Entre el odio y el amor

Capitulo diecisiete: Tratos y recuerdos

El sopor, se hacía ver. Un nuevo día había empezado su curso en sus vidas. Un nuevo recipiente de amargura y amor, se mantenía vacío y limpio en sus corazones. El sol era señorial, noble y juicioso. Las nubes le abrían camino a sus rayos crepusculares que, con ternura y delicada soberbia, invadían el sutil y fresco rostro de Laia.

La luz de estos, entraron en los entre abiertos ojos de la muchacha. Fue en ese momento que, despertó exaltada, buscando algo con la mirada mientras su respiración era desesperada.

—¿Dónde estás Sasha?— Entonó, confundida y al borde del colapso. Buscaba a Sasha.

Se levantó de la cama y jadeó por un fuerte dolor en su espalda, haciendo que su cuerpo quedara semi encorvado.

— Tengo miedo, Sasha. — Decía, mientras con premura trataba de abrir la puerta de la desgastada habitación.

Por más que intentaba abrir la puerta, no podía e inesperadamente, acabándose sus fuerzas, esta se abrió desde afuera y Laia cayó rendida a voluntad en el protuberante pecho desnudo de Sasha, que, en tremenda confusión, fue testigo de como la muchacha lo abrazaba y aferraba desesperadamente entre sollozos desgarrados que recaían como espinas de rosas sobre él.

Sentía como las lágrimas mojaban su velludo pecho. Cómo empapaban y corrían el sudor.

Sus brazos caídos empezaron a levantarse para tiernamente, envolverlos alrededor del débil cuerpo de Laia.

Un estallido inaudito y apabullante, de sentimiento de protección, invadió sin compromiso alguno el torrente de la jovencita y al instante, sus desconsolados sollozos cesaron y un suspiro, largo y calmado, le hizo saber a Sasha que, la inocente Laia, se sentía en completa bonanza bajo sus estructurados brazos.

Laia, precipitadamente, alejó su cuerpo del de Sasha, al caer en cuenta que, se estaba mostrando débil otra vez.

—¿Estás bien?— Preguntó, titubeante.

— Eso no te importa. ¡Déjame en paz!— Replicó.

—Estaba afuera. Ayer en la noche, Osman te trajo ropa nueva.

Laia bajó su mirada y notó que tenía puesta una ropa diferente.

—¡¿Acaso me vestiste tú?!— Le Inquirió.

—Sí, fui yo.—

—Y por qué lo hiciste, ¡ah! Responde, ¡¿por qué me cambiaste de ropa?!

—Cálmate, ayer en la noche el techo se abrió encima de ti y el agua te cayó encima. Entonces te asustaste y te desmayaste. Has tenido fiebre desde la madrugada y si no te cambiaba de ropa iba a empeorar. No te hice nada. —Explicó, en guardia baja, extendiendo sus manos hacia Laia.

Laia sobó su frente y, se sentó en la cama.

—Quise traer a un médico, pero, sería muy arriesgado. Sé un poco de medicina, así que opte por atenderte yo mismo. Estaba afuera, arreglando el techo cuando oí tus gritos y entré de inmediato y me abrazaste.

Laia lo miró, avergonzada. 

—Eso no fue un abrazo, bueno, si lo fue, pero, no quise hacerlo. Fue solo un impulso.— Expuso, de manera un tanto indecisa. No quería aceptar que, aquél fuerte abrazo, fue voluntario. 

Sasha no pudo evitar sentir ternura hacia Laia y sin ella darse cuenta, este, esbozó una minúscula sonrisa.

—Entiendo que pienses que, te di el abrazo por estar enamorada de ti, pero, te aseguro que no lo hice por eso. Sería incapaz de abrazar voluntariamente al hombre que me bajó al mismo infierno.

La expresión de Sasha cambió de inmediato. Aquellas palabras lo torturaban a más no poder.

—Siempre voy a recordártelo, siempre estaré detrás de ti susurrándote al oído lo que me hiciste y sentirás un dolor mucho más grande del que yo sentí al creer en ti y ser traicionada con un puñal lleno de clavos oxidados que metiste en mi corazón.

Las lágrimas de Sasha, salían sin esfuerzo de sus ojos. Una vez más las palabras de Laia azotaban su estrecho corazón.

—A veces pienso que es mejor que mi madre me mate. Mi vida ya no tiene sentido, nunca lo tuvo y cuando pensé que lo tenía, cuando pensé que había llegado un milagro de Dios, resultó ser una maldición de carne y hueso. De ojos verdes encendidos.

Laia tomó el anillo de casados y, sin compasión ni remordimiento, lo aventó al piso.

—¿¡Te acuerdas cuando me dijiste que ni mil anillos, como estos, iluminaban más que yo!?

Sasha, reposado en lágrimas, asentó, con un semblante deprimente.

— Tenías razón, mi alma brillaba, siempre brilló a pesar del sufrimiento, pero, aquella mañana que desperté, luego de haberme entregado a ti, como se apaga una vela, con un simple soplido, apagaste aquel brillo y solo quedó una opaca y desahuciada luz.

El torrente de gotas saladas que invadía el sufrido rostro del pelinegro, hacían un diminuto charco sobre el moho de la madera del piso y, en un desprevenido y desgarrado grito, Sasha le dijo:

—¡Entonces, yo mismo encenderé nuevamente ese brillo, yo mismo haré que vuelvas a brillar!

 

Mansión Yilmaz

La amargura y la tensión acaparaban sus cabezas. Desayunaban en la terraza principal, bajo los rayos del sol mañanero. Un ambiente de discordia, quería hacer acto de presencia, a través de los odiosos y provocadores comentarios de Azru. Osgur no se encontraba, había salido temprano en busca de víveres para Laia.

Sin previo aviso, los soberbios portones de metal de la residencia Yilmaz, se extendieron hacia dentro. Llamando la atención de todos y casi al instante, una caravana de autos, entró con autoridad a la propiedad y la suspicacia tomó las riendas.

No esperaban visitas. Nadie quería visitarlos después de lo ocurrido.

—¡Han de ser esos metiches periodistas!— Espetó, Ozan.

Gözde volteó a mirarlo con odiosidad.

—¿No le dijiste a los guardias que esa gente no era bienvenida?

—No, pensé que ellos sabrían.— Respondió, incrédulo.

Gözde torció los ojos y se levantó. Seguido el señor Ozan y el resto de Yilmaz.

—Ni modo, tenemos que llevarnos bien con la cochina prensa. Así que daremos la entrevista. Solo yo hablaré.

Entraron por la puerta de la terraza que da al vestíbulo y finalmente, erguidos y orgullosos, salieron a las escaleras viendo así, un lujoso auto color negro aparcado a pocos metros de ellos.




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