Entre el odio y el amor

Capitulo quince: Paño de Confesiones

"Nada en la tierra consume a un hombre más rápidamente que la pasión del rencor". 

                                 — Friedrich Nietzsche 

 

Su mirada era desolada, vacía, indolora. Parecía estár penando en un limbo doloroso y angustiante que no tenía fin. Su semblante revelaba las penas que la azotaban sin piedad y con un gran ímpetu. Se encontraba en una esquina, sollozando de dolor. 

La lluvia caía, pesada y gruesa sobre la cabaña abandonada. Los relámpagos los sentía como cuando era niña. Le aterraban y siempre buscaba un lugar seguro para ocultarse. Las goteras caían, mojando el descuidado piso de madera. 

De repente, la puerta de la habitación se abrió con fuerzas haciendo que las viejas visagras protestaran. Entrando, con un bonito abrigo, el hombre que le había quitado su inocencia. 

Laia lo miró y vió que tenía una bandeja con comida. Sasha se acercó y se agachó, extendiendole la bandeja plateada y ella, mirándolo a los ojos, sin remordimiento alguno, le dió un manotazo a la bandeja, haciendo que los alimentos que en ella yacían, cayeran al piso. 

Sasha suspiró con ímpetu. 

—Tienes que comer.— Decretó de forma baja. 

—Yo no quiero esa porquería.—Replicó, Laia. 

Sasha cerró los ojos y pasó su mano por su cabeza. Desesperado al saber que Laia sería ostinada. 

—Si no lo haces enfermeras.— 

—No me importa enfermar. 

—Escucha, Laia...— Sus palabras quedaron tendidas en el aire al ser interrumpido por el fuerte reclamo de la jovencita. 

—¡No me digas Laia. Me da asco y miedo escuchar mi nombre salir de tu boca!

Un torrente de lágrimas quería evacuar despavorido de los ojos de Sasha al escuchar una vez más como la luz de sus ojos y quién reposó en sus brazos, ahora le temía. Levantó la mirada y con perfecto disimulo, atajó un par de lágrimas que salieron involuntariamente. 

—Le prometí a tu hermano que te protegería. Te encomendó a mí y cumpliré mi palabra. 

—No metas a Osgur en esto. Si él me encomendó a alguien, fué a Dios. No a tí. 

—Mi deber es protegerte y así lo haré. Aunque te niegues. 

—¿¡Protegerme de quién, de tí!? ¿¡Acaso olvidas como te marchaste sin mirar atrás después de haberme entregado a tí!? Cómo te supliqué que volvieras, cómo te rogué que no me hicieras eso. Te pedí clemencia, Sasha. Me arrodillé ante tí y no tuviste piedad, no tuviste clemencia al verme tirada en ese suelo mojado— Un llanto profundo hizo desaparecer sus palabras— Lloré hasta desmayarme y tú nunca volviste. 

Por más que Sasha contuvo las lágrimas, no pudo y cedió entregado al llanto arrasador y desconsolado que salía de su pecho. 

—¿Qué quieres que haga para qué me perdones?— Preguntó, costandole egullir la oración porque el llanto se lo impedía. 

Laia lo miró con odio y en tono ecuánime le respondió: 

—Morirte 

Aquella corta respuesta fue más suficiente como para que Sasha la sintiera como un puñal al corazón, cómo espinas que se incrustaron en su piel, en sus huesos y tuétanos. Sintió como si su alma fuera arrancada, como si su corazón hubiese sido triturado. Haciendo que sus piernas flaquearan y sus rodillas se doblaran, y finalmente, en caída libre estas arremetieran contra la madera. Quedando así, incado ante aquella mujer que lo absorbió.

Laia lo miraba, con piedad, pero, no la demostraba. Suspiró hondo y caminó hacia la puerta y cuando ya estaba bajo el umbral, escuchó la súplica de Sasha. 

—No te vayas, por favor.— Aquella oración le recordó a ella misma. 

Se detuvo en seco y permaneció parada, escuchando los lamentos del pelinegro. 

— Nunca quise hacerte daño. Desde el momento en el que te ví el día del atentado, supe de inmediato que no eras como el resto de tu familia. Y terminé de afirmarlo el día en el que te conocí.— 

Laia se giró sobre su propio eje. 

—¿Y por qué si sabías que yo era inocente, fingiste amarme para hacer tu inhumana venganza?

—Nunca fingí amarte. Te amé desde un principio. Tú evaporaste en mí, el odio que yacía en mi corazón desde pequeño. Nunca nadie, había puesto en duda mis convicciones y tú, sin intención alguna de hacerlo, moviste todo lo que habitaba en mi alma. 

Laia se sacudió el cabello, abrumada y confundida de escuchar aquellas palabras. 

—Lo hice, te dañé sin compasión y no merezco tu perdón ni tu lástima. Ni siquiera merezco tu inocente mirada. Pero, si de algo te sirve que te diga la verdad, entonces lo haré.— 

Laia temblaba ligeramente, saturada de tanto en tan poco tiempo. 

—¡Entonces dime toda la verdad. De principio a fin. Todo lo que no sé e incluso lo que sé. Hazlo ahora!— 

Sasha se reincorporó y limpió el rastro de las lágrimas en su mejilla y empezó a contarle todo a Laia. 

—Era el mil novecientos noventa y tres. Ankara estaba de fiesta porque tú familia había sido nombrada como la más rica de Turquía. Lo que narra mi madre es que, esa mañana, mi padre y abuelo salieron hacia Estambul en busca de un tratamiento para su parálisis. Mientras ella, por las noticias veía el festín que tenía tu familia en la plaza central de Ankara. Me dijo que, vió extraño que, tu hermano Kemal y tu padre Ozan no se encontraban festejando— Sasha carraspeó y su voz se cortó— Mientras veía como tu madre, repartía dinero a la gente, las bocinas de una camioneta negra interrumpieron el bullicio— Pasó con fuerzas su mano por el rostro y un llanto desgarrador, emergió de su garganta— Me dijo que, todo quedó en silencio y la camioneta se acercó al centro de la plaza y detrás de ella, amarrados del cuello, estaban mi padre y mi abuelo. —El llanto atajaba sus palabras— estaban golpeados. Los habían torturado y arrastrado desde quién sabe dónde. Estaban irreconocibles. Luego, los tomaron en peso y los llevaron frente a tu madre—Laia escuchaba, impactada y doliente— hicieron que se arrodillaran ante tu madre y fué en ese momento que, sin piedad dispararon a sus cabezas, quitándoles la vida de inmediato.Y eso no es todo, tu hermano, cómo acto de vociferar su victoria, tomó el collar que le pertenecía a mi padre— Sasha levantó la mirada y, ecuánime y con las lágrimas saliendo sin control alguno de sus ojos le dijo a Laia: El collar que tiene tu hermano Kemal, ese collar que porta en su cuello con tanto orgullo es el mismo collar que le arrebató a mi padre. 




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