Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 40

La tarde del 31 de diciembre cayó sobre Berlín con un cielo rosado que parecía prometer algo bueno; la nieve seguía cubriendo las calles, pero ya no nevaba. Klara estaba en la cocina, ayudando a su madre a preparar una cena sencilla: patatas, salchichas y un poco de pan tostado, nada especial.

—¿Estás nerviosa? —preguntó su madre, cortando las patatas.

—Un poco —admitió Klara—. No sé por qué.

Su madre sonrió. —Porque este año ha sido largo y el próximo será importante.

Klara la miró; su madre no lo dijo con miedo, lo dijo con certeza. A las siete alguien llamó a la puerta, tres golpes rápidos; Klara sonrió.

—Es Anna.

Abrió la puerta y allí estaba ella, con un gorro nuevo y una sonrisa enorme.

—¡Feliz casi Año Nuevo, familia! Traigo galletas, chismes y energía.

Helga rio.—Pasa, querida.

Anna entró como un torbellino, dejando nieve en el suelo.

—¿Y Markus? —preguntó ella, mirando a Klara con una ceja levantada.

—Vendrá más tarde —respondió Klara, intentando no sonrojarse.

Anna la miró como si lo supiera todo; cenaron las tres juntas. Helga estaba tranquila, Anna hablaba sin parar y Klara se sentía bien, realmente bien.

—Este año ha sido raro —dijo Anna, bebiendo té caliente—. Pero al menos no ha sido aburrido.

—Eso seguro —respondió Helga.

Klara sonrió. —Ha sido intenso.

Anna la miró. —Intenso es una forma suave de decirlo.

Pero míranos, estamos aquí juntas, vivas, con comida y con nieve; no está mal.

Klara rió.—No está mal.

A las diez, alguien llamó a la puerta, un golpe suave. Klara sintió el corazón acelerarse; abrió, Markus estaba allí, con la bufanda gris, el cabello lleno de nieve y una sonrisa tímida.

—Feliz Año Nuevo adelantado —dijo.

Klara lo abrazó sin pensarlo. —Pasa, Anna está aquí.

Markus entró y saludó a la madre con respeto.

Anna lo miró con los brazos cruzados. —Llegas tarde.

—No sabía que había horario —respondió Markus.

—Siempre hay horario cuando yo estoy —dijo Anna.

Markus rió.—Lo tendré en cuenta.

Los cuatro se sentaron en la sala; Helga comía dulce, Anna hablaba, Markus y Klara se miraban de vez en cuando, como si compartieran un secreto.

—¿Sabéis qué deseo para este año? —dijo Anna de pronto—. Que no nos falte la risa.

Helga asintió. —Y que no nos falte la fuerza.

Markus tomó la mano de Klara. —Y que no nos falte el valor.

Klara respiró hondo. —Y que no nos falte el amor.

Anna hizo un sonido exagerado.

—Ay, por favor, ya empezamos —pero sonreía.

A las 23:58, todos se pusieron de pie; Helga encendió una vela, Anna abrió la ventana para que entrara el aire frío.

Markus tomó la mano de Klara. —¿Lista? —susurró él.

—Sí —respondió ella.

El reloj del edificio marcó las campanadas: una, dos, tres. La nieve brillaba bajo la luna, el aire estaba quieto, el mundo parecía contener la respiración.

Diez, once, doce.

—¡Feliz Año Nuevo! —gritó Anna, abrazando a todos a la vez.

Helga sonrió, con lágrimas en los ojos. —Feliz Año Nuevo, hija.

Markus tomó el rostro de Klara entre sus manos. —Feliz Año Nuevo, Klara.

Ella lo besó, un beso suave, lleno de esperanza.

—Feliz Año Nuevo, Markus.

Se quedaron un rato en silencio, mirando la nieve caer bajo la luz de la farola. Anna apoyó la cabeza en el hombro de Helga; Markus abrazó a Klara por la cintura.

—Este año será diferente —dijo Markus.

—Sí —respondió Klara—.

Pero lo enfrentaremos juntos. Anna levantó la mano.

—¡Y yo también estoy incluida!, no me dejéis fuera del drama.

Klara rió.—Nunca.

Helga las miró a las dos.

—Mientras estemos juntas, nada podrá con nosotras.

Markus asintió. —Y mientras haya amor habrá camino.

Horas más tarde,Markus se despidio de Klara con un dulce beso y con la promesa de verse al dia siguiente,Klara se fue a su cama con la ilusión de un nuevo año,un nuevo comienzo.

La mañana siguiente amaneció con una luz pálida, casi dorada, que se reflejaba en la nieve acumulada en los tejados. Klara se despertó tarde, envuelta en una manta tibia, con la sensación de que el mundo estaba distinto.

Más silencioso, más lento, más nuevo; su madre ya estaba en la cocina, preparando té.

—¿Vas a verle hoy? —preguntó con una sonrisa suave.

Klara asintió. —Sí. Hemos quedado en el puente.

Su madre le acarició el brazo.

—Ve. Empieza el año con algo bonito.

Klara sintió un calor dulce en el pecho; la nieve crujía bajo sus botas mientras caminaba. El aire estaba frío, pero no cortante; era un frío amable, de esos que despiertan la piel sin herirla. El río estaba casi inmóvil, cubierto por una capa fina de hielo en las orillas y allí, como siempre, Markus la esperaba. Tenía las manos en los bolsillos, la bufanda gris alrededor del cuello y el cabello despeinado por el viento; cuando la vio, sonrió con esa sonrisa que parecía iluminarlo todo.

—Feliz Año Nuevo otra vez —dijo él.

Klara rió: —Feliz Año Nuevo. —Se abrazaron.

Un abrazo largo, cálido, que decía más que cualquier palabra.

—Te he echado de menos —susurró Markus.

—Nos vimos anoche —respondió ella, riendo.

—Ya lo sé. Pero igual te he echado de menos.

Klara apoyó la frente en su pecho. —Yo también.

Caminaron por la orilla del río, dejando huellas paralelas en la nieve fresca; el mundo estaba silencioso, como si todos siguieran dormidos después de la celebración.

—¿Sabes? —dijo Markus—. Anoche, cuando me fui, me quedé mirando la nieve caer y pensé

—Este año quiero que Klara sea feliz.

Klara sintió que el corazón le temblaba.—Markus…

—No puedo controlar lo que pase —continuó él—.

No puedo controlar la ciudad, ni los rumores, ni el futuro.

Pero puedo hacer una cosa: estar contigo, cuidarte.

Klara lo miró con los ojos brillantes. —Eso ya me hace feliz.




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