Entre el Odio y el Deseo

EL ECO DE UNA SIRENA (Y UN PORSCHE) _AURORA REYES _ IV

Otra vez. Otra santa vez. Mi alarma debió haber aullado toda la mañana, pero mi cerebro tiene un sistema de defensa avanzado contra cualquier sonido matutino. Mi madre, Elena, era menos sutil. Los golpes en mi puerta sonaban como un ejército de elefantes intentando derribarla.

—¡Aurora! ¡Son las siete! ¡Vas a llegar tarde al instituto! —Su voz se colaba por cada rendija, un recordatorio constante de mi falta de puntualidad.

Gruñí, enterrando la cara en la almohada. Las siete de la mañana. Entro a las 7:40. Cuarenta minutos para despertar, ducharme (imposible), vestirme, desayunar algo decente y llegar al instituto. Mierda. No sé si mi teléfono está roto, si el volumen no funciona o si tengo algún superpoder para anular alarmas, porque ni con vibraciones ni con el sonido más heavy del mundo me despierto. Esta vez, fue un milagro que me levantara. Mi celular vibraba sin parar, y al cogerlo, vi una docena de llamadas perdidas y mensajes de Chloe.

Salí de la cama de un salto, sintiendo cómo la adrenalina recorría mi cuerpo. Me vestí a la velocidad del rayo, me cepillé los dientes y bajé las escaleras, donde mi madre y Chloe ya estaban esperándome con caras de pocos amigos.

— ¡Ya estoy aquí! —exclamé, con un trozo de tostada a medio masticar.

Chloe puso los ojos en blanco, pero una pequeña sonrisa se asomaba en sus labios. Siempre estábamos así, ella regañándome, yo siendo un desastre. Era nuestro equilibrio perfecto.

El camino al instituto fue un resumen de los últimos días de Chloe.

—...y luego me dijo que necesitaba "espacio para encontrarse a sí mismo". ¡Espacio! Le dije: "Mira, Brian, si lo que necesitas es espacio, vete a Júpiter. Acá lo que te falta es honestidad". O sea, ¿quién dice eso a estas alturas? —Chloe agitaba las manos con indignación, sus ojos brillando mientras me narraba su última ruptura, que había ocurrido hacía solo tres días. Chloe era así, transparente, directa y siempre con una historia fresca de sus caóticos romances.

—Quizás sí necesitaba espacio, ¿sabes? —intenté razonar, mordiendo mi labio inferior.

— ¿Espacio? ¡Por favor, Aurora! Los hombres no necesitan espacio, necesitan saber qué quieren. Y si no me quieren a mí, pues que se jodan. Hay miles. —Se encogió de hombros, ya recuperada, su espíritu inquebrantable.

Llegamos a la entrada del instituto y, como si fuera una escena sacada de una película mala, ahí estaba él. Ethan Blackwood. Apoyado en un Porsche negro reluciente, que seguro era el último modelo y costaba más que mi casa y la de Chloe juntas. A su lado, su corte de aduladores: Brad, el deportista con cara de pocos amigos; y Tiffany, la Barbie rubia con la mirada de superioridad habitual. Todos riendo a carcajadas, como si acabaran de hacer el chiste más inteligente del universo.

—Ugh, mira a esos imbéciles —murmuró Chloe, con el ceño fruncido. Se giró hacia mí, sin importarle que la pudieran escuchar—. Este chico es rarísimo, en serio. Le encanta presumir de tanta mierda, con sus coches y su ropa de marca. Pero te juro que dentro tiene que tener unos problemas familiares bien turbios, ¿verdad? Nadie es tan... tan idiota sin una razón.

La miré horrorizada. Su voz era demasiado alta y las risas de Ethan y sus amigos acababan de cesar. Intercambiaron miradas, y el grupo de Ethan nos miró directamente. La cara de Ethan se endureció.

Le hice a Chloe un gesto frenético con la cara, moviendo los ojos hacia Ethan y luego haciendo un "shhh" con el dedo en mis labios. Era demasiado tarde.

Ethan se acercó a nosotras, con esa sonrisa ladeada que tanto me molestaba, pero esta vez, sin rastro de burla, solo frialdad.

—Chloe, ¿verdad? —dijo, con un tono de voz peligrosamente calmado—. Haz de tu vida lo que se te dé la gana, pero mantén mi nombre fuera de tu boca. Y mi vida. No opines de lo que no entiendes, y menos de cosas que sabes que nunca podrás conseguir. Algunas personas nacen para tenerlo todo, y otras... bueno, otras solo nacen para mirarlo desde lejos.

Chloe no se quedó callada. Sus ojos azules centellearon.

— ¿Ah, sí? Pues prefiero mirarlo de lejos que tenerlo todo y ser un jodido amargado que solo sabe humillar a la gente para sentirse mejor. Quizás tu problema es que con todo tu dinero no puedes comprar una personalidad que no dé pena.

La tensión era palpable. Los amigos de Ethan se acercaron, y yo me puse entre Chloe y él, sintiendo cómo el corazón me latía a mil.

—Ya basta, los dos —dije, mirando a Ethan—. Vámonos, Chloe.

Ethan me miró con desprecio, una chispa de furia en sus ojos.

—Te salvas por ella, Chloe —siseó, antes de girarse y volver con su grupo, que lo recibió con palmadas en la espalda.

Agarré a Chloe del brazo y la arrastré lejos de allí.

— ¿Estás loca? ¿Por qué siempre tienes que armar un espectáculo? —le regañé, aunque en el fondo agradecía que le hubiera plantado cara.

—Es que es un cabrón, Aurora, ¿cómo puedes soportarlo? —dijo ella, todavía alterada.

—No lo soporto, pero tampoco voy a darle el gusto de que nos vea caer en su juego. Tienes que ser más discreta, Chloe. Él no vale la pena.

El resto de la mañana transcurrió sin más incidentes con Ethan. Chloe y yo nos separamos para ir a nuestras clases, pero al final del día, como de costumbre, nos dirigimos a nuestro lugar favorito: "El Rincón Dulce". Era una cafetería adorable, con paredes color pastel, cojines de lunares y un menú lleno de waffles, crepes y batidos con nombres fantasiosos. El sitio perfecto para fotos y para desahogarse.




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