El día empezó con un frío extraño.
No era del invierno.
Era del presagio.
Salí de la casa de mi casa con palabras dulces en el pecho, aunque ligeras.
—Te espero esta noche —le dije, sonriendo antes de que Leo subiera a su auto.
El aire estaba pesado.
Camino a mi cerca , sentí esa sensación… como si alguien me estuviera mirando.
Y entonces lo vi.
Parado en la esquina.
De espaldas.
Una capa oscura moviéndose con el viento.
No hacía nada… solo estaba ahí. Esperando.
Tragué saliva.
Apuré el paso.
—Hola —me dijo una voz que no reconocí. El rostro medio oculto, la cabeza ligeramente inclinada.
No respondí.
Crucé las rejas , mi pulso acelerado… pero entonces, algo más me puso la piel de gallina:
Un coche negro, sin placas, doblaba lentamente al final de la calle.
Sentí que el aire se encogía.
Y ahí… lo escuché.
—¡Zoe! —la voz de Leo cortó el silencio como un rayo.
Giré la cabeza.
Él venía corriendo desde su coche, los ojos fijos en mí, como si hubiera encontrado algo que llevaba rato buscando.
—¡Ven! —ordenó, casi sin aliento.
—Leo, yo…
No me dejó terminar. Me tomó de la muñeca y me llevó rápido hacia su auto.
—Súbete. Ya.
—¿Qué pasa? —pregunté, mi voz temblando.
—Tenía un mal presentimiento desde que me fui —dijo, mirando por encima de mi hombro—. No podía quedarme tranquilo.
Mientras me metía en el asiento, vi de reojo cómo el coche negro aceleraba al pasar junto a nosotros… pero no se detuvo.
El hombre de la capa ya no estaba.
Leo subió y arrancó, sin dejar de observar por los espejos retrovisores.
—Alguien te estaba observando —aseguró, con una certeza que me heló—. Lo vi antes de que tú lo notaras.
—¿Cómo…?
—No sé —su voz era firme, decidida—. Pero no voy a dejar que nadie se acerque a ti.
No dije nada.
Solo me quedé mirándolo, con el corazón golpeando mi pecho, consciente de que si él no hubiera aparecido… no estaría en ese auto ahora.
Mientras nos alejábamos, su mano buscó la mía y la apretó.
—Ya estás a salvo, Tormentita. Mientras yo respire, nadie te va a tocar.
El motor rugía mientras Leo conducía con una concentración feroz.
No hablaba. No me miraba. Solo apretaba el volante como si estuviera conteniendo algo.
Yo tampoco decía nada.
No porque no quisiera, sino porque aún sentía el peso de esa mirada en la esquina… y el eco de esa voz desconocida.
—Leo… —rompí el silencio, con cuidado—. ¿Qué fue lo que viste?
Su mandíbula se tensó.
—No importa.
—Sí importa.
Entonces, finalmente, giró la cabeza hacia mí un instante.
Sus ojos… eran tormenta.
—Vi a dos tipos bajarse de ese coche negro antes de que tú los notaras. Uno estaba caminando hacia ti. El otro… estaba esperando a que te distrajeras.
Mi estómago se encogió.
—¿Y cómo sabías…?
—No lo sabía —admitió, apretando más el volante—. Solo… sentí algo raro en el pecho después de que salí de tu casa . Como si me hubieran arrancado el aire.
Me mordí el labio, incapaz de responder.
—Y cuando salí de mi auto a buscarte… —continuó— te vi. Y vi a ese hombre.
Guardé silencio, masticando cada palabra.
El coche se detuvo frente a un campo de flores ,