Aún lo recuerdo, cuatro años atrás…
El aroma a pino fresco llenaba el aire del jardín de los Blackwood. Recuerdo la Navidad de ese año con una nitidez casi dolorosa. Yo tenía doce y Ethan, trece. Nuestros padres, en aquel entonces, se esforzaban por mantener una amistad que a veces sentía forzada. La casa de los Blackwood era una mansión imponente, llena de objetos de cristal y cuadros enormes, muy diferente a mi hogar, pero me sentía cómoda. Especialmente cuando Ethan estaba cerca.
Esa noche, después de una cena demasiado formal para mi gusto —con cubiertos que no sabía ni cómo usar y conversaciones de adultos que no entendía—, nos escapamos al jardín trasero, bajo el cielo estrellado. Estábamos jugando a las escondidas entre los arbustos perfectamente podados, y la risa de Ethan sonaba como música en mis oídos. Llevábamos conociéndonos desde que éramos niños pequeños, casi vecinos. Para mí, él era diferente a cualquier otro chico. Era guapo, inteligente y, a pesar de su aire de príncipe, a veces era sorprendentemente amable conmigo.
Mi corazón latía con la emoción de la edad, con esa inocencia que cree que todo es posible. Me escondí detrás de una estatua de mármol que parecía un ángel triste, esperando que me encontrara. Cuando sus pasos se acercaron, el valor me invadió de repente. Salí de mi escondite y, antes de que pudiera decir "te encontré", solté las palabras que habían estado guardadas en mi pecho por demasiado tiempo.
—Ethan… es complicado de decir, pero…me gustas. Y mucho.
Su sonrisa se borró, reemplazada por una expresión que nunca le había visto. No era de sorpresa, ni de timidez. Era… asco. Y luego, una carcajada. Una risa fría y burlona que hizo que mi piel se erizara.
— ¿Tú? ¿En serio, Aurora? —Dijo, y se echó a reír de nuevo, como si yo hubiera contado el chiste más patético del mundo—. Pero si eres un don nadie. Tus padres apenas llegan a fin de mes, ¿crees que alguien como yo se fijaría en una chica… normal? No tienes nada que ofrecer. Nada. Eres tan… insignificante. Ni tú ni tu familia podríais acercaros a la mitad de lo que soy yo.
Cada palabra fue una puñalada. Recuerdo cómo mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a dejarlas caer. El dolor no era solo por el rechazo, sino por la crueldad, por la humillación. Por la forma en que se burló de mí, de mis padres, de todo lo que yo era y amaba. Sentí cómo la vergüenza se apoderaba de mí, pero también algo más. Una ira ardiente, una chispa fría de odio.
Esa noche, bajo las luces parpadeantes de la mansión Blackwood, no solo perdí un amigo. Perdí una parte de mi inocencia y gané un enemigo. Un enemigo que me enseñó que algunas heridas nunca cierran, solo se hacen más profundas con el tiempo. Y que el odio, a veces, es la única defensa contra la humillación.