Entre el odio y el amor

Prólogo

“Cuando el amor se reprime, el odio ocupa su lugar"

                   —Havelok Ellis

 

 

Turquía, Ankara 1990 

 

Reprimía con amargura sus insultos. Los hacía callar con recelo, ante la mirada cazadora y penintente de la señora Gözde. Quería escupirla y golpearla, pero, no podía. No era capaz ni siquiera de levantarse, la sangre, escarlata y brillante a la luz del sol, corría por su ropa, empapando el corto vestido blanco. Un alarido de su parte y estaba muerta, lo sabía. El enfrentamiento había tardado unas tres horas y solo ella había salido ilesa, habían muertos por doquier, cuerpos tendidos de hombres de los dos bandos. Los yilmaz habían ganado, habían plantado la bandera de victoria sobre el apellido Meier, y ahora, solo esperaban pacientemente la llegada de el patriarca de los Meier, para así mostrar a su única hija a los pies de su mayor enemigo. 

—Vivirás para siempre como la deshonra de la escoria Meier. Nunca podrás ser purificada, jamás. Exclamó a voz alta, destilando el odio que sentía hacia aquél apellido. Los ojos llorosos de la mujer tirada en las baldosas, empezaban a detonar una mirada perdida, hacia la señora Gözde que miraba hacia el asfalto en busca de una señal de quién esperaba.

 — Y no te duermas, quiero que escuches a tu padre gritar cuando te vea. Ordenó, jalandole el mojado cabello. Mientras la mujer, apretando sus labios hasta hacerlos sangrar frenaba sus quejas. El inesperado frenar de un auto, llamó la atención de la señora Gözde, que con arma en mano, apuntó a la cabeza de la mujer. 

—Te acercas y mato al despojo humano de tu hija. Advirtió al señor que corría, acompañado de guardias, he hizo frenara en seco, justo a los pies de las escaleras. 

— Puedo matarte Gözde, no tienes hombres, están todos muertos. Dijo el señor, mientras observa de re ojo los cuerpos y sangre que invadían el piso. 

—Hazlo, mátame. Pero me llevaré a tu hija a mis espaldas. Acepta que perdiste, los Yilmaz ganamos y ya no puedes hacer nada. Dijo, en tono apremiante. 

—Solo entrégame a Azra y me iré. Mis hombres se irán, no te harán daño, pero solo si me entregas a mi hija. Dijo el patriarca Meier, con la voz tambaleante. 

—No es necesario que tus hombres se vayan. Ellos también verán a tu hermosa Azra bajar como una virgen por las escaleras. ¿¡O no es eso lo que tanto proteges, la virginidad de tu hija!? Preguntó, sarcástica. Dibujando una sonrisa alegórica de oreja a oreja. 

—Asi es. Pero ya, suéltala, por favor. Suplicó. 

La señora Gözde se agachó y le susurró al oído a Azra y sin más preámbulo, la tomó con rabia, nuevamente del cabello, levantandola, para finalmente, empujarla a las escaleras. El cuerpo de Azra rodó hasta llegar a los pies de su padre que, sorprendido y doliente, supo de inmediato lo que la sangre representaba. Miró de inmediato hacía arriba, en dónde hace segundos la señora Gözde se encontraba, se había ido antes sus ojos y con ella, la oportunidad de asesinarla. 

—Te maldigo Gözde, juro que voy a desaparecer tú maldito apellido. Gritó, en tono desgarrado, mientras trataba de levantar el cuerpo moribundo de su hija. 




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