Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 50

El 24 de julio cayó sobre Berlín como un suspiro cálido; el aire olía a flores, a pan dulce y a verano. La plaza del Oeste estaba decorada con pequeñas luces que colgaban entre los árboles, y un grupo de músicos afinaba sus instrumentos en un pequeño escenario improvisado.

Klara llegó con Anna. Ambas llevaban vestidos ligeros: Anna, uno rojo que parecía hecho para llamar la atención; Klara, uno azul que hacía que sus ojos parecieran todavía más brillantes.

—Hoy vas a bailar —anunció Anna—. Y no acepto un no.

Klara rió.

—Y tú también, con cierto chico.

—¡Oye! ¿Quién ha dicho que yo voy a bailar? Tú serás la que baile y Markus te mirará como si fueras la única persona de la plaza.

Klara se sonrojó.

—Anna…

—Es la verdad —respondió ella, orgullosa.

Markus apareció entre la gente con una camisa blanca remangada y el cabello revuelto. Jonas caminaba a su lado, Erik venía detrás cargando dos botellas de refresco y Sofie llevaba unas pequeñas flores en el pelo.

—¡Ahí están! —dijo Markus, acercándose.

Klara sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Hola.

—Hola —respondió él, mirándola como si el verano hubiera empezado solo para ella.

Erik levantó las botellas.

—¡Traigo provisiones! Y también sed.

Sofie le dio un codazo.

—No bebas todo tú.

Anna los miró a todos con una sonrisa satisfecha.

—Perfecto. Ya estamos completos.

Los músicos comenzaron a tocar una melodía alegre y suave. Los violines y el acordeón llenaron la plaza de música.

Markus se acercó a Klara.

—¿Bailas conmigo?

Klara abrió los ojos.

—No sé bailar.

—Yo te enseño. Además, ya bailamos y no lo hiciste tan mal.

Ella dudó.

—¿Y si piso a alguien?

—Entonces piso yo también, para que no estés sola.

Klara rió.

—Está bien.

Markus tomó su mano y la llevó al centro de la plaza. La música subió y, por un instante, el mundo pareció hacerse pequeño.

—Pon tu mano aquí —dijo él, guiándola hasta su hombro.

Klara obedeció.

—Y yo pongo la mía aquí.

Su mano se posó suavemente en la cintura de ella.

Klara sintió un escalofrío dulce.

—¿Lista?

—No.

—Perfecto.

Y empezaron a bailar.

Al principio, Klara estaba rígida, torpe e insegura, pero Markus la guiaba con suavidad, sin prisa y sin exigirle nada.

—Mírame —susurró él.

Ella levantó la mirada.

—Así. Mucho mejor. Como la otra vez, ¿recuerdas?

Klara rió, nerviosa.

—Eres imposible.

—Y tú bailas muy bien.

—No es verdad.

—Lo es para mí.

Klara sintió que el pecho se le llenaba de luz.

A unos metros, Jonas intentaba bailar con Anna, intentaba… pero no podía.

—¡Jonas, por favor! —gritó Anna—. ¡Eso no es bailar, es pelear con el aire!

—Estoy improvisando —respondió él.

—Pues improvisa menos.

Sofie, al verlos, empezó a reírse.

—Anna, déjalo. No seas mala con él.

—¿Por qué? —preguntó Anna.

—Porque no estás teniendo paciencia y él está muy nervioso.

Anna se cruzó de brazos.

—Eso es verdad.

Mientras tanto, Sofie intentaba enseñarle a bailar a Erik.

—Uno, dos, tres… No, Erik, esto no es un combate. Eres igual que Jonas bailando. Relaja los hombros.

Erik lo intentó, pero falló; Sofie terminó abrazándolo entre risas.

—Eres adorable —dijo ella.

—Lo sé —respondió él, orgulloso.

Anna puso los ojos en blanco.

—Sois insoportables.

Pero sonreía.

—Ahora tú, Anna. Inténtalo con Jonas.

—No, gracias. Ya es suficiente para mí.

—Déjalo, Sofie. También es suficiente para mí. Además, Anna es una maestra pésima —dijo Jonas, mirándola divertido.

Anna se llevó una mano al pecho.

—¡Oye! Esas palabras me ofenden.

Jonas sonrió.

—Eres adorable, ¿lo sabías?

—Lo sé. Me lo dicen a menudo —y le guiñó un ojo.

Sofie y Erik se miraron con complicidad. Ambos habían empezado a notar que entre Anna y Jonas podía surgir algo; la música cambió entonces a una melodía más lenta.

Markus se acercó un poco más a Klara.

—¿Puedo?

—Sí —susurró ella.

Bailaron despacio; el resto de la plaza pareció desaparecer. Solo quedaron ellos dos, la música y el calor de aquella noche de verano.

—Klara —dijo Markus con voz suave—. Me gusta este año.

Ella lo miró.

—A mí también.

—Me gusta… contigo.

Klara sintió un nudo dulce en la garganta.

—Markus…

Él apoyó suavemente la frente contra la de ella.

—No digas nada. Solo… quédate aquí.

Klara cerró los ojos y se quedó.

Sofie apareció de repente con la cámara.

—¡No os mováis! Estáis perfectos.

Klara abrió los ojos.

—¿Ahora?

—Sí. Quiero haceros una foto.

Markus no soltó a Klara. Ella tampoco se apartó de él; Sofie ajustó la cámara.

—Sonreíd.

El clic sonó como un pequeño latido.

—Haré copias para todos —dijo Sofie—. Esta noche es demasiado bonita para olvidarla.

La música continuó hasta que las luces empezaron a apagarse; Anna y Sofie bailaban juntas, riendo. Erik y Jonas intentaban seguirles el ritmo sin demasiado éxito; Markus y Klara terminaron sentados en un banco, mirando el cielo.

—Ha sido un buen día —dijo Klara.

—Ha sido perfecto —respondió Markus.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Ojalá este año siga así.

Markus la abrazó.

—Lo hará.

Klara cerró los ojos; el verano estaba en su punto más dulce y ella era feliz junto a Markus, junto a Anna, junto a Sofie, Erik y Jonas. Un instante, solo por un instante, sintió que nada podía cambiar aquello.

Diario de Markus

24 de julio de 1961

Hoy he bailado con Klara.

Markus dejó el lápiz un momento.

Recordó la luz de las guirnaldas, la música del acordeón, el vestido azul de Klara moviéndose suavemente entre la gente, como si el verano lo hubiera elegido para ella.




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