Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 52

El taller del tío de Markus estaba casi vacío cuando Erik y Jonas llegaron; el sol de la tarde entraba por la puerta abierta, iluminando las pequeñas partículas de polvo que flotaban en el aire. Markus estaba sentado sobre una caja de herramientas, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo.

Erik lo vio desde la entrada.

—¿Qué pasa contigo? Pareces un poeta triste.

Markus levantó la cabeza. Intentó sonreír, pero no le salió.

—¿No has escuchado la radio?

Erik frunció el ceño.

—No. ¿Ha pasado algo? ¿Jonas, tú sabes algo?

Jonas lo miró con incredulidad.

—Erik, la noticia está en todas las emisoras. No entiendo cómo no te has enterado.

Markus tragó saliva.

—Más controles en las fronteras, más vigilancia, más restricciones.

Erik se quedó quieto.

Muy quieto.

—¿Otra vez?

—Sí —respondió Markus—. Pero esta vez... suena distinto.

Erik cogió una banqueta y se sentó frente a él.

—¿Qué dijeron exactamente?

Markus repitió las palabras del locutor, casi de memoria.

—Evitar la fuga de mano de obra cualificada, refuerzo de la vigilancia, nuevas medidas para proteger la estabilidad del Estado.

Erik soltó un silbido bajo.

—Eso no suena bien.

—No —respondió Jonas—. No suena nada bien.

Erik se pasó una mano por el cabello.

—¿Y Klara? ¿Lo ha escuchado?

—Sí. Su madre también, Anna estaba allí.

Erik asintió lentamente.

—Entonces ya sabes lo que significa.

Markus levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que están asustadas, aunque no lo digan.

Markus apretó los puños.

—No quiero que tenga miedo.

—No puedes evitarlo —respondió Erik, con una seriedad poco habitual en él—. Pero puedes estar ahí.

Markus bajó la mirada.

—Tengo miedo de que un día no pueda cruzar el puente.

Erik lo observó durante unos segundos.

—¿Se lo dijiste?

—Sí.

—Bien.

Markus levantó la cabeza, sorprendido.

—¿Bien?

—Sí —respondió Erik—. Porque si algo pasa, lo peor que puedes hacer es fingir que no lo ves venir.

Markus suspiró.

—Mi tío dice que cuando un gobierno habla de «fugas», es porque tiene miedo y cuando tiene miedo... actúa.

Erik asintió lentamente.

—Tu tío es un hombre listo.

Se levantó y comenzó a caminar por el taller, inquieto.

—Mira, Markus... no quiero asustarte, pero llevo semanas escuchando cosas en el trabajo,rumores, gente que dice que algo grande se está preparando.

Markus sintió un escalofrío.

—¿Qué tipo de cosas?

Erik se detuvo.

—Que quieren cerrar el paso, que están hartos de que la gente se vaya al oeste, que están perdiendo trabajadores... y que están perdiendo el control.

Markus se levantó de golpe.

—¿Cerrar el paso? No pueden hacer eso.

Erik lo miró con una mezcla de tristeza y realismo.

—Pueden hacer lo que quieran.

—No —respondió Markus—. No pueden separar a familias, no pueden cortar una ciudad en dos, no pueden...

Erik puso una mano sobre su hombro.

—Markus...

El silencio cayó entre ellos.

—Pueden.

Markus se pasó las manos por el rostro.

—No sé qué hacer.

—Todavía no tienes que hacer nada —respondió Erik—. Aún.

—Pero si pasa algo...

—Si pasa algo —lo interrumpió Erik—, no estarás solo y Klara tampoco.

Markus lo miró con los ojos brillantes.

—Gracias.

Erik sonrió ligeramente.

—Para eso están los amigos, para meterse en problemas juntos.

Markus dejó escapar una pequeña risa; era una risa rota. Jonas, que hasta entonces había permanecido en silencio, miró a Markus.

—¿Has hablado con Klara sobre salir del Este?

Markus levantó lentamente la cabeza.

—Sí. Lo hemos hablado varias veces.

Erik y Jonas intercambiaron una mirada.

—¿Y qué piensa ella? —preguntó Jonas.

—Al principio, su madre no quería ni escuchar la idea. Después cambió de opinión... pero quiere esperar.

Jonas frunció el ceño.

—¿Esperar a qué? ¿A que cierren las fronteras?

Markus no respondió.

Erik volvió a sentarse.

—Supongamos que conseguimos ayudar a Klara, a su madre y a Anna. ¿Adónde irían?

Markus levantó la mirada.

—Klara y yo hablamos una vez de Heidelberg.

—¿Heidelberg? —preguntó Erik.

—Sí. Está lejos de Berlín; podríamos empezar allí.

Jonas asintió.

—Sería un nuevo comienzo.

Erik caminó hasta la puerta del taller y la cerró un poco; no quería que nadie escuchara la conversación. Cuando volvió hacia ellos, su expresión había cambiado.

—Hay otra cosa.

Markus levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Sofie me contó algo que Anna le dijo.

Markus sintió que un nudo se formaba en su estómago.

—¿Qué cosa?

—El hombre del abrigo gris.

Markus se quedó inmóvil.

—¿Qué sabes de él?

—Anna dice que Klara lo ha visto varias veces, siempre observándola.

Jonas frunció el ceño.

—¿Quién es?

—No lo sé —respondió Markus—. Yo también lo vi... o al menos creo que lo vi.

Erik lo miró con preocupación.

—¿Crees que la sigue?

—No lo sé, pero cada vez que aparece, Klara se queda helada.

Erik se apoyó contra la pared.

—Markus... ten cuidado.

—Lo tendré.

Erik se acercó y le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Oye. No te hundas, todavía no ha pasado nada.

—Pero podría pasar.

Erik lo miró fijamente.

—Sí. Pero también podría no pasar.

Se hizo un breve silencio.

—Y mientras tanto —continuó—, vive, ama. Haz que este verano valga la pena.

Markus lo miró con una mezcla de gratitud y dolor.

—Lo haré.

Erik sonrió.

—Bien. Porque si te pones demasiado dramático, voy a tener que emborracharme para soportarte.

Markus rió, esta vez de verdad.

—Idiota.

—Siempre —respondió Erik—. Pero soy tu idiota.




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