Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 45

Klara caminaba junto a Markus por una calle tranquila del Oeste; el aire olía a pan recién hecho y a madera húmeda.

La nieve se derretía en los bordes de las aceras, dejando pequeños riachuelos que corrían hacia las alcantarillas.

—¿A dónde vamos? —preguntó Klara, sonriendo.

Markus parecía nervioso. —A conocer a alguien —respondió él.

—¿A quién?

—A mi mejor amigo y a su novia.

Klara abrió los ojos. —¿De verdad?

—Sí, quiero que los conozcas, son importantes para mí.

Klara sintió un calor dulce en el pecho. —Entonces, si son importantes para ti, vamos.

Llegaron a un pequeño café de esquina, con mesas de madera y ventanas empañadas; dentro había una pareja que los estaba esperando. Él era alto, moreno, con una sonrisa fácil. Ella tenía el cabello castaño claro, ojos brillantes y una bufanda amarilla que iluminaba toda la mesa.

Markus levantó la mano. —¡Erik! ¡Sofie!

Erik se levantó y abrazó a Markus con fuerza. —¡Por fin!

Ya pensábamos que te habías inventado a esta chica.

Markus rió.—No soy tan creativo.

Sofie se acercó a Klara con una sonrisa cálida. —Tú debes ser Klara, Markus habla muchísimo de ti.

Klara se sonrojó. —Espero cosas buenas.

—Todas —respondió Sofie—. Y si no, me las invento.

Klara rió, le cayó bien al instante; se sentaron los cuatro.

El camarero trajo chocolate caliente y pasteles de manzana. Erik miró a Klara con curiosidad amable.

—Así que trabajas en una librería del Este.

—Sí —respondió ella—, me gusta mucho.

—A Sofie también —dijo él—. Se pasa la vida leyendo.

Sofie se encogió de hombros.

—Los libros son mejores que la mayoría de las personas.

Markus levantó una ceja. —¿Incluyéndonos?

—A veces —respondió ella, riendo.

Klara sintió que la mesa se llenaba de una energía cálida, ligera, como si los cuatro hubieran sido amigos desde siempre. Después de un rato, Sofie tomó la mano de Klara con naturalidad.

—¿Puedo decirte algo?

—Claro.

—Me alegra que Markus te haya encontrado. Él siempre ha sido muy protector, muy serio, muy de cargar el mundo en los hombros.

Klara lo miró de reojo; Markus fingía no escuchar.

—Y tú —continuó Sofie—… tienes una luz que le hacía falta.

Klara sintió un nudo dulce en la garganta. —Gracias, de verdad.

Sofie sonrió. —Además, necesitaba una chica con la que hablar; Erik es maravilloso, pero no entiende nada de ropa, ni de libros, ni de sentimientos.

Erik protestó: —¡Oye!

—Es verdad —respondió Sofie.

Klara rió y en ese momento supo que Sofie sería importante, muy importante.

Erik sacó una cámara pequeña. —Quiero una foto, ¿no te importa? Quiero recordar este día.

Markus suspiró. —Otra foto…

—Sí —respondió Erik—, una de las cuatro, para recordar este día.

Se colocaron frente a la ventana empañada; Sofie abrazó a Klara por la cintura, Erik puso un brazo sobre los hombros de Markus.

—Sonreíd —dijo Erik.

El clic sonó como un pequeño latido.

—Haré copias para todos —añadió Sofie—. Quiero una en mi mesita.

Klara sintió que el corazón se le llenaba de luz; cuando salieron del café, Markus tomó la mano de Klara.

—¿Quieres ir a la librería?

—Sí —respondió ella—.

Tengo algo para esconder; entraron por la puerta trasera.

La librería estaba tranquila, con olor a papel viejo. Markus fue directa al libro verde de Heine, lo abrió por la página 47, metió un sobre.

Klara lo miró. —¿Qué has escrito?

—Algo sobre ayer

—¿Puedo leerlo?

—No, aún no, léelo mañana.

Klara sonrió. —Me encanta este juego.

Se despidieron con un beso. Markus, cuando llegó a su casa, se metió en su dormitorio y también escribió en su cuaderno.

7 de marzo de 1961;

Hoy ha sido un día extraño, de esos que parecen normales, pero que se quedan grabados en algún sitio del pecho.

Markus apoyó el lápiz un momento, pensó en la carta de Klara, guardada entre la página 47.

Luego siguió escribiendo. He presentado a Klara a Erik y a Sofie; no sé por qué estaba tan nervioso, quizás porque ellos son mi otra familia y quería que la aceptaran, que la vieran como yo la veo. Erik, como siempre, ha sido un desastre encantador.

Ha hablado demasiado, ha reído demasiado fuerte, ha hecho bromas malas… Pero Klara ha sonreído y eso me tranquiliza, Sofie... Sofie ha sido Sofie, luz, calma, esa forma suya de mirar a la gente como si la entendiera antes de que hablara. Ha tomado la mano de Klara como si… Y he sentido algo raro, como alivio, como si Klara ya no estuviera sola en mi mundo.

Markus respiró hondo; el recuerdo del café le calentaba el pecho. Hemos hecho una foto los cuatro; Erik insistió, dice que algún día la miraremos y nos reiremos de lo jóvenes que éramos.

Yo no sé si reiremos, pero sé que quiero guardar esa foto, porque Klara estaba preciosa y porque Sofie la abrazaba como si ya fuera parte de nosotros.

Markus se detuvo, miró por la ventana; la nieve caía lenta, silenciosa. A veces pienso que este año será bueno, que por fin las cosas se están acomodando. Klara tiene a Anna, ahora tiene a Sofie y yo tengo a los tres. Erik me ha dicho algo cuando Klara y Sofie fueron al baño.

Me ha mirado serio, como solo se pone cuando algo le importa.

—Cuídala, Markus, pero déjala respirar, no la encierres en tus miedos.

No supe qué responder, porque tiene razón.

Markus cerró los ojos un instante.

Luego siguió: Erik y Sofie serán importantes.

Lo sé, lo siento, si algún día me falta algo, si algún día me falta alguien... ellos estarán, y eso me da paz.

Markus cerró el cuaderno, lo guardó en el cajón de su mesita, junto a las cartas de Klara, y se acostó a dormir, pensando en lo feliz que es con Klara.

Klara llegó a su casa; su madre estaba en su habitación leyendo un libro. Al escuchar la puerta, ya respiró tranquila. Klara entró al dormitorio de su madre a darle las buenas noches, le contó lo bien que se lo había pasado y los nuevos amigos que había conocido. Helga sonreía al escuchar a su hija; luego Klara se fue a su dormitorio. Cuando entró, fue directamente a la mesita y escribió en su cuaderno.




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