Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 53

El cielo estaba cubierto, como si el verano hubiera decidido esconderse por un día. Klara caminaba hacia el puente con paso rápido, intentando ignorar el nudo en el estómago que llevaba desde la noticia de la radio.
Anna la había acompañado hasta la esquina, pero tenía que trabajar; su madre le había dicho que tuviera cuidado.
Ella había asentido, aunque no sabía exactamente de qué debía cuidarse. Markus la esperaba en el puente.
Lo vio desde lejos: los hombros tensos, las manos en los bolsillos, la mirada fija en el agua.

—Markus —lo llamó.

Él levantó la cabeza; su expresión se suavizó al verla, pero no del todo. —Hola.

Klara se acercó. —¿Estás bien?

—No lo sé.

Ella tragó saliva. —Yo tampoco.

Se quedaron unos segundos sin hablar; el viento movía las hojas de los árboles, un tranvía pasó a lo lejos, la ciudad seguía viva, pero entre ellos había algo distinto, algo que no sabían nombrar.

—He estado pensando —dijo Markus finalmente—. En la noticia, en lo que dijo mi tío y en lo que dijeron Erik y Jonas. Klara lo miró.

—¿Y qué piensas?

Markus respiró hondo. —Que algo se acerca.

Klara sintió un escalofrío.

—No digas eso.

—No quiero decirlo, pero lo siento.

Ella bajó la mirada. —Yo también.

Y entonces pasó. Klara levantó la vista para decir algo más… y se quedó helada.

—Markus… —Él la miró—. ¿Qué pasa?

Klara no respondió, solo levantó una mano temblorosa y señaló hacia el final del puente. Markus se giró; allí estaba el hombre del abrigo gris, por primera vez, cerca, no de lejos ni entre las sombras ni tampoco como un reflejo, estaba cerca, quieto, inmóvil, sin moverse, sin decir nada, no a lo lejos, ni entre sombras, mirando directamente hacia ellos. Llevaba un abrigo gris fino, no como el abrigo gris que suele llevar; su rostro no se veía, pero sus ojos sí, los tenía fríos y fijos, vacíos.
Markus sintió que el corazón se le detenía un segundo.

—¿Lo ves? —susurró Klara.

—Sí —respondió él, con la voz más baja que nunca.

El hombre no se movió, no parpadeó, ni dio un paso; solo los miraba, como si estuviera esperando un movimiento de ellos.

Klara dio un paso atrás. —Markus… tengo miedo.

Él la tomó de la mano. —No te muevas, pero su propia voz temblaba.

El hombre inclinó la cabeza, apenas un gesto, pero lo suficiente para que Klara sintiera un frío que no tenía nada que ver con el viento. Markus dio un paso adelante, instintivo, protector.

—¿Quién es usted? —dijo, intentando sonar firme.

El hombre no respondió, no hizo nada y aun así, Markus sintió que algo invisible se tensaba en el aire. Klara apretó su mano.

—Vámonos —susurró.

Markus asintió. —Sí.

Dieron un paso hacia atrás; el hombre dio un paso hacia adelante, solo uno, pero fue suficiente para asustarlos. Klara sintió que el corazón se le subía a la garganta. —Markus… —Corre.

No corrieron como quien huye de un peligro físico, corrieron como quien huye de un presentimiento, de una sombra, de algo que no debería existir; bajaron del puente, doblaron la esquina y se metieron en una calle estrecha. Cuando se detuvieron, los dos estaban jadeando. Klara se apoyó en la pared. —¿Lo viste?
¿De verdad lo viste?

Markus asintió.—Sí, esta vez sí.

Klara se cubrió la boca con la mano. —No es mi imaginación, es el mismo que entró varias veces en la biblioteca.
—¿Es él? —respondió Markus—.

Markus y Klara se quedaron un buen rato pensando en ese hombre, quién era y qué quería. Mientras tanto, Anna estaba en la panadería comprando una barra de pan cuando escuchó a dos clientes hablar.

—Dicen que hay más vigilancia en el puente, que han visto hombres nuevos.

—¿Nuevos? —Sí, de esos que no hablan, que solo miran.

Anna sintió un escalofrío, dejó el pan en la bandeja, se acercó a la ventana y allí, al otro lado de la calle, lo vio. El hombre del abrigo gris o otro parecido a él llevaba también un abrigo gris fino, estaba quieto mirando hacia la panadería, mirando a los que estaban allí, vigilando qué hacían, qué compraban. Anna retrocedió un paso.

—No puede ser… —Parpadeó.

El hombre ya no estaba. Anna apretó los dientes. —Si le haces algo a Klara… te juro que… Pero no terminó la frase.

Porque por primera vez en mucho tiempo… Anna estaba asustada de verdad. La madre de Klara estaba colgando ropa en el patio interior cuando escuchó pasos, miró hacia arriba, otro hombre con un abrigo gris estaba en la entrada del edificio, no tenía intención de subir, tampoco de hablar, estaba quieto, solo miraba hacia las escaleras que del piso de Klara. La madre sintió un frío en la espalda.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó, intentando sonar firme.

El hombre no respondió, se fue en silencio de allí; la madre dejó caer una prenda al suelo. —Dios mío…

Markus tomó el rostro de Klara entre sus manos.

—Escúchame, no estás loca, yo también lo vi; lo que lamento es no haberlo visto antes, para poder protegerte de ese hombre.

Klara sintió que las lágrimas le caían. —¿Quién es?

Markus negó con la cabeza.

—No lo sé, pero no es un hombre cualquiera.

Klara lo abrazó. —Tengo miedo.

Markus la apretó contra su pecho. —Yo también.

Se quedaron así, en silencio, mientras el verano seguía su curso, pero algo en algún lugar ya había cambiado para siempre.

Diario de Klara:

30 de julio de 1961:

Hoy lo vi, de verdad lo vi.

Klara apoyó el lápiz un momento; las manos le temblaban y el cuaderno azul parecía más pesado que nunca. Volvió a escribir.

He ido al puente para ver a Markus; el cielo estaba gris.
Aire también. Él estaba allí, esperándome, pero no era el mismo Markus de siempre; tenía los hombros tensos, la mirada inquieta, como si ya supiera lo que iba a pasar. Klara respiró hondo; el recuerdo le apretaba el pecho.

Hablamos de la noticia, de los controles, de la radio de ese
Miedo que ninguno quiere decir en voz alta y entonces… lo vi.




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