El 10 de enero amaneció con un cielo claro y un frío seco que hacía que el aire pareciera cristal. Klara salió de casa con las mejillas rojas y el cuaderno azul en el bolso; su madre la despidió desde la puerta.
—Ve tranquila, hija, hoy hace buen día.
Hacía un día precioso; la nieve se había compactado en los bordes de las calles, pero las aceras estaban limpias. La gente caminaba deprisa, algunos rumbo al trabajo en el oeste, otros al mercado del este; era normal, era cotidiano, más de medio millón de personas cruzaban cada día entre ambos lados de la ciudad. Klara caminó hacia el puente con una sonrisa suave; sabía que él estaría allí. Markus la esperaba apoyado en la barandilla, con la bufanda gris que ella le había tejido y un termo en la mano.
—Buenos días, mein Herz —dijo, sonriendo.
Klara sintió que el corazón le daba un vuelco. —Buenos días.
Se abrazaron, un abrazo cálido, tranquilo, sin urgencia, un abrazo de enero, de rutina de vida normal.
—Hoy te llevo a desayunar —dijo Markus—. A un sitio del oeste que te va a encantar.
Klara rió.—¿Y si me paran?
—Nadie te va a parar, mira —señaló el flujo constante de gente cruzando.
El café estaba en Charlottenburg, pequeño, con mesas de madera y olor a pan recién hecho, un sitio realista para 1961, sin lujos, sin música fuerte, solo gente desayunando antes del trabajo. Markus pidió dos Brötchen, mantequilla, mermelada y dos cafés.
—Esto es un lujo —dijo Klara, riendo.
—Es enero, hay que empezar el año con cosas buenas.
Klara lo miró mientras él untaba la mermelada en su pan; le gustaba cómo se concentraba en cosas pequeñas.
Le gustaba cómo la miraba después, como si ella fuera la parte más bonita del día.
—¿Sabes qué me gusta de ti? —dijo Markus.
—¿Qué?
—Que cuando sonríes parece que el invierno se hace más corto.
Klara se sonrojó. —No digas tonterías.
—No es una tontería —respondió él.
Ella bajó la mirada, sonriendo; después del desayuno caminaron por la calle principal: colores, radios, ropa moderna, libros, perfumes.
Klara miraba todo con ojos curiosos.
—Algún día te compraré un vestido de esos —dijo Markus, señalando uno azul.
Klara rió.—No necesito vestidos caros.
—No es por necesidad —respondió él—. Es porque te verías preciosa.
Ella lo empujó suavemente.
—Markus…
—¿Qué?
—Eres imposible.
—Y tú me quieres igual.
Klara no lo negó; pasaron por una librería donde un cartel anunciaba: Llegaron nuevas ediciones de literatura francesa y soviética; en esa fecha, Berlín Este y Oeste intercambiaban libros, revistas y periódicos sin restricciones; la cultura fluía libremente. Klara se detuvo frente al escaparate.
—Mira —dijo—. Tienen a Prévert.
Markus sonrió. —¿Quieres entrar?
—No… —respondió ella—. Solo me gusta mirar.
Pero Markus la tomó de la mano y la llevó dentro.
—Hoy sí, hoy eliges un libro.
Klara abrió los ojos. —Markus, no…
—Sí.
Ella eligió un poemario pequeño, de tapa blanda. —Este.
Markus lo pagó sin dejarla protestar. —Para que escribas cosas bonitas en tu cuaderno —dijo.
Klara sintió que el corazón se le llenaba de luz; volvieron caminando despacio, hablando de tonterías, riendo, disfrutando del frío; el río estaba tranquilo, con una capa fina de hielo en las orillas.
—¿Sabes qué me gusta de enero? —dijo Klara.
—¿Qué? —Que parece que todo empieza de nuevo.
Markus la miró. —Y este año empieza contigo.
Klara sintió un nudo dulce en la garganta. —Y contigo.
Markus le acarició la mejilla y le dio un beso en los labios.
—Nos vemos mañana —dijo Markus.
—Mañana —respondió ella.
Klara caminó hacia el este; Markus caminó hacia el oeste. Y por primera vez en mucho tiempo, enero se sintió como un mes lleno de promesas.