Entre el odio y el amor

Capítulo doce: Virginidad despojada

El día de la boda había llegado y su corazón latía. Frenético e impotente. Lloraba en silencio en su habitación. Sentado, recostado en la pared mientras veía una foto de Laia que esta le había regalado la mañana en la que se besaron en el campo de claveles. El alma le ardía tal cuál leña mientras recordaba las palabras sutiles de aquella muchacha con melena de león. 

Le pegaba al piso, con fuerzas. Haciendo sangrar sus nudillos. Quería encontrar alguna salida, algún callejón que lo llevase a no tener que hacer aquello. Pero, no lo había y nunca lo hubo. 

Le rogaba a Dios que Laia no sufriese por lo que el mismo le haría. Empezó odiandola y terminó amando a su palomita blanca. No entendía como su corazón se había doblegado ante ella. No lo comprendía en lo absoluto. Ya estaba en sus manos, en sus brazos. Ya la tenía enjaulada en su mirada pero, ahora no quería soltarla, no quería hacerle daño. Quería protegerla y no podía hacer nada para evitar dañarla. 

La puerta de la habitación se abrió inesperadamente y entró su primo Osman que, al instante de ver la condición de Sasha, detuvo las palabras que saldrían de su boca y se aproximó tan rápido como pudo al pelinegro. 

—¿Qué te ocurre, Sasha?— Le inquirió, preocupado. 

Sasha lo miró con los ojos hechos un charco y lo abrazó con fuerza. 

—No lo puedo hacer, Osman. No puedo hacerle eso. —Respondió a mares. 

—¿Qué cosa no puedes hacer? Dime. 

—Deshonrar a Laia. No puedo Osman. No soy capaz de quitar su pureza y luego dejarla. 

—Pero recuerda lo que dijo tu madre y recuerda todo lo que haz luchado por llegar hasta aquí. Esa muchacha tiene la misma sangre que aquellos que mataron a tu padre y a nuestro abuelo. 

—No es igual a ellos, Osman. Lo veo en sus ojos, en su hablar en su timidez. No parece una Yilmaz. 

—¿¡Qué está pasando aquí!?— Irrumpió, arisca, Azra al oír el llanto de Sasha. —La matriarca se había quedado en la mansión de Sasha para procurar que no hiciera nada fuera de lo acordado. 

Sasha cómo pudo se arrastró hasta sus pies bajo la mirada de Azra que lo veía confundida. 

—Te lo suplico madre. No me hagas hacer esto. — Pidió clemencia. 

—¿No te haga hacer qué, Sasha Meier?—Inquirió, tenaz y muy indiferente a su hijo. 

—Dañar a Laia— Confesó, ahogado en su llanto. 

Azra lo tomó del cabello y lo miró con furia.  

—¿¡Acaso no fuiste tú, quién se ofreció a casarse con esa muchacha!? Y parece que ignoraste lo que te dije ayer en el risco. 

—Si, lo sé madre. Pero, ella no merece ser dañada. No es como Gözde. No es como ellos. Si quieres daño a cualquiera de ellos ñ, pero, a Laia no, por favor. 

—Recuerda Sasha Meier, tu apellido, recuerda y siente la sangre que corre por tus venas. La misma sangre con la que está manchada el apellido Yilmaz, la misma sangre con la que está manchada esa muchacha. ¿¡Quieres que te recuerde nuevamente como les fué arrancada la vida a tu padre y a tu abuelo!?—Sasha negaba repetidamente con la cabeza y tapaba sus oídos como si se tratase de un niño, pero aquello fue en vano y Arza continúo— fueron exhibidos frente a la plaza principal de Ankara como trofeo del triunfo de los Yilmaz. Arrastrados por kilómetros, sus cuerpos se volvieron carne para animales carroñeros y aún muertos, hicieron cosas horribles con sus cadáver, los profanaron. Profanaron sin piedad nuestro apellido, profanaron sin piedad tu inocencia, la hicieron pedazos—Sasha se mantenía en el piso en posición de caracol suplicando a gritos a su madre— Levántate y pon tu frente en alto. Eres un Meier, eres nuestro vengador, Sasha. Nuestra única esperanza. ¡Levántate, te he dicho! —Sasha, temblando y sollozando, se levantó — Mírame a los ojos y dime quién eres— Sasha secó sus lágrimas y frenó sus sollozos y fríamente respondió: Soy Sasha Meier. 

Azra sonrió y miró a Osman que estaba desconcertado ante aquél vil acto de manipulación por parte de la matriarca Meier. 

—Ahora, ve y arréglate. Tienes una boda y una Yilmaz por deshonrar. — Exclamó con todo el cinismo. 

Sasha asentó y besó la mano de su madre. 

 

Propiedad Yilmaz 

La familia estaba preparándose para la boda que sería en la noche. Sería en una terraza de fiestas, a las afueras de Ankara. Un lugar lujoso con diseño rústico. Llevarían a sus empleados y la gente del pueblo. 

Laia estaba ansiosa mientras que Cansu hablaba sin parar frente a la maquilladora de la jovencita. La piel de Laia no necesitaba pintura. Era una piel suave y sin impurezas. Pero aquello no le importaba, quería verse hermosa para Sasha. 

De repente uno de los empleados abrió la puerta de madera de la habitación en dónde se encontraban y entró con una ostentosa caja de regalo y un ramillete minúsculo de claveles, junto a una carta. 

Cansu se levantó junto a Laia y de inmediato abrieron la carta que rezaba en letra elegante: 

"Para la luz de mis ojos" —Sasha 

Las dos pegaron brincos de la emoción y como si fuera un regalo de navidad, abrieron la caja, maravillandose con un hermoso vestido de novia en tornasol. Laia y Cansu intercambiaron miradas y esta le dijo apresuradamente a Laia que lo sacara de su envoltura traslúcida. 

La jovencita, queriendo salirse de su pellejo, sacó el maravilloso y soberbio vestido de novia. 

—Es hermoso, Cansu. — Exclamó, maravillada ante aquella obra de arte. 

—Y se ve carisimo.— Dijo Cansu, boquiabierta. 

—¿¡Acaso crees que porque el tal Sasha ese te haya enviado ese vestido te ama!? — Dijo de manera odiosa y burlona, Azru que apareció por la puerta. 

Cansu amagó en responderle, pero, Laia la detuvo. 

—Azru, este no es el momento ni el lugar para que estemos peleadas. Estoy segura que conseguirás a un buen hombre.  

—¡Mi hombre era Sasha y tu me lo quitaste como la ramera que eres!

Cansu abrió la boca y salió corriendo de la habitación en busca de Osgur.  




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