Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 51

El taller del tío de Markus olía a aceite, metal caliente y verano. La puerta estaba abierta para que entrara algo de aire, pero, aun así, hacía calor. Markus estaba ayudando a ordenar unas herramientas cuando la radio, que siempre sonaba de fondo, cambió de tono; el locutor hablaba rápido, con una seriedad que no era habitual.

—En las últimas horas, las autoridades de la RDA han anunciado un incremento en los controles fronterizos. Se reforzarán los puntos de vigilancia y se limitarán aún más los permisos de tránsito...

El tío de Markus levantó la cabeza.

—¿Has oído eso?

Markus dejó la llave inglesa sobre la mesa.

—Sí.

La radio continuó:

—Según fuentes oficiales, estas medidas buscan evitar la fuga de mano de obra cualificada hacia Berlín Oeste. Se espera un aumento de patrullas y controles en los próximos días.

El tío apagó el motor que estaba reparando. El silencio que quedó después pareció más fuerte que la noticia.

—Esto no me gusta —dijo.

Markus tragó saliva.

—Son solo controles, ya los han aumentado otras veces.

—No así —respondió su tío—. Esto suena a algo más grande.

Markus sintió un nudo en el estómago, pensó en Klara, en su madre, en Anna, en la librería y en el puente donde se encontraban.

—No pasará nada —dijo, más para sí mismo que para su tío.

El hombre lo miró con una mezcla de cariño y preocupación.

—Markus... cuando un gobierno empieza a hablar de «fugas», significa que tiene miedo. Y cuando tiene miedo...

Hizo una pausa.

—Actúa.

Markus apretó los puños.

—Ella está allí.

—Lo sé.

—Y yo no puedo hacer nada.

—Aún no —respondió su tío—. Pero estate atento. Escucha. Observa.

Markus asintió.

—Y, sobre todo, no ignores las señales.

Pero el nudo en su estómago no desapareció.

En el piso de Klara, la ventana estaba abierta y entraba el olor a sopa de la vecina. Helga cosía un dobladillo junto a la ventana; Anna estaba sentada en el suelo, pintándose las uñas; Klara ordenaba algunos libros cuando la radio, sobre la mesa, transmitió la misma noticia.

—A partir de esta semana, se reforzarán los controles en los pasos fronterizos entre Berlín Este y Berlín Oeste...

Helga dejó la aguja; Anna levantó la cabeza, Klara se quedó completamente quieta.

La radio continuó:

—Las autoridades han declarado que estas medidas buscan proteger la estabilidad del Estado y evitar la pérdida de trabajadores cualificados... —Anna bufó.

—¿Proteger la estabilidad? Sí, claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.

Helga suspiró.

—Esto no me gusta.

Klara sintió un escalofrío.

—¿Crees que...?

—No lo sé —respondió su madre—. Pero cuando empiezan a hablar así, nunca es buena señal.

Anna se levantó.

—¿Y Markus? ¿Lo habrá escuchado?

Klara tragó saliva.

—Seguro que sí.

Anna la miró con seriedad.

—Tienes que hablar con él.

—Lo haré.

Pero su voz tembló, Klara. Esa misma tarde cruzó el puente con el corazón acelerado; Markus ya estaba allí, apoyado en la barandilla y mirando el agua; tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada.

Ella lo llamó.

—Markus...

Él se giró; su expresión era una mezcla de alivio y miedo.

—¿Lo escuchaste? —preguntó Klara.

—Sí.

Se quedaron en silencio durante unos segundos; el viento movía la ropa tendida en los balcones cercanos, un niño reía a lo lejos. La ciudad seguía viviendo, pero entre ellos... algo había cambiado, algo que no había estado allí antes.

—Son solo controles —dijo Klara, intentando sonar tranquila.

Markus negó lentamente con la cabeza.

—No.

Klara lo miró.

—No son solo controles.

Sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Qué crees que va a pasar?

Markus no respondió inmediatamente.

Miró el horizonte, el puente, sus propias manos.

—No lo sé —dijo finalmente—. Pero no me gusta.

Klara dio un paso hacia él.

—Markus... estoy aquí.

Él tomó sus manos.

—Y tengo miedo de que algún día no puedas estarlo.

Los ojos de Klara se llenaron de lágrimas.

—No digas eso.

—Tengo que decirlo.

—Markus...

—Porque si algo cambia... si algo pasa... no quiero que nos pille desprevenidos.

Klara negó con la cabeza.

—No va a pasar nada.

—Klara...

—No va a pasar nada —repitió ella, como si al decirlo pudiera convertirlo en verdad.

Markus la abrazó fuerte como si quisiera memorizar la forma de su cuerpo, como si temiera que, algún día, aquel abrazo pudiera convertirse en un recuerdo. Cuando se separaron, Klara sintió un escalofrío; miró hacia el final del puente y entonces lo vio: allí estaba el hombre del abrigo gris, quieto, inmóvil, mirándolos. Markus siguió su mirada.

—¿Otra vez?

Klara parpadeó; el hombre ya no estaba.

El hombre ya no estaba.

—No sé... quizá fue mi imaginación.

Markus la miró.

Luego le acarició la mejilla.

—No.

Klara levantó los ojos hacia él.

—No lo fue.

Ella sintió un temblor en el pecho; esa noche, Markus cenó en silencio. Su tía hablaba de cosas pequeñas: de la comida, del calor, de una vecina que había comprado unas cortinas nuevas. Él asentía de vez en cuando, pero su mente estaba en otra parte.

En la radio, en Klara, en el puente, en aquellas palabras, más controles, más vigilancia y, sin saber por qué, pensó en agosto. Jonas estaba sentado en el salón; normalmente habría hecho alguna broma, habría intentado hacer reír a todos, pero aquella noche permanecía en silencio. Markus lo observó durante unos segundos.

—¿Qué te pasa?

Jonas levantó la mirada.

—Nada.

—Jonas.

Él suspiró.

—No me gusta esa noticia.

Markus se sentó frente a él.

—A mí tampoco.

Jonas miró hacia la ventana.

—He estado pensando en Anna.

Markus no dijo nada.




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