El 12 de febrero amaneció con un sol tímido que hacía brillar los charcos helados del invierno. Klara salió de casa con el abrigo abierto por primera vez en meses. El aire seguía frío, pero era un frío amable, de esos que anuncian que la primavera estaba por llegar. Su madre la miró desde la puerta. —Disfruta el día, hija, hoy la ciudad está bonita. Y claro que lo estaba; el mercado del Este se extendía por la plaza central, los puestos de flores, el pan dulce, libros viejos, juguetes de madera, telas de colores; la gente caminaba sin prisa.
Los niños corrían, las mujeres reían, los hombres charlaban con las manos en los bolsillos; era un día normal, un día feliz.
Markus la esperaba junto a un puesto de tulipanes, con una sonrisa que parecía recién estrenada. —Hola, mein Herz.
Klara sintió que el pecho se le llenaba de luz. —Hola.
Se abrazaron, un abrazo cálido, un abrazo de febrero.
Caminaron entre los puestos, cogidos de la mano. Markus compró dos bollos dulces y se los dio a Klara.
—Para que empieces el día con azúcar.
—¿Y tú? —Yo ya tengo suficiente —respondió él, mirándola.
Klara se sonrojó. —Tonto.
—Tu tonto favorito.
Pasaron por un puesto de libros viejos; Klarase detuvo. —Mira —dijo—. Tienen ediciones antiguas de Heine.
Markus sonrió. —¿Quieres buscar otro libro para esconder cartas?
Klara rió.—No, nuestro libro es perfecto.
Pero tomó uno entre las manos; era una edición de 1930, con las páginas amarillentas. —Este me gusta —dijo.
—Entonces te lo compro.
—No, Markus…
—Sí.
Pagó el libro y se lo entregó: —Para que tengas más sitios donde escribir.
Klara lo abrazó. —Gracias.
En un puesto de flores, una mujer mayor vendía ramilletes de narcisos. —Son para la buena suerte —dijo la mujer—. Markus compró uno y se lo dio a Klara. —Para ti.
Klara lo olió; olía a tierra húmeda y a sol. —Es precioso.
—Como tú.
Ella le dio un empujón suave. —Eres imposible.
—Y tú me quieres igual.
Anna apareció de repente, con un gorro ridículo lleno de flores de tela. —¡Ahí estáis! Os estaba buscando. Klara rio. —¿Qué haces aquí?
—¿Qué voy a hacer? Comprar dulces, criticar a la gente y vigilarlos. Markus suspiró. —Qué sorpresa.
Anna sacó una cámara. —Foto. Ahora mismo, estáis muy primaverales a pesar de ser febrero. Klara y Markus se colocaron frente a un puesto de flores. Anna ajustó la cámara. —Más juntos. El clic sonó como un pequeño latido. —Haré tres copias —dijo Anna—, una para cada uno y una para mí, para chantajearos en el futuro. Markus rió. —Eres insoportable.
—Y tú me quieres igual —respondió Anna, imitando su tono.
Cuando Anna se fue a comprar dulces, Markus tomó la mano de Klara.
—Vamos a la librería.
—¿Ahora?
—Sí, quiero ver si me has escrito una carta. Entraron por la puerta trasera; la librería estaba tranquila, con olor a papel viejo y madera. Klara fue directa a la sección de poesía, sacó el libro verde de Heine, lo abrió por la página 47; había un sobre. Markus lo tomó con cuidado.
—¿Puedo? —Claro. Lo abrió. La letra de Klara era suave, redonda. 11 de febrero. Hoy la ciudad está bonita y tú… tú haces que todo parezca más fácil.
Markus cerró los ojos un instante. —Klara…No sabes lo que significan tus palabras.
Ella bajó la mirada. —Son solo cartas.
—No, son recuerdos.
Guardó la carta en el bolsillo de su abrigo.
Al salir de la librería, Klara se detuvo; el aire estaba más frío, la luz había cambiado. Markus la miró. —¿Qué pasa?
Klara no respondió, miraba al otro lado de la calle; por un momento creyó ver al hombre del abrigo gris. Markus siguió su mirada. —¿Quién es?
Klara parpadeó. El hombre ya no estaba. —No lo sé… Creí que... Markus le tomó la mano.
—La nieve engaña y la luz también.
Klara asintió, pero el escalofrío no se fue. Esa noche, en su habitación, Klara abrió su cuaderno azul.
Pegó la foto que Anna había revelado esa misma tarde. Ella y Markus rodeados de flores, sonriendo felices; debajo escribió:
12 de febrero:
Hoy fue un día muy bonito, lleno de luz; parecía primavera. El mercado estaba alegre, Markus me compró un libro y Anna nos hizo una foto. Cerró el cuaderno. Quedaba un mes para la primavera, meses de felicidad y, por un instante, solo un instante…
Todo parecía eterno.