Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 39

Klara encendió la lámpara pequeña de su mesita. La casa estaba en silencio: su madre dormía, la estufa murmuraba y la nieve golpeaba suavemente el cristal de la ventana. Era tarde, pero no tenía sueño. Había algo dentro de ella que pedía salir, que pedía ser escrito. Tomó el cuaderno azul, lo abrió por la página en blanco, el lápiz tembló un instante entre sus dedos, respiró hondo y empezó:

—28 de diciembre de 1960: Hoy ha sido un día extraño. Un día lleno de luz y, al mismo tiempo, lleno de algo que no sé nombrar.

Klara apoyó el lápiz un momento, recordó la risa de Anna, la mirada de Markus, la nieve cayendo sobre los tres como si el invierno quisiera protegerlos:

—He pasado la tarde con Anna y Markus, los tres juntos. Nunca pensé que eso sería posible sin tensión, sin miedo, sin prisas.” Sonrió al recordar la guerra de bolas de nieve. Anna gritaba como si la estuvieran atacando, Markus fingía morir cada vez que le daba una bola, y yo… yo reía, reía de verdad, hacía tiempo que no lo hacía así. Klara pasó la mano por la página, como si pudiera tocar el recuerdo.

—A veces pienso que la nieve tiene un poder extraño: cubre todo lo feo, todo lo duro, todo lo que duele. Miró por la ventana; la nieve seguía cayendo lenta, silenciosa. Hoy me sentí ligera, como si el mundo nos hubiera dado permiso para ser felices un rato.

El lápiz se detuvo; Klara cerró los ojos un instante: Pero también sentí algo más, algo que no sé si es miedo o intuición. El trazo se volvió más firme.

—Sé que esta calma no durará, sé que algo se acerca; lo siento en el aire, en las calles, en las miradas de la gente. Una lágrima cayó sobre el papel; Klara la secó con el pulgar:

—Pero hoy… hoy no quiero pensar en eso, hoy quiero guardar este día como un tesoro —escribió despacio, con cariño:

—Anna me abrazó, Markus me tomó de la mano y por un momento sentí que no estaba sola en el mundo. El lápiz tembló.

—No sé qué va a pasar, no sé cuánto tiempo tendremos, pero sé que tengo a estas dos personas a mi lado y eso... eso me da fuerza. Klara dibujó un pequeño corazón en la esquina de la página. Luego escribió:

—Hoy la nieve cayó sobre nosotros como una bendición. Como si el invierno quisiera decirnos: "Aún no, aún no es el momento de tener miedo". Cerró el cuaderno con cuidado, lo sostuvo contra su pecho. Klara apagó la lámpara y se recostó en la cama; la habitación estaba tibia, envuelta en un silencio que no pesaba.

Un silencio bueno. Pensó en Anna, en su risa, en su fuerza; pensó en Markus, en su mirada, en su determinación; pensó en su madre, en su valentía silenciosa. Y por primera vez en mucho tiempo no sintió que el futuro fuera un enemigo, solo un camino que aún no podía ver.

La nieve seguía cayendo y el cuaderno azul sobre la mesita parecía guardar dentro un pedazo de ese día perfecto.




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