Entre el odio y el amor

Tercer capítulo

Cuatro horas antes del antentado

 

Finalmente había llegado el día cero. La mansión Meier se encontraba repleta de hombres. Todos armados hasta los dientes. Esperaban asiosos, la llegada de Sasha, formados, en una hilera de cada lado en la entrada de la mansión. Algunos con armas de fuego, mientras otros, con simples vestimentas. Permanecían callados, tal cual soldados de guerra, listos para la batalla, mientras que el sol, empezaba a insinuarse sobre Ankara, en estelas cálidas que, invadían todo a su paso. 

Súbitamente, las gigantescas puertas de madera de la mansión, se abrieron de par en par. Entrando así, una camioneta Porsche negra. Detrás de ella, un auto más. La atención de los mercenarios se puso sobre los vehículos. Mientras veían bajar, al alto pelinegro, de ojos verde agua. 

—¡¡¡A llegado su jefe, Sasha Meier!!! Proclamó en tono festivo el hombre que lo acompañaba. Los aplausos empezaron a invadir el patio delantero y gran parte de la mansión. Sasha le tiró al hombre, una mirada de complicidad junto a una leve sonrisa amortiguada, era su primo, Osman Meier. Único hijo de sus padres y cómplice leal de Sasha, lo quería como a un hermano y siempre buscaba la manera eficaz, para dejarlo en alto. 

Sasha se reincorporó y tiró una mirada fría a los presentes. Que, de inmediato, cedieron de aplaudir. Un silencio penante y soberbio, hizo acto de presencia. Ahora, el traquear de las piedras bajo sus zapatos, era lo único que se escuchaba. Caminaba, mientras iba mirando a los hombres que le rodeaban. Quería asesorarse por él mismo que, ninguno fuese un traidor. Les veía las pupilas, según él, allí habitaba la escencia del alma y las intenciones que habitaban en cada uno. Todos pasaron por pruebas, para comprobar su lealtad pero, el no se confiaba plenamente. 

No lo veían a los ojos, procuraban a toda costa desviar sus pupilas de los penetrantes ojos de Sasha que, caminaba ahora, más despacio. Le temían y respetaban, no lo habían apreciado en acción pero, estaban más que concientes de lo que era capaz. Azra Meier, no pondría a cualquiera en un puesto tan importante. La fama que tenía, de ser una mujer desconfiada y tenaz era más que suficiente para darle por hecho. 

Llegó al final de el largo camino y, finalmente habló. 

— ¿¡Ven esto!? — Anunció, levantando con sus dedos el dije de su collar. — Esto es el símbolo del apellido Meier, tiene la huella de mi abuelo, el primer patriarca de esta familia. A quién juré, sin haberlo conocido, mi total lealtad y juré que nuestro apellido sería vengado, y hoy, es ese día, hoy es el día en el que Ankara, Turquía y el mundo verán como es cortado el talón de Aquiles de la piltrafa Yilmaz. Y, a partir de hoy, ustedes también llevarán el apellido Meier. Defenderán a capa y espada la memoria de aquellos que murieron hace más de una década, defenderán con su vida, el apellido Meier. La compasión no es una opción, mucho menos la traición. Culminó el discurso besando el dije. Posteriormente, caminó nuevamente en medio de todos hasta llegar a la camioneta. Mientras que, sus aliados rompían hilera e ingresaban a los vehículos asignados. 

Los explosivos estaban instalados dentro de la fábrica de combustible, solo tenían que detonarlos. Él daría la órden, también la del asesinato de los jóvenes de la familia. 

Mientras tanto, dentro de la camioneta de Sasha, el diálogo emocionante entre él y su primo Osman crecía. En el camino a Estambul, se detendrían en una cabaña improvisada. Allí, lo esperaba Azra, para darle bendición y, ver a Sasha antes del atentado. Quedarse en la mansión, significaría un riesgo masivo. Al menos en la cabaña temporal su ubicación era nula ante los Yilmaz. 

 

Media hora después, se hallaban aparcados fuera de la gran cabaña. Se encontraba escondida en medio de un bosque. Él y Osman se bajaron a la par, luego, tiraron una mirada a los alrededores, para asegurarse que todo estuviese en orden. Había seguridad, en todo el terreno, parecía imposible entrar. 

—Al fin un poco de aire fresco. Rezó Osman, suspirando. Sasha asentó y a paso apremiante caminaron juntos, hasta la puerta principal. 

Llegaron a la entrada principal y, tocaron. Abriéndose por si solas las medianas puertas del inmueble. Dentro de este, se encontraba la matriarca Meier. La señora Azra, mantenía ahora, una mirada un poco cálida, a diferencia de lo habitual. Mientras veía a Sasha caminar apremiante hacía ella. Se encontraba todo en completo silencio, el vestíbulo estaba prácticamente en penumbras. 

—He llegado, madre. Rezonó el eco de la voz de Sasha. 

Azra lo miró y sonrió con lágrimas en los ojos. Lo tomó de la mano y la apretó. Sasha entendió y, posó una rodilla en el frío piso. Inclinó su cabeza y besó la mano de su madre. Las lágrimas de Azra, caían rendidas en los lomos de Sasha, empapando con sutileza la tela de la camiseta. Miró hacia arriba y tragó con fuerzas un llanto amargo que amagaba en salir. Fué entonces que, tomó el collar que yacía tendido en su cuello y, se lo colocó a Sasha. 

—El collar de tu abuelo, ahora es tuyo. Llevas su protección y su respeto. Ahora, es tu turno, hijo mío. Que Dios te vea y cuide de ti, que lo haga y proteja ante aquellos malnacidos Yilmaz. Azra agachó su cabeza y besó la de Sasha para luego, darle la órden de levantarse y así lo hizo. 

Osman mantenía la cabeza agachada, mientras escuchaba. 

— ¿Dónde está Selim? Indagó, al percatarse de que su hermano menor no estaba. 

—Está arriba. Ordené que lo durmiesen por un rato. 

— ¿Y Elvan? 

—La envié fuera de Turquía, hasta que todo esto termine. Es capaz de cometer cualquier locura, para frenar el atentado. 

—¿Está protegida?

—Si, lo está. 

Azra, miró detrás de Sasha y vió a Osman, con la cabeza agachada. 

— Osman, tus padres estarían orgullosos de verte listo para la batalla. Que seas bendecido por Dios y por tu abuelo. Dijo. 




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