Klara salió de su casa ,con una cesta habia quedado con Markus y los demás,iban hacer un picnic,cuando llego al puente ya Markus la estaba esperando,Klara tenia el cabello revuelto por el viento y una sonrisa que parecía recién estrenada,cuando vio a Markus.
—Hola, mein Herz —dijo él, poniéndose de pie. Klara sintió que el pecho se le llenaba de luz.
—Hola. Se abrazaron. Un abrazo cálido, tranquilo. —¿Y los demás? —preguntó Klara.
—Vienen en camino —respondió Markus—. Erik dijo que Sofie tardaría porque “las flores no se eligen solas”.
Klara rió—Eso suena a Sofie.
Anna llegó primero que Sofie y Erik; llevaba un vestido ligero y el pelo recogido de cualquier manera.
—¡Por fin primavera! Estaba harta de parecer una cebolla con tantas capas.
Klara rió.—Estás muy guapa.
—Siempre —respondió Anna, guiñando un ojo.
Erik y Sofie aparecieron después; Erik cargaba con una cesta enorme y Sofie llevaba un ramo de flores silvestres. —¡Hemos traído demasiado! —dijo Erik—. Pero Sofie insistió.
—La comida nunca es demasiada —respondió Sofie—. Y menos si estamos todos juntos.
Anna la miró con una ceja levantada. —¿Siempre eres así de adorable?
—Casi siempre —respondió Sofie, riendo.
Anna suspiró. —Qué agotador. Pero sonreía.
Extendieron la manta bajo un árbol grande; el sol filtraba la luz entre las hojas nuevas, creando sombras suaves sobre sus rostros. Markus abrió su cesta.
—He traído pan y embutido.
Erik abrió la suya. —Yo he traído media tienda de comestibles.
Anna abrió la suya. —Yo he traído —miró dentro— galletas y mala actitud. Sofie rio. —Perfecto. Es lo que faltaba.
Klara colocó el pastel en el centro. —Mi madre lo hizo esta mañana.
—Dale las gracias de mi parte —dijo Sofie—. Tiene manos mágicas. Comieron, rieron, hablaron de tonterías; Erik contó historias ridículas de su trabajo, Anna criticó a todo el mundo con cariño, Sofie recogió flores y las fue colocando en el pelo de Klara y Anna. Markus miraba a Klara como si el mundo entero estuviera allí, en esa manta.
Mientras los chicos iban a buscar agua a una fuente cercana, Sofie se acercó a Klara.
—¿Puedo decirte algo? —Claro. —Me alegra que estés en su vida. Klara se sonrojó.
—¿En serio?
—Sí. Markus siempre ha sido… fuerte, pero también muy solo. Tú le has dado algo que no sabía que necesitaba.
Klara bajó la mirada.
—Él me da fuerza a mí.
Anna intervino, sentándose a su lado. —Y tú nos das luz a todas, no te hagas la humilde.
Klara rió.—Gracias.
Sofie tomó la mano de Klara. —Somos un buen grupo, ¿verdad?
—El mejor —respondió Klara.
Erik volvió con dos botellas de agua y una sonrisa enorme. —¡He encontrado un perro! ¡Un perro precioso! —¿Dónde está? —preguntó Anna.
—No me ha seguido —respondió Erik, decepcionado.
Sofie le acarició el brazo. —Algún día tendrás uno.
—Sí —respondió Erik—. Cuando tengamos una casa grande.
Sofie se sonrojó y Klara sonrió; Markus también, Anna los miró. —Sois insoportablemente adorables.
Sofie sacó su cámara. —Quiero una foto, de todos. Erik protestó. —¿Otra?
—Sí —respondió Sofie—. Esta primavera es demasiado bonita para no guardarla.
Se colocaron los cinco en la manta: Klara en el centro, Markus a su lado, Anna apoyada en Klara y Sofie abrazando a Anna, Erik detrás haciendo una mueca ridícula.
—Sonreíd —dijo Sofie.
El clic sonó como un pequeño latido. —Haré copias para todos —añadió Sofie—. Quiero que tengáis algo este día.
Klara sintió un nudo dulce en la garganta. Después de comer, caminaron por los senderos del Tiergarten. Las flores empezaban a abrirse, los niños corrían, las parejas paseaban.
Klara tomó la mano de Markus. —Este día es perfecto.
—Lo es —respondió él.
Anna y Sofie caminaban juntas, hablando de libros; Erik iba delante, intentando llamar a un pato. Todo era luz, todo era risa, todo era vida.
Klara se detuvo un instante, sintió un escalofrío, miró hacia un sendero lateral. Allí estaba el hombre del abrigo gris. Quieto, inmóvil, no se movía y no estaba haciendo nada, solo observaba a la gente pasear.
Markus siguió su mirada. —¿Otra vez?
Klara parpadeó; el hombre ya no estaba, se había ido.
—No sé… Quizá fue mi imaginación.
Markus le acarició la mano. —La luz engaña.
Klara asintió, pero el escalofrío no se fue. Esa noche, cuando Klara llegó a su casa, abrió su cuaderno azul. Pegó la foto del picnic. Los cinco juntos, sonriendo felices. Debajo escribió:
Abril. Hoy el mundo fue un lugar perfecto: Markus, Anna, Erik, Sofie… Todos juntos, riendo y viviendo; ojalá este año siga así. Cerró el cuaderno. La primavera estaba en su punto más dulce. Por un instante, solo un instante… todo parecía eterno.
Markus se fue directamente a su habitación cuando llegó a su casa, se sentó delante de su mesita, abrió el diario y empezó a escribir:
9 de abril de 1961. Hoy ha sido uno de esos días que parecen inventados, demasiada, demasiada paz para ser real.
Markus apoyó el lápiz un momento, recordó el sol filtrándose entre las hojas nuevas, la risa de Klara, la voz de Sofie, los chistes malos de Erik, los comentarios afilados de Anna.
Volvió a escribir:
Hemos hecho un picnic en el Tiergarten; Klara llegó con una cesta que había preparado su madre, Anna llegó tarde, como siempre, Erik llegó cargando media tienda de comestibles y Sofie… Sofie llegó con flores. Parecíamos una familia, una familia rara, improvisada, pero familia al fin.
Markus respiró hondo; el recuerdo le calentaba el pecho. Klara estaba preciosa, no sé si era la luz, o la primavera, o ella misma… pero no podía dejar de mirarla. Anna y Sofie se llevan bien; creo que juntas podrían destruir el mundo si quisieran. Erik intentó adoptar un pato, pero no lo consiguió.
Markus sonrió mientras escribía: "Hemos hecho una foto los cinco". Sofie insistió, dice que la primavera no se repite. Klara estaba en el centro, Anna apoyada en ella.
Sofie abrazándolas, Erik haciendo una mueca ridícula detrás y yo… yo intentando no parecer demasiado feliz, pero lo estaba y mucho.
El lápiz se detuvo un instante; Markus miró por la ventana; la tarde caía lenta, silenciosa.