalando, riendo como si fueran niños y el mundo no estuviera a punto de cambiar.
La nieve volaba por todas partes; Anna gritaba insultos inventados, Markus fingía caer dramáticamente. Klara no recordaba la última vez que había reído así.
Cuando ya no podían más, se sentaron en un banco cubierto de nieve; Markus sacó un termo.
—Chocolate caliente, tercera parte —dijo con orgullo.
Anna lo miró con sospecha. —¿Esto es legal? ¿O lo has robado? —Lo he hecho yo —respondió Markus.
Anna lo olió. —Huele bien, eso me preocupa. Klara rió mientras Markus servía tres tazas. —Gracias —dijo ella.
—De nada —respondió él, mirándola con esa ternura que siempre la desarmaba.
Anna bebió un sorbo y abrió los ojos. —¡Está buenísimo! Markus, te odio, no puedo criticarte si haces cosas así. —Siempre puedes intentarlo —respondió él.
Anna lo señaló con el dedo.—No me tientes.
Después de un rato, Anna se levantó y empezó a caminar sobre la nieve fresca.
—¿Sabéis qué me gusta de este invierno? Es tranquilo. Klara la miró. —Sí, es como si el mundo nos diera un respiro. Markus asintió. —Un respiro que necesitábamos.
Anna se giró hacia ellos. —Y vosotros dos… —Los señaló con ambas manos—. Estáis insoportablemente felices; me alegro, pero sois insoportables.
Klara rió.—¿Celosa?
—¿Yo? ¡Por favor! Yo tengo mis galletas, mis libros y mi cama caliente; no necesito romance.
Markus sonrió. —Claro, claro.
Anna le lanzó una bola de nieve pequeña.
—Cállate.
Se quedaron un rato en silencio, mirando la nieve caer. Era un silencio bueno, un silencio lleno de paz. Anna suspiró. —Ojalá pudiéramos quedarnos así siempre.
Klara sintió un nudo en el pecho. —Yo también.
Markus tomó la mano de Klara. —No sé cuánto durará esta calma, pero hoy es nuestra. Anna se acercó y los abrazó a ambos por sorpresa. —No os pongáis dramáticos, estamos juntos y eso es lo que importa.
Klara apoyó la cabeza en el hombro de Anna, Markus apoyó la suya en la de Klara; los tres, abrazados, bajo la nieve suave, un pequeño milagro invernal; cuando empezó a oscurecer, Anna se estiró.
—Bueno, yo me voy, tengo que ayudar a mi madre con la cena y además —miró a Markus— os dejo un rato solos, pero no hagáis nada raro, ¿eh?
Klara se sonrojó. —Anna…
—¡Que sí, que sí!, nos vemos mañana.
Se alejó saltando sobre la nieve, dejando un rastro de huellas desordenadas. Klara y Markus se quedaron mirando cómo desaparecía.
—La quiero mucho —dijo Klara.
—Me cae bien —respondió Markus—, aunque me lance nieve en la cara. Klara rio. —Es su forma de decir que te aprecia.
Markus tomó su mano. —Entonces me aprecia demasiado.
Klara apoyó la cabeza en su hombro. —Gracias por este día.
—Gracias a ti —respondió él.
Y mientras la nieve seguía cayendo, los dos se quedaron allí, en silencio, sabiendo que ese día… Ese día era un regalo, un día de luz antes de que el mundo volviera a moverse.