La librería estaba tranquila aquella tarde de enero; la nieve golpeaba suavemente los cristales y el olor a papel viejo llenaba el aire. Klara estaba ordenando una estantería cuando escuchó la campanilla de la puerta.
Markus entró, sacudiéndose la nieve del cabello.
—Hola, bibliotecaria favorita.
Klara sonrió. —No soy bibliotecaria.
—Para mí lo eres.
Se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla; Anna, desde el mostrador, hizo un sonido exagerado.
—Por favor, no empecéis, me voy a trabajar.
Markus rió.—Tú nunca trabajas.
—Y tú nunca piensas —respondió Anna.
Klara negó con la cabeza, divertida.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
Markus sacó un sobre pequeño.
—Te he escrito algo. Klara abrió los ojos.
—¿Una carta? —Sí. —Pero no quiero dártela así, quiero que la encuentres.
Klara frunció el ceño. —¿Encontrarla dónde?
Markus la tomó de la mano y la llevó a la sección de poesía, sacó un libro viejo de tapas verdes, casi olvidado: “Poemas de Heinrich Heine”.
—Aquí —dijo él—. Entre la página 47 y 48, Klara abrió el libro; Markus metió el sobre en esas páginas.
—¿Y si alguien lo compra?
—Nadie compra este libro desde 1958 —respondió Anna desde lejos—. Es el libro más triste de la tienda.
Markus sonrió. —Perfecto para esconder secretos.
Klara guardó el libro en su pecho.
—Entonces yo también te escribiré.
—Y yo vendré a buscarlo.
Anna los miró con una mezcla de ternura y fastidio. —Sois insoportables. Pero me gusta.
—¡Esperad! —dijo Anna de pronto—. Quiero haceros una foto.
—¿Por qué? —preguntó Markus.
—Porque estáis muy cursis y quiero pruebas. Sacó una cámara pequeña, los colocó frente a la estantería de poesía. —Más juntos, más, más. ¡Así!
Klara apoyó la cabeza en el hombro de Markus; él la rodeó con el brazo.
Anna tomó la foto. —Perfecto. Haré tres copias.
Klara sonrió. —¿Tres?
—Una para ti, una para Markus y una para mí, para recordaros cuando os volváis insoportables.
Cuando Markus salió de la librería, Klara lo acompañó hasta la puerta; la nieve seguía cayendo. —Nos vemos mañana —dijo él.
—Mañana —respondió ella.
Markus se alejó por la calle, Klara lo siguió con la mirada y entonces lo vio, al otro lado de la calle quieto, inmóvil, mirando hacia la librería. El hombre del abrigo gris no se movía, no hacía nada, solo observaba. Klara sintió un escalofrío, pero cuando parpadeó, él ya no estaba; Anna apareció detrás de ella; no hacía nada.
—¿Qué miras? Klara dudó.
—Nada, creí ver a alguien.
Anna se encogió de hombros. —La nieve hace ver cosas raras.
Klara cerró la puerta, pero el escalofrío no se fue. Esa noche, Markus abrió su cuaderno; no sabía por qué, solo sintió que debía hacerlo. Escribió:
—12 de enero de 1961. Hoy escondí una carta para Klara en un libro viejo. No sé por qué me hace tan feliz, quizá porque quiero que tenga recuerdos, por si algún día los necesita.
Cerró el cuaderno; no sabía que lo necesitaría él también.
El 18 de enero amaneció con un cielo blanco y un frío suave que hacía que el aire pareciera algodón.
Klara salió de la librería con el abrigo bien cerrado; Anna la acompañaba, hablando sin parar.
—Hoy no puedes llegar tarde —decía Anna—. Markus me ha dicho que tiene un plan “romántico” y cuando él dice
“Romántico” significa que ha pensado demasiado.
Klara rió.—No exageres.
—Yo nunca exagero —respondió Anna, ofendida—. Solo digo la verdad con más volumen.
Al llegar al puente, Markus ya estaba allí, tenía las manos en los bolsillos y una sonrisa que parecía derretir la nieve.
—Hola —dijo él, acercándose.
—Hola —respondió Klara, sintiendo ese calor dulce en el pecho. Anna los miró con los brazos cruzados.
—Vale, vale, ya está, yo me voy, no quiero presenciar más cursilerías de las necesarias.
Markus le lanzó una mirada divertida. —Gracias por traerla.
—No lo hice por ti —respondió Anna—. Lo hice por ella; tú solo eres un accesorio.
Y se fue, dejando un rastro de nieve y sarcasmo.
Markus tomó la mano de Klara. —Hoy vamos al cine, a ver una película francesa; dicen que es preciosa.
Era real: en enero de 1961, Berlín Oeste proyectaba cine francés, italiano y alemán sin restricciones. El cine estaba en Charlottenburg, con un cartel grande que anunciaba: “Les Amants de Montparnass”.
Entraron; el vestíbulo olía a mantequilla y a abrigo mojado; la sala estaba medio llena: parejas jóvenes, estudiantes, trabajadores que habían cruzado desde el Este para pasar la tarde. Se sentaron en la fila 7; Klara le dio un paquete pequeño.
—Ábrelo.
Markus lo miró, sorprendido. Dentro había una copia de la foto que Anna les había hecho en la librería: ella apoyada en su hombro, él sonriendo, los dos rodeados de libros.
Markus sintió un nudo dulce en la garganta. —Es preciosa. —Anna la reveló ayer —dijo Klara—. Quería dártela hoy.
Markus acarició la foto con los dedos. —Gracias.
Klara la miró con ternura. —Quiero que tengas recuerdos bonitos, muchos.
Markus guardó la foto en su chaqueta, la sala oscureció, la pantalla se iluminó, la música suave llenó el aire, Klara apoyó la cabeza en el hombro de Markus, él entrelazó sus dedos con los de ella; la película era lenta, poética, llena de miradas y silencios.
Klara no entendía todo, pero no importaba; lo importante era estar allí con él. A mitad de la película, Markus susurró:
—¿Te gusta?
—Mucho —respondió ella.
—A mí también.
Y siguieron viendo la película, respirando al mismo ritmo.
Al salir del cine, la nieve había empezado a caer otra vez, pequeños copos suaves que se posaban en el cabello de Klara.
—¿Vamos a la librería? —preguntó Markus.
—Sí —respondió ella—. Tengo algo para ti.
Entraron por la puerta trasera, para no llamar la atención.