Entre el odio y el amor

Capítulo Diez: En las manos del amor

Desde el amor todo renace, todo florece, todo resurge. Desde el amor todo se cura. 

—Dianna Juárez Ibarra

 

Era de madrugada, casi de mañana en Ankara. El sereno, frío y envolvente caía esposado sobre el cuerpo de Sasha que, lejos de sus sentimientos de venganza cruzaba tal cual ladrón, la caseta de seguridad de la mansión Yilmaz. Calló de pie en el jardín derecho y como si fuese un pura sangre en busca de su amo, comenzó a correr hacia Laia que, perdida ante el apoteósico amanecer que empezaba a insinuarse sobre Ankara, ignoraba por completo las fuertes pisadas de Sasha que, corría hacia ella.

Su corazón, parecía estar en un estado catatónico. No creía lo que estaba por hacer. Aquello no podía ser posible. Se estaba doblegando y no precisamente al sentimiento de venganza.

Llegó a la terraza derecha y allí, vio a la hermosa Laia, sollozar, arrimada al barandal de cemento. Sasha, se ocultó detrás de una de las imponentes pilastras de la fachada y, se quedó quieto, apreciando en silencio la majestuosidad que destilaba Laia. Fue acercándose a paso lento a muchacha y en un moviendo atinado, le tapó la boca con su mano. Laia forcejeaba desesperada, pero, sus intentos de escapar eran en vano. Sasha posó su quijada en el hombro de Laia y le dijo delicadamente y casi susurrando:

—Soy yo. Sasha.

De inmediato, la muchacha se detuvo y el pelinegro le destapó la boca. Laia se volteó y un corto intento de reclamarle, este mirándola a los ojos posó con delicadeza su dedo en los labios de su prometida haciendo que las palabras de la jovencita se rompiesen en sus dientes.

—Solo sígueme. —Indicó Sasha de manera paciente y risueña. 

—Mis padres te matarán si te ven aquí.

—No me importa si lo hacen, moriré con la satisfacción de haberte conocido y haber intentado enamorarte.

Laia sintió como un frenesí de mariposas en el estómago azotaba toda la extensión de su cuerpo.

—¿¡Donde me llevarás a estas horas!?—Preguntó, melindrosa.

—Si te digo, lo arruinaría todo. Solamente sígueme y verás con tus ojos lo que tengo para ti.

Laia refunfuñó un poco y accedió de manera maliciosa. Sasha la tomó de la mano y otro estallido del sentimiento más noble, embistió su cuerpo.

Parecían fugitivos, escapando de una cárcel de máxima seguridad. El pelinegro la sujetaba fuerte mientras ella, intentaba igualar su paso.

Llegaron a la caseta principal y Laia tapó su rostro y posó su dedo en un escáner. Saliendo así de la mansión Yilmaz.

Siguieron corriendo, hasta llegar a la camioneta de Sasha que permanecía estacionada lejos del perímetro de la residencia Yilmaz.

—Ahora, fugitiva— Sasha se agachó a recomponerse, mientras jadeaba — Sube a la camioneta.

—Está loco si cree que me subiré al auto de un desconocido.

—¿¡Desconocido!?—Sasha arqueó la ceja de forma irónica.

—Que mi madre te haya entregado mi mano no significa que no seas una persona desconocida para mí.

— ¿¡Entonces, por qué te fugaste de la mansión conmigo? ¿Soy un desconocido, no!?

Laia tartamudeó en un intento de replicar lo dicho por Sasha.

—Porque no soy maleducada.

Sasha dejó ver una minúscula sonrisa de ternura ante las palabras de Laia.

—Okay, señorita educada, ¿¡subirá a la camioneta!?

Laia lo miró con supuesto enojo y sin tener supuestamente otra alternativa, subió a la camioneta.

Sasha encendió en un santiamén el auto y tal cual loco al volante, empezó a manejar.

—¡Maneje más lento!—Espetó Laia. Aferrándose al asiento con toda sus fuerzas.

Sasha solo miraba al frente y al cielo mientras mordía sus labios.

—¡Le he dicho que baje la velocidad! ¡¿Dónde me lleva?!—Reclamó

El pelinegro volteó a mirarla fijamente, lanzando una profunda y fría mirada a Laia que de inmediato entendió que debía guardar silencio.

—Tenemos que llegar antes del amanecer a dónde te llevo. Es a las afueras de pueblo. No tengas miedo, no te haré daño. —Dijo Sasha.

—¿A qué lugar podría llevarme a esta hora, usted?

—Ya verá

Cinco minutos después

El amanecer estaba en la recta final. El cielo hacía un contraste de armonía mientras que el sol, iniciaba nuevamente su presentación.

Habían llegado a su destino. Sasha, tras convencer a Laia de ponerse una venda en los ojos. La fue guiando tal cual perro de guía. Laia caminaba, insegura, por las piedras que levantaban con delicadeza la suela de sus zapatos. Mientras escuchaba las indicaciones de Sasha que le advertía por dónde pisar. Su cuerpo estaba completamente erizado por la voz de Sasha que le hablaba al oído de manera paciente y amorosa. Mientras sus manos, apretaban su cintura.

No sé escuchaba ruido alguno. Solo un leve viento que abrazaba su delicada piel. Aquello le preocupaba, pero, algo le decía que siguiera caminando junto a Sasha.

Sasha la detuvo y le recitó de forma tenue y paciencia que le iría quitando la venda lentamente. Ella asentó de inmediato. Quería saber que le tenía Sasha.

La luz del amanecer, fué entrando de a poco en sus retinas. Y finalmente, la venda cayó. La emoción y él revoloteó de las mariposas en el estómago inyectaron en su ser, una mezcla inaudita de sentimientos. Algo indescriptible, inimaginable. Una sensación de asombro y amor que sin piedad embestía las frágiles paredes de su alma y corazón al ver lo que tenía enfrente. Un campo gigantesco que parecía eterno cubierto de claveles rojos carmesí. Estos se movían al pasar del viento sobre ellos. Haciendo un panorama nunca antes visto por sus ojos.

Las palabras se estancaron en su pecho. No podía emitir ni siquiera un alarido. Solo expresiones con su rostro que delataban sin vergüenza alguna su emoción.

Sasha la rodeó con los brazos y con delicadeza, posó su quijada en el hombro. La respiración del pelinegro, erizaba el alma de Laia y hacía su corazón saltar a mil por hora.




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