El viento de Elaria siempre había tenido algo especial.
No era fuerte ni agresivo, como el de otras tierras; era suave, constante, como si susurrara secretos antiguos entre los árboles.
Elara solía decir que aquel viento conocía cada pensamiento suyo antes de que siquiera lograra entenderlo.
Aquella mañana, sin embargo, el viento no traía calma.
Traía despedida.
Elara permanecía de pie frente al balcón de piedra, con las manos apoyadas sobre el frío borde. Desde allí podía ver los extensos bosques que rodeaban su hogar, los mismos en los que había corrido de niña, donde había reído sin pensar en coronas ni alianzas.
Donde había sido libre.
Cerró los ojos un momento, respirando profundamente, como si intentara memorizar el aire mismo.
—No deberías estar aquí arriba —dijo una voz detrás de ella.
Elara no se giró de inmediato. Reconocía esa voz incluso en medio de una tormenta.
—¿Y dónde debería estar? —respondió, con suavidad.
Kael avanzó hasta colocarse a su lado. Su armadura no estaba puesta; llevaba ropa sencilla, como en los viejos tiempos. Eso, de alguna manera, dolía más.
—Preparándote —contestó él.
Ella dejó escapar una pequeña sonrisa amarga.
—¿Preparándome para qué exactamente? ¿Para dejar de ser yo?
Kael no respondió enseguida. Se quedó observando el horizonte, con la mandíbula tensa.
Ese silencio… ese maldito silencio… siempre decía más que cualquier palabra.
—Es lo correcto —dijo finalmente.
Elara giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos brillaban, pero no por lágrimas aún.
—¿Lo correcto para quién?
Kael la miró entonces, y por un instante todo lo que había contenido durante años pareció romperse en su mirada.
Pero solo fue un instante.
—Para tu pueblo.
Ahí estaba otra vez. El deber. La palabra que lo destruía todo.
Elara bajó la vista, apretando ligeramente las manos.
—Siempre eres tan leal… —murmuró—. Incluso cuando duele.
—Especialmente cuando duele.
El silencio volvió a caer entre ellos, más pesado esta vez.
Abajo, en el patio, los preparativos continuaban. Caballos, carruajes, soldados. Todo listo para llevarla lejos… hacia Valeryn, hacia un destino que nunca eligió.
—¿Vendrás conmigo? —preguntó ella de pronto, casi en un susurro.
Kael dudó.
Ese segundo de duda fue suficiente para romper algo invisible entre ellos.
—Soy caballero del rey —dijo finalmente.
Elara soltó una pequeña risa sin alegría.
—Claro. Cómo olvidarlo.
Se apartó del balcón y comenzó a caminar, pero Kael la sujetó suavemente del brazo. No con fuerza, no con autoridad… sino con una desesperación contenida que él mismo parecía odiar.
—Elara…
Ella se detuvo, pero no se giró.
—Si dices algo ahora —susurró—, asegúrate de que valga la pena.
Kael cerró los ojos un instante.
Había tantas cosas que decir. Tantas palabras que llevaba años guardando, como si pronunciarlas fuera un crimen.
Tal vez lo era.
—Siempre estaré contigo —dijo al final.
Error.
Elara soltó su brazo con suavidad, pero firme.
—Eso no es lo que quería oír.
Y esta vez sí se alejó.
El viaje a Valeryn fue largo, silencioso… interminable.
Los días pasaban entre caminos de tierra y noches frías, donde las estrellas parecían observarla con una indiferencia cruel. Elara apenas hablaba. Apenas comía. Apenas dormía.
Kael cabalgaba cerca, siempre atento, siempre presente… y siempre distante.
Como una sombra.
Al tercer día, las torres de Valeryn finalmente aparecieron en el horizonte.
Altas. Imponentes. Perfectas.
Frías.
Elara sintió un nudo en el pecho.
—Bienvenida a tu nuevo hogar —murmuró alguien.
No supo si lo dijo uno de los soldados… o su propia mente.
El castillo era aún más impresionante de cerca.
Muros de piedra blanca, banderas ondeando con elegancia, guardias perfectamente alineados. Todo estaba en su lugar.
Todo era… demasiado perfecto.
Cuando descendió del carruaje, todos los ojos estaban sobre ella.
Y entonces lo vio.
El rey.
Alaric.
Se encontraba al pie de las escaleras, vestido con ropajes oscuros y una capa roja que caía con precisión sobre sus hombros. La corona descansaba sobre su cabeza como si siempre hubiera pertenecido allí.
No sonreía.
No parecía nervioso.
No parecía nada.
Elara caminó hacia él, sintiendo cada paso más pesado que el anterior.
Cuando finalmente se detuvo frente a él, el silencio era absoluto.
Alaric la observó con detenimiento. No de manera invasiva, sino… analítica.
Como si estuviera leyendo algo que solo él podía ver.
—Lady Elara —dijo, con voz firme pero baja—. Valeryn la recibe con honor.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Majestad.
Un protocolo impecable.
Una mentira perfecta.
Por un segundo, los ojos de Alaric se desviaron… hacia Kael.
Y en ese breve instante, algo cambió.
Algo sutil. Casi imperceptible.
Pero suficiente.
Volvió a mirarla.
—El viaje ha sido largo. Debería descansar.
Elara asintió.
Pero antes de que pudiera moverse, Alaric habló de nuevo.
—Aunque imagino que el cansancio no es lo único que la acompaña.
Elara levantó la mirada, sorprendida.
Él la observaba con calma.
Demasiada calma.
—Aquí —continuó el rey—, las verdades suelen esconderse detrás del silencio.
Una pausa.
—Pero no por mucho tiempo.
Elara sintió un escalofrío recorrer su espalda.
No sabía exactamente por qué.
Pero en ese momento… lo entendió.
El rey no era ajeno a su historia.
Nunca lo había sido.
Esa noche, en la soledad de una habitación que no sentía suya, Elara finalmente dejó caer las lágrimas que había contenido durante días.
Lejos de su hogar. Lejos de su vida. Lejos de él.
Se sentó junto a la ventana, mirando un cielo que ya no le pertenecía.