La tarde estaba fría, pero luminosa; el sol de febrero entraba por las ventanas como un hilo dorado que hacía brillar la nieve acumulada en los tejados. Klara caminaba hacia la casa de los Adler con un nudo dulce en el estómago; era la segunda vez que iba allí como invitada oficial. Markus la esperaba en la puerta del edificio, con las manos en los bolsillos y la bufanda gris. —Estás preciosa —dijo él, sin exagerar.
Klara sonrió, nerviosa.
—¿Y si no le gusto a tu tía?
—Ya les gustas —respondió Markus—. Mi tía dice que tienes ojos de buena persona y Lotte quiere enseñarte todos sus dibujos. Klara rió, aliviada. —Entonces… vamos.
Subieron las escaleras; el olor a sopa caliente y pan recién hecho llenaba el pasillo. Markus abrió la puerta. —Tita, ya estamos.
Sylvia apareció con un delantal floreado y una sonrisa cálida.
—Klara, querida. Qué alegría verte; la abrazó como si la conociera de toda la vida. Klara sintió que el corazón se le aflojaba. —Gracias por invitarme —dijo ella.
—Gracias por venir —respondió Sylvia—. Markus habla tanto de ti que ya eres parte de la familia.
Markus se sonrojó.
—Tita…
—¿Qué? —dijo ella—. Es verdad.
El tío de Markus salió del salón, limpiándose las manos en un trapo. —Bienvenida, Klara, qué alegría verte de nuevo, pasa, pasa, tenemos la estufa encendida. Lotte apareció detrás de él, con dos coletas y un cuaderno lleno de dibujos. —¡Klara! ¡Mira lo que hice! Klara se agachó. —A ver…
Lotte abrió el cuaderno; había un dibujo de un puente, dos figuras cogidas de la mano y un sol enorme.
—¿Somos nosotros? —preguntó Klara.
—Sí —respondió Lotte—. Tú y Markus y yo detrás vigilando. Markus rió. —Muy apropiado.
Jonas llegó a tiempo de que la mesa estuviera servida.
—Klara, qué alegría de verte de nuevo. —Se acercó a ella y le dio un abrazo.
—Hola, Jonas, yo también me alegro de verte —dijo abrazándolo tímidamente.
Todos entraron al salón; la mesa estaba puesta con sencillez: sopa de verduras, pan, salchichas y patatas. Nada especial, pero aun así se sentía especial. Sylvia servía, Lotte hablaba sin parar, su tío Adan hacía preguntas sobre la librería y Markus miraba a Klara como si no pudiera creer que estuviera allí.
—¿Y tu madre? —preguntó la tía de Markus.
—¿Está mejor? —Sí —respondió Klara—. Ha estado más tranquila estos días. —Me alegro, dale recuerdos de mi parte.
Klara asintió, emocionada: —Se los daré.
Lotte interrumpió: —¿Vais a casaros?
Klara casi se atragantó; Markus abrió los ojos como platos. —¡Lotte! —exclamó Sylvia—. No se pregunta eso. —¿Por qué no? —preguntó la niña—. Si se quieren. Klara se puso roja, Markus también.
Su tío Adan rió.—Deja a los jóvenes, pequeña.
Lotte suspiró, decepcionada. —Vale… —Pero sonreía.
—Lotte, no te preocupes, que cuando se casen, tú llevarás los anillos —dijo Jonas.
Markus y Klara se miraron rojos de vergüenza y ante esa situación solo se pusieron a reírse. Después de cenar, Sylvia sacó una cámara pequeña.
—Quiero una foto —dijo—. Para recordar este día. Markus protestó: —Tita…
—Nada de “tita", ponte ahí, junto a Klara. Klara se colocó a su lado, Lotte se pegó a ella, su tío Adan y Jonas se pusieron detrás. Sylvia preparó la cámara. —Sonreíd.
El clic sonó como un pequeño latido. —Haré dos copias —dijo Sylvia—, una para vosotros y otra para mí.
Klara sintió un calor dulce en el pecho, un recuerdo más, un recuerdo que no sabía cuánto valor tendría después.
Cuando Markus la acompañó a la puerta, Klara sacó un sobre pequeño de su bolso.
—Para ti, la escribí antes de salir de casa —dijo ella.
Markus lo tomó, sorprendido. —¿Otra carta?
—Sí, pero esta quiero que la guardes en tu diario. Markus abrió el sobre; la letra de Klara era suave, redonda: Hoy he conocido a tu tía y he sentido algo que no sentía desde hace mucho: hogar.
Markus tragó saliva. —Klara…
Ella bajó la mirada. —No sé qué pasará este año, pero quiero guardar cada momento, cada recuerdo. Markus la abrazó. —Yo también.
Cuando Markus bajó con ella hasta la calle, la nieve caía suave, silenciosa. Klara se ajustó el abrigo. —Ha sido un día perfecto —dijo ella.
—Lo ha sido —respondió Markus.
Se abrazaron, un abrazo largo, cálido, lleno de promesas.
Klara llegó a su casa; su madre estaba en la salita bordando. Levantó la vista para ver a su hija y le dedicó una sonrisa cálida.
—Klara, ¿cómo te fue con la familia de Markus?
—Muy bien, mamá, la familia de Markus es muy cariñosa conmigo, es como si me conocieran de toda la vida.
—Me alegro mucho de que tengas otra familia que te quiere.
Klara le dio un abrazo a su madre, se fue a su dormitorio y se sentó en la mesita; sacó su cuaderno azul. Pegó la foto familiar que la tía de Markus le había dado antes de irse. Debajo escribió:
5 de febrero: Hoy volví a ver a la familia de Markus, me sentí querida, me sentí en casa; ojalá este año siga así. Cerró el cuaderno, la nieve seguía cayendo y, por un instante, solo un instante... Klara se permitió soñar que el mundo era perfecto.