El despertar del fuego
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El cielo estaba cubierto por una neblina rojiza que no era común en esa época del año. El aire olía a tierra húmeda, y algo dentro de mí sabía que ese día no sería común como los demás. Desde hacía varias semanas, una voz desconocida estaba susurrando mi nombre cada vez que cerraba los ojos para dormir. No era una voz humana. Era como el eco de algo antiguo y oscuro, algo que ardía sin consumirse.
Esa mañana, mientras corría por el bosque que rodeaba el pueblo, noté que el viento solo soplaba hacia mí. Las hojas caían en dirección contraria al resto, como si el bosque entero respirara a mi ritmo.
El silencio era tan profundo que solo podía escuchar el latido de mi corazón... y junto a él, un leve crujido, como el de un fuego naciendo.
Me detuve por un momento frente a un árbol extraño que estaba marcado con unos raros símbolos que no recordaba haber visto antes, pero había algo que me parecía familiar en ellos. Extendí la mano y, en el instante en que mis dedos lo rozaron, sentí una corriente de calor recorrer todo mi cuerpo.
No fue doloroso, fue... algo vivo.
El suelo tembló y, por un segundo, el mundo pareció detenerse.
Cuando abrí los ojos, el árbol estaba ardiendo. No había viento, ni fuego cerca, ni una chispa que lo explicara. Y sin embargo, las llamas se movían ante mí, como si me reconocieran.
Retrocedí asustada. Mis manos temblaban, pero lo peor fue cuando vi que una luz rojiza salía de ellas, como si dentro de mí algo estuviera ardiendo. Intenté frotarlo, apagarlo, esconderlo... intenté todo. Ya no sabía qué hacer; el pánico y los nervios me consumían, pero cuanto más lo intentaba, más brillaba.
Por un momento me di cuenta de que el fuego obedecía a mis emociones. Entonces, de repente, comprendí que no era el bosque el que estaba encendido: era yo.
Caí de rodillas, respirando con dificultad, mientras el calor me envolvía. Una voz, más clara que nunca, susurró dentro de mí.
—Te han estado buscando, Darmira. Es hora de recordar quién eres.
Y en ese instante me di cuenta de que mi vida nunca volvería a ser la misma.
Regresé a casa lo más rápido posible. Rebusqué en los libros más antiguos de mi madre; estaba buscando algo que me aclarara todo lo sucedido, mucho más esos símbolos extraños que había en aquel árbol. Rebusqué en todos los libros, pero no encontré nada. Me cansé de buscar y comencé a guardar los libros en su lugar, como estaban antes de que llegara mamá.
Mientras guardaba los libros, de uno de ellos se cayó un sobre de color negro que contenía una hoja con símbolos rojos y extraños. Comencé a leerla y encontré algo interesante: se parecían a los símbolos que había en el árbol. Empecé a tomarles fotos con mi teléfono para investigar en internet y averiguar su significado. Terminé de recoger y me dirigí a mi habitación. Me senté en mi escritorio y me puse a investigar lo que había encontrado.
A medida que pasaban las horas, seguía leyendo, intentando encontrar una respuesta a todo esto. Al fin y al cabo, no encontré nada útil que me pudiera ayudar, por lo que decidí dejar el tema atrás.
Organicé mi escritorio y fui a tomar una ducha caliente. Cuando terminé, arreglé mi cama y me acosté a dormir.
De un momento a otro, comencé a escuchar mi nombre:
—Darmira... Darmira...
Estaba en un lugar totalmente oscuro; no había nada alrededor, no podía ver nada. Esa voz me seguía llamando. De repente, apareció un hombre alto, vestido de negro, con el cabello castaño y desordenado, y una mirada intensa. Estaba parado frente a mí. Me tomó por la cintura, se acercó a mi oído y me dijo fuertemente:
—Despierta...
Abrí los ojos de repente y me quedé en shock. Mi respiración estaba agitada y sentía el corazón golpearme fuertemente en el pecho. Durante unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba totalmente en silencio... En el fondo, como un susurro arrastrado por el viento, escuché un nombre que nunca había oído y que tampoco reconocía:
—Kaemon...
Me senté lentamente en la cama y me pregunté a mí misma, frente al espejo que tenía enfrente: «¿Quién es Kaemon? ¿Cómo puede ese nombre resonar en mí si nunca lo he escuchado fuera de un sueño?».
El silencio volvió a la habitación. Estaba profundamente metida en mis pensamientos, pero sentía una presencia, una energía extraña, como si hubiera alguien ahí observándome desde una esquina invisible. El nombre seguía repitiéndose dentro de mi cabeza.